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La irrupción del coronavirus ha sido tremendamente difícil para muchas personas en todo el mundo. Si bien en algunas latitudes golpeó con más fuerza que en otras, lo cierto es que nadie ha quedado por fuera. Recientemente se publicó el informe "Repensar los riesgos en tiempos de COVID-19" , elaborado por el Instituto de Medio Ambiente y Seguridad Humana de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-EHS) y la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR). Este arroja luz sobre la complejidad de los riesgos en un mundo altamente interconectado, basándose en las conclusiones de diferentes estudios de casos en todo el mundo, el documento también ofrece lecciones para la gestión del riesgo de forma más sistémica.

La inesperada llegada del coronavirus, que en un principio se consideró sólo una crisis sanitaria, afectó de lleno a las sociedades, muchas de las cuales ya estaban lidiando con los efectos devastadores del cambio climático, así como con otros retos como la inestabilidad política y económica. Sin dudas, la pandemia de COVID-19 marcó un antes y un después en nuestras sociedades contemporáneas, pero ¿qué lección nos ha dejado? ¿ hemos aprendido algo de aquellos años?

El informe "Repensar los riesgos en tiempos de COVID-19" , elaborado por el Instituto de Medio Ambiente y Seguridad Humana de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-EHS) y la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), aborda la complejidad de los riesgos en un mundo altamente interconectado, y presenta lecciones para la gestión del riesgo. Centrándose en los diferentes efectos del COVID-19, muestra cómo, a través de la interconexión de las sociedades y las vulnerabilidades subyacentes en ellas, los impactos directos e indirectos de la pandemia han revelado la naturaleza sistémica del riesgo. A través de un enfoque de estudio de casos, el documento demuestra cómo la pandemia desencadenó una multitud de impactos que van más allá de la crisis sanitaria directa, incluyendo el desempleo, la deuda, la violencia civil y doméstica y el descarrilamiento de la educación de sus hijos, entre muchos otros. Basándose en las conclusiones de diferentes estudios de casos en todo el mundo, este informe también ofrece lecciones de la pandemia para entender el riesgo de forma más sistémica, y presenta recomendaciones para la gestión del riesgo en el futuro.

Desde Indonesia hasta ecuador, pasando por el Congo y Nueva York, los riesgos sistémicos de la pandemia de COVID-19 han quedado expuestos en términos humanos muy crudos. Las fronteras se desdibujaron y el virus se propagó a una velocidad impensada, dejando a su paso efectos devastadores. Millones de personas que ya tenían dificultades para llegar a fin de mes, que a menudo trabajaban en la economía informal del sector agrícola y que sobrevivían por debajo del umbral de pobreza, tuvieron que hacer frente a una serie de nuevos riesgos que no podrían haber previsto. Entre ellos la falta de empleo, el endeudamiento, la violencia civil y doméstica, el descarrilamiento de la educación de los hijos y menores oportunidades. En muchos lugares, las mujeres sufrieron de forma desproporcionada debido a los prejuicios de género existentes en la sociedad. 

El informe pone de manifiesto un desafío muy real que tenemos por delante como sociedad: cómo comprender y gestionar mejor los riesgos sistémicos en cascada resultantes del COVID-19 mientras éste se extiende a través de las fronteras. El documento consta de cinco investigaciones de campo hechas en 2021 y explica cómo claramente se produjo un efecto dominó, resultante del brote de COVID-19, que se extendió por las sociedades mucho más allá de los efectos inmediatos de la pandemia misma. Una de las principales conclusiones a la que llegan los expertos es que nuestro mundo está interconectado a través de sistemas que vienen con riesgos asociados y volátiles que han revelado, y reforzado, las vulnerabilidades en toda la sociedad.

La investigación afirma que, antes de que se desatara la pandemia, la interrelación de tales riesgos no era tan evidente en nuestra vida cotidiana. Tampoco lo era la naturaleza sistémica de estos riesgos, es decir, cómo afectaban, o pueden afectar potencialmente, a sociedades enteras más allá del problema mismo. Por un lado, cuando pensábamos en riesgos sistémicos los relacionábamos con lo que pasó con la crisis financiera de 2008, donde el fracaso de los grandes bancos se extendió por toda la economía mundial, dejando a millones de personas sin trabajo y provocando una recesión económica mundial. Otros ejemplos de esa interrelación se ven en cómo el cambio climático, los desastres naturales y, más recientemente, las consecuencias mundiales de la guerra en Ucrania, que evidencian que nuestro mundo depende de una red compleja, a menudo frágil, de factores interdependientes y que, si se desestabiliza, puede tener efectos devastadores en sociedades enteras.

Así las cosas, la investigación propone reflexionar sobre nuestra interconexión y fragilidad, que es mucha más de la que pensábamos. La aparición del COVID-19 obligó a ampliar la perspectiva de los riesgos sistémicos. La buena noticia es que ha ampliado la comprensión de estos riesgos y la forma de abordarlos. Los expertos de Naciones Unidas responsables de la investigación afirman que los peligros y las perturbaciones pueden surgir del exterior y del interior del sistema. La exposición a estas circunstancias puede ser indirecta, lo que significa que los efectos pueden sentirse en lugares que no están directamente afectados por el peligro, pero que acaban perjudicados como resultado de la interacción. Por último, la vulnerabilidad de un sistema también puede convertirse en un peligro o una perturbación para otros sistemas interdependientes.

Luego del análisis de la información extraída de la investigación, el informe muestra que ha llegado el momento de desarrollar una comprensión más profunda de los riesgos sistémicos y de cómo desencadenan otros peligros y perturbaciones, muchas veces de forma impredecible. Asimismo, revela que la gestión de estos riesgos debe estar integrada adecuadamente en la forma en que los responsables de la formulación de políticas, los planificadores y otras partes interesadas abordan la gestión de riesgos, con el objetivo de crear comunidades y sociedades más resistentes, equitativas y prósperas en todo el mundo.

Ahora bien, si ya somos conscientes del grado de interconexión de nuestras sociedades ¿Qué medidas se pueden adoptar entonces para mejorar la gestión del riesgo, dado que los enfoques tradicionales son insuficientes en entornos más complejos?  El estudio afirma que, una de ellas es entender cómo están conectadas las cosas. Los efectos en cascada originados por el COVID-19 permitieron detectar la correlación que existe en muchos de esos sistemas y evaluar si éstos están funcionando según lo previsto.

Otra consiste en identificar las contrapartidas implícitas en las políticas: varias medidas impuestas por el COVID-19, como los cierres de escuelas, las solicitudes de confinamiento o las restricciones de viaje, han tenido efectos generalizados. Lo cual pone de manifiesto la necesidad de valorar y evaluar las posibles contrapartidas y los efectos en cascada que conlleva la introducción de dichas medidas, ya que pueden tener repercusiones inesperadas y agravar las vulnerabilidades existentes en la sociedad. Por último, una tercera medida es centrarse en los procesos de recuperación del sistema sin dejar a nadie atrás. La vinculación intrínseca de los sistemas presenta una oportunidad para lograr puntos de inflexión positivos, creando efectos beneficiosos. En el contexto de la pandemia, esto se hizo realidad con la creación de puestos de trabajo que siguió a las prestaciones de asistencia financiera por parte de gobiernos, organizaciones benéficas y ONG, o los avances en la digitalización que siguieron a las medidas de confinamiento domiciliarios.

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