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 Ya puestos a hablar de conocimiento, convendría explorar qué tipo de conocimiento reconocemos como tal y qué tipo de conocimiento excluimos de nuestra atención.

 

www.josepmlozano.cat

josep m lozanoEn mi anterior entrada, a propósito de la creciente cuota de mercado que "lo oriental" está ganando en los contextos organizativos, me preguntaba hasta qué punto predominaba en esta diseminación un cierto enfoque meramente instrumental, a rebufo de gurus del más variado pelaje que exhiben como trofeos a los famosos que frecuentan sus enseñanzas. Pero no nos engañemos: esto es sólo la anécdota. Y más allá de la anécdota está el síntoma: ¿qué problemas y deficiencias –explícitos o latentes- están llegando a un punto de no retorno que hace que desde el guru más mediático hasta el último coach encuentren demanda? Y más allá del síntoma está la cuestión de fondo que allí planteaba: si estamos viviendo un cambio de época y si pregonamos que estamos en la sociedad del conocimiento, ¿las tradiciones de sabiduría, elaboradas y refinadas trabajosamente por la humanidad a lo largo de su historia, pueden aportar algo a los procesos de cambio y a la creación y difusión de conocimiento? Entre otras razones porque, ya puestos a hablar de cambio, convendría diagnosticar con precisión qué es lo que está cambiando realmente. Y, ya puestos a hablar de conocimiento, convendría explorar qué tipo de conocimiento reconocemos como tal y qué tipo de conocimiento excluimos de nuestra atención. Porque quizás en este ámbito nos volvemos a dar de bruces con el viejo Machado, y hemos de reconocer que empieza a ser de buen tono exhibir desprecio ante todo lo que se ignora.

 

De todas formas, cuando algo así ocurre no es ni por casualidad ni por mala fe. La inercia hace que fácilmente identifiquemos, confundamos y reduzcamos a las tradiciones de sabiduría espiritual a las formas e instituciones religiosas que les han dado cuerpo. Y la memoria histórica –más allá de los círculos de convencidos e incluso dentro de ellos- no las deja últimamente precisamente en buen lugar. Buena muestra de ello es que, en el debate público y en los análisis geopolíticos, de las religiones lo único que preocupa e interesa es que no sean un factor de riesgo, vía fundamentalismos. En los análisis de prospectiva, las religiones suelen aparecer como potenciales amenazas, pero casi nunca como actores que contribuyen en positivo. Con lo que la atención que, en la práctica, se les brinda es algo así como "mientras no molesten que hagan lo quieran; total para lo que sirven…"

 

Pero incluso cuando no molesta, eso no evita que el pálpito vital de la gente siga su camino, y en los intersticios institucionales y en los márgenes de lo establecido va cuajando una mentalidad que, simplificando, se formula en los términos de "no hay que confundir religión y espiritualidad". Y mientras la primera, en términos generales, en estos ámbitos sigue de capa caída, la segunda va ganando de manera lenta y consistente su propio espacio. Y se va consolidando un mercado paralelo de lo espiritual en el que se recuperan, ortodoxias al margen, los materiales de las tradiciones de sabiduría, que dejan de ser vistos como materiales de derribo y vuelven a considerarse materiales de construcción.

 

Con lo que nos volvemos a encontrar con la pregunta de qué impacto tienen o pueden tener en la vida de la gente, e incluso de si pueden ser relevantes en contextos totalmente distintos de los que las vieron nacer. Y ahí surge la pregunta sobre cual puede ser la contribución que estas tradiciones pueden tener en los ámbitos organizativos. Pregunta que no es la propia de cuatro chalados, sino que, aunque minoritariamente, ocupa seriamente a un número creciente de directivos y centros de investigación. Ahí es donde aparece no solo el riesgo de la instrumentalización del que hablaba, sino también el reduccionismo de quien reacciona desde el desprecio. Y a lo mejor hay que darle la vuelta a la cuestión y preguntar directamente si la sociedad del cambio y del conocimiento puede permitirse el lujo de ignorar las posibles contribuciones de las tradiciones sapienciales y religiosas.

