Alguien – no recuerdo quién – decía que el gran problema de la economía española es que hay pocos empresarios y muchos hombres de negocio. La frase me vino a la cabeza cuando oía el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, en la entrega de los Premios de la Fundación Coresponsables, hacer un elogio de la empresa responsable y afirmar que la competitividad y la productividad pasaba por la formación, la innovación y la búsqueda de la excelencia como única forma de conquistar un futuro que ya no es lo que era.
Roberto Velazquez
Alguien – no recuerdo quién – decía que el gran problema de la economía española es que hay pocos empresarios y muchos hombres de negocio. La frase me vino a la cabeza cuando oía el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, en la entrega de los Premios de la Fundación Coresponsables, hacer un elogio de la empresa responsable y afirmar que la competitividad y la productividad pasaba por la formación, la innovación y la búsqueda de la excelencia como única forma de conquistar un futuro que ya no es lo que era.
Afirmación que contrasta abiertamente con la receta de trabajar más y ganar menos propuesta no hace mucho por el representante institucional de los empresarios españoles, conocido por su polémica gestión al frente de la CEOE y por las sombras que se ciernen sobre la gestión de sus propias empresas.
Aunque en España las empresas y los empresarios no han gozado tradicionalmente de buena prensa, debemos reconocer que ser empresario es una cosa muy seria y ciertamente beneficiosa para el conjunto de la sociedad. Empresario es el que tiene una idea, la desarrolla y transforma en un proyecto, dispone los medios económicos, tecnológicos y humanos necesarios para su implementación, asume riesgos, empeña trabajo y esfuerzo para llevarla adelante y conseguir el mayor éxito posible. Tiene iniciativa, emprende, crea empleo y riqueza y, con su actividad y su triunfo, se benefician todos los grupos interesados en la propia empresa, pero también el conjunto de la comunidad. Su efecto es tal que no debe extrañarnos que algunas empresas desempeñen hoy un claro liderazgo social, además de gestionar con éxito la actividad económica que les es propia.
Pero, frente al empresario, hay una multitud de hombres de negocios, que nunca crearán algo ni realizarán aportación alguna relevante a sus grupos de interés ni a la sociedad. Su única preocupación y su único fin, al que sacrifican lo que sea preciso, es ganar con el menor esfuerzo, con el menor riesgo y en el menor tiempo el máximo posible de dinero. Su actividad son simplemente los negocios y se agota en las ganancias obtenidas en cada operación o transacción.
Tal vez la desproporción numérica existente entre empresarios y hombres de negocios explique que, cuando nos enfrentamos a grandes problemas de competitividad y productividad, el debate principal se centre sobre las facilidades y costes de despedir a los trabajadores y no en como crear las condiciones precisas para mejorar la formación, promover una cultura y capacidad de emprendimiento, fortalecer la innovación, buscar la eficiencia, pensar en el crecimiento con ambición de futuro…
Probablemente, mientras que no cambiemos el foco de nuestras preocupaciones, no tendrán nuestros males remedio.