
La transición hacia un modelo energético menos dependiente de los combustibles fósiles necesita una cantidad cada vez mayor de minerales extraídos de la tierra. Desde los vehículos eléctricos y las instalaciones renovables hasta las redes eléctricas, los teléfonos inteligentes y otros productos electrónicos, buena parte de las tecnologías actuales depende de estos materiales.
Según informa Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad ha abordado esta semana una cuestión decisiva: cómo evitar que la competencia internacional por los minerales críticos alimente conflictos y conseguir, en cambio, que su explotación contribuya al desarrollo sostenible de los países productores y al bienestar de sus comunidades.
El debate adquiere especial relevancia ante el rápido crecimiento de la demanda. Los minerales críticos son componentes imprescindibles para fabricar baterías de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, paneles solares y equipos destinados a modernizar las redes eléctricas. Sin un suministro suficiente, el despliegue de muchas tecnologías necesarias para abandonar progresivamente los combustibles fósiles y combatir el cambio climático quedaría comprometido.
La expansión de la movilidad eléctrica y de las energías renovables explica buena parte de esta presión. Un vehículo eléctrico necesita aproximadamente seis veces más insumos minerales que un automóvil convencional, mientras que una instalación eólica marina requiere cerca de trece veces más recursos minerales que una central eléctrica de gas. Además, se prevé que la demanda de muchos de estos materiales se triplique de aquí a 2030.
Esta creciente importancia ha llevado a numerosos analistas a comparar su valor estratégico con el que tuvo el petróleo durante el siglo XX. Sin embargo, el avance tecnológico no garantiza por sí solo una transición justa. La forma en que se extraigan, comercialicen y distribuyan los beneficios de estos recursos determinará sus consecuencias sociales y ambientales.
África, América Latina y algunas zonas de Asia concentran grandes depósitos de minerales críticos. Para muchos países, estos recursos representan una oportunidad extraordinaria para generar empleo, diversificar sus economías y aumentar los ingresos públicos.
No obstante, Naciones Unidas advierte de que el resultado dependerá de la calidad de su gestión. Una gobernanza débil puede convertir la riqueza natural en un factor de corrupción, desigualdad e inestabilidad. En algunos territorios, la competencia por controlar los yacimientos ya ha favorecido conflictos, abusos contra los derechos humanos y graves impactos sobre el entorno.
Entre las principales preocupaciones examinadas por el Consejo de Seguridad se encuentran el control de depósitos valiosos por parte de grupos armados, la financiación de conflictos mediante la minería ilegal, el contrabando gestionado por redes criminales y la fragilidad institucional que permite que los beneficios de la extracción no lleguen a la población.
El objetivo planteado por la ONU es que la riqueza mineral se traduzca en mejores condiciones de vida para las comunidades, en lugar de financiar la violencia o profundizar las desigualdades. Para ello, resultan fundamentales unas instituciones sólidas, cadenas de suministro transparentes y mecanismos capaces de garantizar el respeto de los derechos humanos.
La necesidad de minerales no elimina los importantes impactos asociados a su extracción. Cuando se encuentra mal regulada, la actividad minera puede provocar deforestación, contaminación del agua, degradación del suelo, pérdida de biodiversidad y emisiones de gases de efecto invernadero.
Muchos yacimientos se encuentran, además, próximos a ecosistemas especialmente sensibles o dentro de territorios habitados por pueblos indígenas. Esta situación exige reforzar las garantías ambientales y sociales, así como asegurar que las comunidades afectadas participen en las decisiones sobre proyectos que pueden transformar profundamente sus medios de vida.
El desafío, por tanto, no se limita a aumentar la producción. Consiste en establecer cómo obtener estos materiales de manera responsable, con controles públicos eficaces y sin trasladar los costes ambientales y humanos de la transición energética a los territorios de extracción.
Como resume el mensaje central difundido por Naciones Unidas, “un mundo impulsado por energías renovables es un mundo hambriento de minerales críticos”. La cuestión de fondo es si esa necesidad creciente intensificará las tensiones geopolíticas o servirá para construir economías más inclusivas, fortalecer la paz y distribuir de manera justa los beneficios de la transformación energética.