Los movimientos a corto (plazo) no están bien vistos en estos días que corren. Muchos gobiernos se han visto obligados a prohibirlos y casi todos estamos de acuerdo con esa medida. Aquellos que buscan el máximo beneficio a cualquier precio, sin importar si se quiebran países o se pone en riesgo Europa, cada vez generan más rechazo. No nos gustan los aprovechados.
Los ciudadanos ven en “los mercados” la ambición desmedida del que quiere enriquecerse rápido y sin justificar las formas. La figura del ser despiadado que busca el rédito a toda costa ya no gusta. Ya no gustan los Yuppies (young urban profesional) de Wall Street tan idolatrados en los 80 y ya no gustan los mercados descontrolados.
Y esto pasa en una sociedad sobre informada, sin tiempo para digerir todo lo que leemos. Tenemos que reducir los párrafos hasta dejarlos en líneas o tweets para absorber más. Lo que haga falta con tal de no perdernos nada. Saber un poco de cada cosa, haberlo oído al menos todo. Queremos saber y queremos opinar. No sólo eso, queremos que nuestra opinión además, se extienda lo máximo posible, no importa el medio. A través de manifestaciones, acampadas, huelgas, a través de tus cientos de amigos en Facebook, de tus seguidores de Twitter, de tus lectores del blog, de las reviews en las páginas de lo que sea, desde hoteles a modelos de sacacorchos. Cada vez más la gente comenta en el mercado del barrio el problema de la deuda o en el bar de la esquina lo que deberían hacer con el modelo educativo o la política sanitaria. El acceso a la información y una ciudadanía cada vez más crítica están desplazando las conversaciones sobre el fútbol o la prensa del corazón hacia un tertulianismo extra-televisivo en nuestro día a día sobre los temas más actuales. Los antes reservados a las élites. Nos hemos convertido en opinadores profesionales, en críticos sin piedad. Antes todos sabíamos dirigir un equipo de fútbol, ahora todos sabemos dirigir un país.
Cada vez pedimos más información. Cada vez pedimos más ética, más valores, más transparencia, más honestidad, más responsabilidad. No sólo queremos saber qué hacen los políticos o los países con el dinero que tienen sino que también queremos saber de dónde ha salido ese dinero.
Todo esto es aparentemente bueno. La participación ciudadana activa debe ser algo enriquecedor y motivador para hacer las cosas mejor. Gracias a esta actitud exigente el ciudadano vuelve a estar en la agenda pública y los partidos políticos se preocupan por acercarse, escucharle e intentar complacerle. Pero, ¿qué hay de las empresas? ¿Dónde está nuestra crítica, nuestra exigencia? ¿Por qué mi vecina puede nombrar 4 grandes bancos de inversión y no acierta ni una de las siglas RSE?, ¿E de España?
¿Qué estamos haciendo mal para que gran parte de la población, incluso la universitaria, no esté familiarizada con los términos responsabilidad social o sostenibilidad? Y ¿qué extraña razón nos mueve a exigir de una forma ya casi violenta a los gestores de los países o de los bancos unas cualidades que no nos planteamos pedir a los gestores de las empresas? ¿Por qué riadas de gente se plantan en la puerta de una casa para evitar un desahucio, indultar al toro de la vega o no dejar entrar a los diputados en el parlamento, pero si a una gran empresa con la que todos nos vestimos le descubren un taller de trabajo infantil en algún lugar del mundo, no nos despeinamos? ¿Por qué hay bancos que ya tienen una supuesta cultura de la RSE tan sofisticada que hacen informes integrados pero no dan créditos a estudiantes para postgrados? ¿Por qué nadie se indigna ante esto?
Llevamos mucho tiempo dándonos palmaditas en la espalda porque hemos conseguido arañar parte del presupuesto para que alguien nos haga una memoria de sostenibilidad de la que prácticamente nos desentendemos, incluidas sus conclusiones, sobre todo si no nos convienen. Hemos entrado en la competición de los sellos, los rankings, los índices de sostenibilidad, pero se diluye la esencia. Es hora de volver a los básicos, back to basics que dirían los ingleses.
Es un tiempo en el que los ciudadanos que ya empezamos a estar muy familiarizados con términos macroeconómicos también lo hagamos con aquellos relativos a la cultura de las organizaciones. Organizaciones que son más poderosas que muchos gobiernos y que tienen un peso económico mayor del que tienen muchos países. Es momento de que se les exija a las empresas la misma Responsabilidad que se les exige a los demás actores del mundo político y social. Debemos renegar de la famosa frase de Margaret Tatcher “no hay alternativa”. Sí la hay. Debe haberla. De hecho, probablemente la única alternativa para que esto no vuelva a pasar sea que la ciudadanía exija a los gobiernos y a las empresas un profundo cambio en la manera de hacer las cosas. Un cambio desde dentro.
Indignémonos y castiguemos o premiemos con nuestra confianza, pero ante todo, no seamos indiferentes. No toleremos los movimientos a corto. Ni los de los mercados, ni los de los gobiernos, ni tampoco los de las empresas.