Lo he dicho en otras ocasiones y lo repito ahora: no habrá acuerdos y avances significativos hasta que cada país y quienes nos representan en esas Cumbres no tengan una verdadera conciencia planetaria. Seguimos defendiendo, bajo un discurso de presunto interés general, nuestras pequeñas parcelas de poder y de interés económico, mientras la Tierra, en sentido literal, sigue estirando como puede su capital para satisfacer nuestras necesidades, hasta que reviente, también literalmente.
Cristina García-Orcoyen
Estos días se celebra en Nagoya (Japón) una nueva Cumbre de Naciones Unidas, ésta sobre diversidad biológica, cuando ya se está preparando el té, en este caso el tequila, para la próxima Cumbre sobre Cambio Climático (COP 16), que se celebrará a partir del próximo 29 de noviembre en Cancún (México).
Lo he dicho en otras ocasiones y lo repito ahora: no habrá acuerdos y avances significativos hasta que cada país y quienes nos representan en esas Cumbres no tengan una verdadera conciencia planetaria. Seguimos defendiendo, bajo un discurso de presunto interés general, nuestras pequeñas parcelas de poder y de interés económico, mientras la Tierra, en sentido literal, sigue estirando como puede su capital para satisfacer nuestras necesidades, hasta que reviente, también literalmente.
Un total de 16.000 participantes, representantes de 193 países y muchas otras organizaciones, medios de comunicación etc, “toman el té” en Nagoya mientras reconocen contritos que las promesas de Johannesburgo en 2002 de 110 Jefes de Estado y Gobiernos de reducir la pérdida de biodiversidad para 2010 no se han cumplido.
La tercera edición del Informe Global Biodiversity Outlook demuestra que hoy en día la pérdida de diversidad biológica es 1.000 veces más alta que la tasa histórica de extinción de especies. El informe señala también que de continuar la tendencia actual llegaremos pronto a un punto sin retorno en el que el daño causado al planeta hará imposible que éste sustente por más tiempo la vida en la Tierra.
Pero ellos son inmunes al desaliento y ahora están ilusionados como niños con el Plan Estratégico sobre Biodiversidad 2011-2020. ¿Debemos ser todos optimistas y creer que en los próximos diez años vamos a conseguir lo que no hemos logrado en los anteriores 30 años?. Tal vez sí que debamos ser optimistas, pero sólo si estamos dispuestos a actuar, a confiar en nuestra propia capacidad de iniciativa y a entender que de verdad nos va la vida en ello.
Hablemos de la otra Cumbre, la COP 16 en Cancún, sobre Cambio Climático. La mayoría de los que están en Nagoya estos días correrán a Cancún el próximo mes de diciembre para discutir aquí también cómo se viste al fracaso de esperanza. En Copenhague el pasado año quedó clara una cosa: que la división de intereses y la desconfianza de unos y otros siguen siendo barreras poderosas. La penumbra y el frío de Copenhague se caló en los resultados de la Conferencia.
¿Logrará Cancún, lugar de luz, calor y naturaleza, templar ánimos y reequilibrar posiciones?. Veremos. La reunión preparatoria, que acaba de celebrarse en Tianjin (China) no nos deja mucho margen al optimismo, ya que concluyó con la sensación de que sería difícil armonizar las diferentes posturas entre países desarrollados y países en desarrollo.
Estos últimos quieren una extensión del Protocolo de Kioto, vigente hasta 2012, que mantenga a la vez los compromisos para los países desarrollados y objetivos rebajados para ellos, mientras que los países desarrollados prefieren un sólo acuerdo vinculante e igual para todos. Es posible que acepten finalmente una extensión de Kioto, en una versión revisada.
¿Qué van a hacer las empresas en estas dos Cumbres?
Algunas, las de mayor implantación global y mayores intereses en los temas a tratar, acudirán como observadoras a la Conferencia oficial y organizarán una serie de eventos paralelos, algunos de ellos de interés, como los del WBCSD, que suele organizar un Business Day en el que las empresas debaten y contrastan sus estrategias de sostenibilidad, a la vez que lamentan la ausencia de políticas gubernamentales más claras y estables.
Las industrias tradicionales, sobre todo las españolas, tienen ante sí un difícil panorama. Por un lado se les va a exigir un ingente esfuerzo económico mientras que por otro se van a ver enfrentadas a posibles pérdidas de competitividad frente a empresas de países que no se comprometan con las mismas obligaciones.
Sin embargo, la carrera verde del mundo de los negocios ya ha dado comienzo. Quien lo iba a decir hace 20 años --cuándo las empresas aparecían siempre cómo el malo de la película-- que son ahora precisamente las grandes empresas globales las que con más visión de futuro y empeño se aplican a innovar en productos y servicios que permitan un desarrollo sostenible.
Pero es así y el WBCSD y su representación en España, la Fundación Entorno, creen firmemente en que tras la turbulenta década actual vendrá un periodo de sedimentación y adopción de nuevas formas de vida mucho más sostenibles para todo el planeta. Por ello, creo que debemos ser fundamentalmente optimistas.
Mientras la sociedad y el mundo de los negocios se orienten hacia un futuro más equitativo y en armonía con la naturaleza, estaremos en el buen camino.