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Esto de la RSC parece que no está mal y, a juzgar por la cantidad de jornadas, encuentros, congresos, artículos, publicaciones, etc., parece que interesa a mucha gente. Ahora solo falta pasar de las musas al teatro y lograr que todo lo que se predica tenga efectos en la vida práctica, es decir, que, de una vez por todas, los grupos de interés sepan que hacen de verdad las empresas y qué las hace socialmente responsables.

Mucho me temo que, más allá del voluntarismo de algunos  entusiastas, la RSC es vista con escepticismo en el seno de las propias empresas y que quienes forman los diferentes grupos de interés no tienen ni idea de que significa el concepto  y mucho menos de en qué se traduce en la vida real.

Solo así se explica, por ejemplo, que la participación de la rentas del trabajo decrezca de forma continuada desde hace años, también en la época de bonanza y crecimiento, y, ya se sabe, que la aspiración a unos mejores ingresos y a una carrera profesional, son algunas de las cuestiones centrales para los empleados, máxime en las sociedades desarrolladas donde las condiciones de trabajo y los derechos laborales y sindicales están perfectamente regulados. ¿Es socialmente responsable que el 60 por ciento de los jóvenes afortunados que tienen un puesto de trabajo no lleguen a mileuristas?, ¿qué debemos pensar cuando, tras años de crecimiento y elevados beneficios empresariales, las rentas del trabajo pierden importancia relativa?

Hace unos días, en la presentación del libro “El capitalismo Impaciente”, editado por la Fundación 1º de Mayo, uno de sus autores, Ignacio Muro, señalaba como en los años de vacas gordas los deseos de consumo de los ciudadanos se mantenían, no gracias a mejoras salariales, sino apelando a un crédito fácil y barato, lo que nos ha convertido en la economía con mayor endeudamiento privado y, de ahí, buena parte de los problemas que hoy vivimos en España.

Los clientes y nuestras expectativas como tales tampoco importan mucho. Eso sí, continuamente somos asaltados por llamadas intempestivas y no solicitadas que nos formulan miles de ofertas que, cuando no tienen trampa, son de dudoso interés para el consumidor y que, si fueran buenas, deberían estar disponibles para el conjunto de los clientes. Los servicios postventa, por lo general, funcionan de pesadilla y formular quejas o reclamaciones requieren, además de mucha paciencia, una actitud heroica.

Y, de igual forma, podríamos seguir hablando de otros grupos interesados en la marcha y la actividad de la empresa. En todo caso, la realidad que pueden percibir las personas concretas poco tiene que ver con los contenidos sofisticados y complejos de las Memorias de Responsabilidad Social que tanto se prodigan.

Y lamentablemente estos comentarios pueden referirse a un gran número de nuestras empresas, entre ellas a algunas que, en principio, parecen ser las Campeonas de la RSC.

En definitiva, hay que pasar de las musas al teatro y conseguir que la RSC salga del círculo de expertos y técnicos y entre decididamente en el seno de la empresa, informe la gestión de todos sus ámbitos de actuación y, así, los grupos de interés y el público en general podrá llegar al convencimiento de que la empresa es realmente responsable porque se comporta congruentemente con los principios que predica.

 

Roberto Velázquez

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Opinión

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