El hambre, la pandemia que no se detiene

Tras más de un año de intensa lucha contra el coronavirus, el mundo entero comienza a tener la esperanza de que el final está más cerca. Sin embargo, hay otro virus que no da tregua: el hambre. No hay vacunas para la indiferencia y la desigualdad. Cada día, millones de personas en diferentes latitudes no tienen nada que comer. Más precisamente, la décima parte de la población mundial, padece subalimentación en el mundo. El informe  “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundopublicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) muestra un panorama devastador.

El mundo ya era desigual antes de la llegada de la pandemia, sin embargo, la emergencia de la COVID-19 agudizó la precariedad en la que viven las poblaciones más pobres.  Las cifras son estremecedoras. Detrás de cada número hay una persona que cada día amanece sin algo para comer. El hambre es quizás la cara más cruel de un sistema capitalista que acrecienta las brechas y degrada el tejido social. Mientras las naciones más ricas no saben qué hacer con el desperdicio de comida, otras no saben cómo hacer para cubrir al menos parte de esta necesidad básica.

El mundo se encuentra en una coyuntura crítica: es muy diferente a la de hace seis años, cuando se comprometió con el objetivo de acabar con el hambre y todas las formas de malnutrición para 2030. En aquel momento, aunque los retos eran importantes, las y los expertos consideraban que, con esfuerzo, era posible alcanzar las ambiciosas metas propuestas por la Agenda 2030. Sin embargo, las últimas cuatro ediciones de este informe revelaron una pésima realidad. El mundo no ha progresado, en general, hacia las metas de los Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) y no parece que vaya hacerlo en un futuro cercano.

El informe presenta las cifras exactas de la injustica. Según este, del número total de personas desnutridas en 2020, más de la mitad (418 millones) vive en Asia y más de un tercio (282 millones) en África, mientras que en América Latina y el Caribe habita el 8% (60 millones). Aunque parezca impensado en el siglo XXI seguir hablando de hambre, lo cierto es que el informe advierte que la problemática no ha hecho más que empeorar en el último tiempo. En comparación con 2019, 46 millones más de personas en África, casi 57 millones más en Asia y alrededor de 14 millones más en América Latina y el Caribe, se vieron afectadas por el hambre durante el pasado 2020.

Estos datos significan que una de cada cinco personas (un 21% de la población) enfrentaba hambre en África en 2020, más del doble de la proporción de cualquier otra región, lo que representa un aumento de 3 puntos porcentuales en un año. Le siguieron América Latina y el Caribe (9,1%) y Asia (9%), con incrementos de 2 y 1,1 puntos porcentuales, respectivamente, entre 2019 y 2020. Pero no sólo en los países más pobres esta problemática se ha hecho más tangible. Aun en América del Norte y Europa, donde se encuentran las tasas más bajas de inseguridad alimentaria, se muestran cifras más elevadas por primera vez desde el comienzo de la recopilación de datos de la Escala de experiencia de inseguridad alimentaria, en 2014.

Los peores datos se observan entre las mujeres y las y los niños. En cuanto a la afectación por género de la inseguridad alimentaria moderada o grave, se observó una tasa 10% más alta entre las mujeres que entre los hombres en 2020, frente al 6% registrado en 2019. Asimismo, el estudio estima que en 2020 más de 149 millones de menores de 5 años padecieron retraso del crecimiento (su estatura era demasiado baja para su edad); más de 45 millones presentaban una delgadez que era excesiva para su altura, y casi 39 millones sufrieron sobrepeso. La investigación advierte además que, más de 3.000 millones de adultos y niños seguían sin poder acceder a dietas saludables.

La investigación sostiene que la pandemia ha sido un factor clave para que la situación alimenticia global empeore. La crisis sistémica sin precedentes que se desató tras la llegada del coronavirus, sin dudas, es centra a la hora de explicar los motivos del aumento desmedido de estas cifras. Sin embargo, el documento sostiene que también hay otros factores importantes que están detrás de recientes retrocesos en la seguridad alimentaria y la nutrición. Entre ellos se encuentran el aumento de los precios del alimento, los conflictos y la violencia en muchas partes del mundo, así como los desastres relacionados con el clima. El reporte explica que el análisis del costo de los alimentos y la cantidad de personas que no pueden pagar una dieta saludable permite entender mejor la tendencia hacia la desnutrición en todas sus formas. En este sentido, se detalla que el alto costo de las dietas saludables, junto a los pronunciados niveles de desigualdad de ingresos, impidió que 3000 millones de personas pudieran acceder a una dieta saludable en 2019.  

Es innegable que la pandemia ha causado estragos, pero los estados también son responsables. La falta de políticas públicas que regulen los elevados costos del alimento y la especulación que realizan ciertos sectores productores con la complicidad de los responsables políticos es algo que no podemos olvidar. El informe reconoce las dificultades de los países para garantizar que los sistemas de salud, alimentación, educación y protección social mantengan los servicios de nutrición esenciales mientras responden a la pandemia y reporta que una encuesta sobre la situación de las y los niños durante la pandemia mostró que el 90% de las naciones (122 de 135) informaron un cambio en la cobertura de los servicios de nutrición clave en agosto de 2020.

El futuro no se ve alentador. Aunque faltan datos sobre los resultados nutricionales para 2020, las proyecciones más moderadas apuntan a un escenario en el que 11,2 millones de niños menores de cinco años en países de ingresos bajos y medios se agregarían al total de los que padecen emaciación de 2020 a 2022 como consecuencia de la pandemia. Los organismos que desarrollaron el informen subraya la necesidad de políticas e inversiones que contrarresten los factores determinantes del hambre y la malnutrición. Con el objetivo de proponer algunos caminos posibles rumbo a crear un mundo (al menos un poco) más justo, el informe concluye con  seis recomendaciones a los encargados de las políticas alimentarias de los países para que las apliquen de acuerdo con su realidad nacional, a saber:

  • Integrar las estrategias humanitarias, de desarrollo y de consolidación de la paz en las zonas de conflicto, por ejemplo, mediante medidas de protección social que eviten que las familias vendan sus escasas pertenencias para alimentarse
  • Ampliar la resiliencia de los sistemas alimentarios frente al cambio climático, ofreciendo a los pequeños agricultores un amplio acceso a seguros contra riesgos climáticos y financiación basada en previsiones científicas
  • Reforzar la resiliencia de la población más vulnerable ante las adversidades económicas mediante programas de apoyo en especie o en efectivo para reducir los efectos de la pandemia o la volatilidad de los precios de los alimentos
  • Intervenir en las cadenas de suministro para reducir el costo de los alimentos nutritivos fomentando la plantación de cultivos bioenriquecidos o facilitando el acceso a los mercados de los productores de frutas y hortalizas
  • Combatir la pobreza y las desigualdades estructurales, impulsando las cadenas de valor alimentarias en las comunidades pobres mediante transferencias de tecnología y programas de certificación
  • Fortalecer los entornos alimentarios y promover cambios en el comportamiento de los consumidores, por ejemplo, eliminando las grasas trans industriales y reduciendo el contenido de sal y azúcar en los alimentos, o protegiendo a los niños frente a los efectos negativos de la comercialización de alimentos

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