
La arena, uno de los materiales más utilizados en el planeta para la construcción y el desarrollo urbano, se ha convertido en un problema ambiental de escala global. El nuevo informe de Naciones Unidas señala que su extracción masiva está alterando ríos, degradando ecosistemas marinos y poniendo en riesgo funciones naturales esenciales como la regeneración de playas, la filtración del agua o la protección frente a tormentas e inundaciones.
El documento recuerda que la arena está presente en infraestructuras cotidianas como el hormigón, el asfalto, los dispositivos electrónicos o las defensas costeras construidas para adaptarse al aumento del nivel del mar. Sin embargo, el mismo recurso que sostiene el modelo urbano actual desempeña también un papel fundamental en el equilibrio ecológico de numerosos ecosistemas.
Según explicó Pascal Peduzzi, director del centro de datos ambientales del PNUMA en Ginebra, cada persona consume indirectamente unos 18 kilos de arena al día. El informe estima que cada año se extraen alrededor de 50.000 millones de toneladas, una cifra que se ha triplicado entre 2000 y 2020 debido al crecimiento urbano y al desarrollo de infraestructuras.
Peduzzi advirtió además de que la presión sobre este recurso continuará aumentando por la expansión de infraestructuras vinculadas a la transición energética y la adaptación climática. De hecho, el informe destaca que el peso de todos los materiales construidos por la humanidad ya supera al de toda la biomasa viva del planeta.
El informe del PNUMA alerta de que la extracción intensiva de arena está provocando impactos visibles en numerosos territorios. Los lechos de los ríos se profundizan, los deltas se hunden, las playas desaparecen y los acuíferos costeros sufren procesos crecientes de salinización.
Stephanie Chuah, una de las principales autoras del estudio, subrayó que la arena está directamente relacionada con la resiliencia climática, la seguridad alimentaria y la disponibilidad de agua. Además, advirtió de que los daños ambientales también afectan a sectores económicos y medios de vida vinculados al turismo, la pesca o el acceso al agua dulce.
El informe recoge varios ejemplos en el Caribe. En Trinidad, la extracción de arena ha destruido vegetación nativa relevante para los polinizadores; en St Kitts & Nevis, la maquinaria pesada ha afectado áreas de anidación de tortugas marinas; y en Jamaica, la degradación costera asociada a estas actividades ha contribuido a acelerar la erosión de playas y la pérdida de barreras naturales frente a tormentas.
También los ecosistemas de agua dulce están sufriendo las consecuencias. Las dunas, barras de arena y llanuras de inundación funcionan como refugio y espacio de reproducción para numerosas especies, además de ayudar a absorber la energía del oleaje y favorecer el crecimiento de manglares y praderas marinas.
El informe sostiene que muchos gobiernos siguen considerando la arena únicamente como un material barato para la construcción, sin integrar su valor estratégico para la biodiversidad y la resiliencia climática. No obstante, algunos países empiezan a adoptar medidas para reducir el impacto ambiental de su extracción.
Entre los ejemplos destacados aparece Colombia, que en 2023 clasificó oficialmente la arena, la grava y la arcilla como “minerales de interés estratégico” con el objetivo de reforzar la supervisión ambiental y mejorar la regulación del sector.
El informe también menciona iniciativas en Brasil, donde algunas empresas están impulsando el uso de arena procedente del procesamiento de minerales como alternativa para reducir la presión sobre ríos y ecosistemas costeros.
Además, investigadores del PNUMA trabajan en el desarrollo de modelos para prever la demanda futura de arena y fomentar el reciclaje de materiales de construcción y otras alternativas menos perjudiciales para el medio ambiente.
El documento reclama reforzar el monitoreo ambiental y aumentar la transparencia en las autorizaciones de extracción, además de abandonar modelos de contratación basados únicamente en el menor coste económico.
Para mejorar el seguimiento global de esta actividad, Naciones Unidas ha comenzado a utilizar herramientas de inteligencia artificial y datos satelitales capaces de rastrear embarcaciones de dragado marino y estimar el volumen de sedimentos extraídos. Los primeros resultados muestran que cerca del 15% del dragado marino se realiza dentro de áreas marinas protegidas.
El PNUMA concluye que el reto ya no pasa únicamente por gestionar un recurso de construcción, sino por reconocer que la arena forma parte de sistemas vivos esenciales para sostener la biodiversidad, las economías locales y la capacidad de adaptación climática.