
Es evidente que las olas de calor se han convertido en un fenómeno habitual durante los veranos españoles. Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), la temperatura media en España ha aumentado 1,3 °C desde los años sesenta, y los eventos extremos se han duplicado en las últimas décadas. Lo que antes era excepcional, hoy es recurrente.
Las y los expertos advierten que las altas temperaturas suponen un peligro directo, especialmente para personas mayores, menores de cinco años y quienes padecen enfermedades crónicas. El exceso de calor puede provocar golpes de calor, deshidratación, agravamiento de patologías cardiovasculares o respiratorias y, en los casos más extremos, la muerte.
El Instituto de Salud Carlos III informa que solo en el verano de 2022 fallecieron más de 4.600 personas en España por causas atribuibles al calor extremo. Ante este riesgo, las comunidades autónomas activan planes de prevención, pero la exposición prolongada sigue siendo un factor crítico, especialmente en entornos urbanos donde el efecto “isla de calor” agrava la situación.
Además, el campo español también sufre los efectos del calor extremo. Cultivos como el olivar, los cereales o la vid ven reducida su productividad ante el estrés térmico y la falta de agua. Según la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), la combinación de olas de calor y sequías prolongadas ha generado en los últimos años “pérdidas millonarias” en distintas regiones, sobre todo en Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura.
El calor excesivo también dificulta la polinización en determinados cultivos y afecta al bienestar animal en explotaciones ganaderas, lo que reduce la producción de leche o carne y puede incrementar los costes del sector.
Turismo: un modelo en revisión
España, uno de los destinos turísticos más visitados del mundo, enfrenta ahora un nuevo desafío: el calor excesivo disuade a algunos viajeros y obliga a replantear el modelo turístico en ciertas zonas. Ciudades como Sevilla, Córdoba o Madrid registran temperaturas que superan fácilmente los 40 °C durante varios días consecutivos, lo que puede afectar negativamente la experiencia del visitante.
En regiones costeras, donde tradicionalmente el clima era más templado, el aumento de las temperaturas también impacta en la calidad del agua y en la presión sobre infraestructuras, como sistemas de aire acondicionado y abastecimiento hídrico. Organismos como Exceltur ya han advertido que el turismo español necesita adaptarse al nuevo contexto climático, diversificando destinos y promoviendo prácticas sostenibles.
La evidencia es clara: las olas de calor no son solo un fenómeno meteorológico, sino un factor de riesgo sistémico. Desde el ámbito sanitario hasta la producción de alimentos o la economía del ocio, los efectos del calor extremo requieren respuestas coordinadas a nivel local, autonómico y estatal. La resiliencia climática ya no es una opción: es una necesidad.