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Más de la mitad de la población mundial vive en entornos urbanos que generan cerca del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero. En Brasil, un grupo de especialistas apuesta por un modelo de “agrovecindarios” para frenar la expansión descontrolada, restaurar ecosistemas y convertir el crecimiento urbano en una herramienta de acción climática.
Agrovecindarios, la propuesta que busca reconciliar ciudad, clima y biodiversidad

Las ciudades concentran población, actividad económica… y buena parte del problema climático. Según datos internacionales, los entornos urbanos son responsables de alrededor del 70% de las emisiones que alimentan la crisis climática. A ello se suma una planificación deficiente —o directamente inexistente— que ha favorecido fenómenos como inundaciones recurrentes, islas de calor y escasez de agua.

En este contexto, en Brasil está tomando forma una alternativa que busca cambiar las reglas del juego. Se trata de los llamados agrovecindarios o barrios agroecológicos, un modelo impulsado por la urbanista Marcia Mikai y su equipo desde la firma Pentagrama Proyectos en Sostenibilidad y Regeneración. Su objetivo: rediseñar la expansión urbana para que no destruya naturaleza, sino que la regenere.

¿Qué son los agrovecindarios?

Un agrovecindario es un desarrollo urbano que integra vivienda, espacios comunitarios y producción agroforestal sostenible en un mismo entorno. No se trata solo de añadir zonas verdes, sino de restaurar tierras degradadas —muchas veces abandonadas tras prácticas intensivas como el pastoreo de ganado— y combinarlas con edificios de uso mixto y áreas de educación ambiental.

El modelo busca frenar la expansión urbana descontrolada, especialmente en grandes áreas metropolitanas como São Paulo, cuya región metropolitana —con unos 22 millones de habitantes— avanza sobre suelos agrícolas y bosques, difuminando los límites entre lo urbano y lo rural.

En estas nuevas configuraciones, se replantan especies autóctonas y árboles comestibles, se incorporan sistemas agroforestales y se diseñan espacios que favorecen la convivencia y el acceso a alimentos producidos localmente.

Restaurar la tierra para enfriar la ciudad

El planteamiento va más allá de lo estético. Al reintroducir vegetación nativa y suelos permeables, estos barrios ayudan a reducir el riesgo de inundaciones, ya que ralentizan la escorrentía del agua y permiten la recarga de acuíferos. Además, contribuyen a mitigar el efecto “isla de calor”, refrescando el entorno urbano.

La biodiversidad también sale beneficiada: especies desplazadas por el crecimiento urbano encuentran refugio en estos espacios regenerados. Al mismo tiempo, los ecosistemas restaurados absorben carbono de la atmósfera, transformando el desarrollo urbano en una forma de acción climática.

Según explica Mikai, tras décadas estudiando los modelos financieros de los sistemas agroforestales, los barrios agroecológicos pueden ser también económicamente viables. “A mucha gente le preocupa la seguridad alimentaria y quiere vivir en lugares con zonas comunes de calidad y sentido de comunidad”, sostiene. Cuando se muestran imágenes de cómo podrían ser estos entornos, asegura, la acogida es muy positiva.

Además del componente ambiental, el modelo apuesta por la cohesión social. Los agrovecindarios se conciben como espacios donde conviven distintas generaciones y perfiles socioeconómicos, con áreas compartidas que refuerzan el vínculo comunitario.

Naturaleza positiva frente a financiación destructiva

La experiencia brasileña —que también se está probando en ciudades como Brasilia y Curitiba— conecta con un debate más amplio sobre cómo se financia el desarrollo urbano. Según el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre el estado de las finanzas para la naturaleza, las inversiones que dañan el planeta —como determinadas infraestructuras, energía fósil o construcción convencional— superan en una proporción de 30 a 1 a las destinadas a soluciones positivas para la naturaleza.

Ivo Mulder, responsable de la unidad de financiación climática del PNUMA, advierte en ese informe que la explotación continuada de los recursos naturales puede estar sosteniendo economías a corto plazo, pero acabará debilitándolas a largo plazo. En su opinión, es necesario no solo reformar políticas públicas, sino también cambiar la manera en que entendemos la naturaleza.

Integrar la naturaleza en la vida cotidiana

Para Mulder, el reto pasa por dejar de asociar la naturaleza únicamente a espacios “vírgenes” o parques nacionales vallados y empezar a integrarla en la vida diaria. Adaptar las ciudades para que soporten fenómenos meteorológicos extremos —como lluvias intensas— es una cuestión de resiliencia climática, pero también de calidad de vida.

Imaginar grandes urbes con más zonas verdes, menos dependencia del aire acondicionado y mayor productividad económica no es una utopía, sino una posible hoja de ruta. En un momento marcado por la incertidumbre geopolítica y el pesimismo, estas propuestas invitan a repensar el modelo urbano desde una perspectiva regenerativa.

Los agrovecindarios brasileños no son solo un experimento arquitectónico. Representan una apuesta por reconciliar ciudad y naturaleza, por producir alimentos cerca de casa y por convertir el urbanismo en una herramienta activa frente a la crisis climática. Una idea que, de consolidarse, podría marcar el rumbo de la transición ecológica en las próximas décadas.

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