 

A menudo tengo la sensación de que, como nos pasamos el día repitiendo que todo está cambiando y que estamos entrando en un nuevo tipo de sociedad, acabamos generando y consolidando el sentimiento imperceptible de que acercarse a lo que se dijo en otros tiempos es más que una pérdida de tiempo: que, en último término, es un error. ¡Con la de novedades que nos esperan! Y, en cambio, me parece que la cuestión es otra: si de lo que se trata, de verdad, es de gestionar de manera inteligente el cambio y el conocimiento, ¿qué relación debemos establecer con las grandes tradiciones sapienciales y religiosas de la humanidad? Demos, pues, un paso más: si de lo que se trata es del conocimiento como valor, ¿es inteligente ignorar el conocimiento acumulado sobre dimensiones constitutivas de la condición humana? ¿Qué relación debemos establecer con el legado de conocimiento que nos ha dejado la humanidad? Si de lo que se trata, en serio, es de conocimiento, ¿sólo debemos atender al presente y al futuro?

 

Desde mi punto de vista, el problema es que, en la experiencia vital de muchas personas y grupos, hablar de sabiduría y de religión no es hablar de gestión del conocimiento, sino de gestión del sometimiento. Sometimiento a respuestas codificadas y a principios normativos, ante los que sólo cabe cuadrarse, rebelarse o retirarse. Y a lo mejor de lo que se trata no es de discutir sobre las respuestas, sino de compartir las preguntas y las inquietudes que las originaron. Y, por encima de todo, de convertir a dichas tradiciones en estímulo, apoyo y referencia para nuestra propia indagación.

 

Las grandes tradiciones sapienciales y religiosas fueron creadoras de respuestas porque, ante todo, fueron creadoras de preguntas. Siempre me ha sorprendido la importancia que damos, ya desde la enseñanza primaria, a los que dan con la respuesta o la solución a los problemas en comparación con la poca importancia que damos a los que plantean las preguntas adecuadas o relevantes. Y hoy es tiempo de preguntas. Más que constatar un déficit de respuestas deberíamos empezar por explorar si las preguntas que nos hacemos son las adecuadas. ¿Qué preguntas son hoy irrenunciables para nosotros? ¿Qué nos jugamos si renunciamos a ellas?

 

Si de lo que se trata es de tomarnos en serio el conocimiento, hay que empezar plantearse que el conocimiento no se reduce a técnicas, procedimientos, productos y procesos. El conocimiento está en las personas; las personas son conocimiento. Por eso gestión del conocimiento y gestión de personas son sinónimos. Pero de personas consideradas en su globalidad, no como un amasijo de competencias. Desde Aspen Institute ya se anunció hace unos años que "el líder del futuro deberá conocer tan bien a su trabajo como a si mismo"; lo primero, cada vez más, ya no es posible sin lo segundo. Pero el autoconocimiento que se propone y se requiere no es un ensimismamiento o flotar en un vacío desconectado. Al contrario. Martin Carnoy reflejó muy bien la nueva realidad en un trabajo del que no me resisto a citar un párrafo:

 

Trabajo flexible"El nuevo vínculo que mantiene unidosa estos individuos en la era de la información global es la búsqueda de conocimiento. El conocimiento es hoy mucho más importante para la movilidad social, la educación de los hijos y la autocomprensión de lo que lo fue en el pasado. Es razonable pensar que la identidad individual y la búsqueda de comunidad se derivarán de esta necesidad de conocimiento e información. Están surgiendo tres tipos principales de comunidades de esta especie, todos ellos organizados en torno al papel creciente del conocimiento y la información en la vida económica y social. Denomino a estos tres tipos: comunidad de autoconocimiento, comunidad de uso del conocimiento y comunidad de producción de conocimiento".

 

Por decirlo, pues, al estilo de Carnoy: nuestro error es que seguimos pensando que es posible avanzar en el uso del conocimiento y en la producción del conocimiento sin avanzar en autoconocimiento. Autoconocimiento, insisto, no un autismo rodeado de gadgets tecnológicos, claro está. Un autoconocimiento que sea una ampliación de la conciencia, de la sensibilidad, de la capacidad de escucha y relación. Y, si se trata de eso, ¿podemos permitirnos el lujo de despreciar la contribución de las tradiciones sapienciales y religiosas?

 

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