Creer en ti para llegar a ser lo que quieras ser

La confianza en uno mismo está en la base de cualquier hazaña. Cuando una persona cree en sí misma y en sus posibilidades es capaz de enfrentarse a un desafío con la determinación necesaria para alcanzarlo. Hablamos de la autoestima, del amor propio en su significado más literal, de querernos y valorarnos como personas, de ser conscientes de nuestros puntos fuertes y de los valores que podemos aportar al mundo. Si realmente creemos que podemos cambiar el mundo, sin duda haremos todo lo que esté en nuestra mano para conseguirlo.

Esa confianza hay que cultivarla desde la cuna. Es importante tener unos padres que creen en ti, que te alientan y te motivan para ser aquello que te propongas ser, que te apoyan en tu camino y en tus decisiones y no permiten, bajo ningún concepto, que dudes de que podrás conseguirlo por el hecho de ser hombre o mujer. Esto es fundamental para el desarrollo de la autoestima de los niños y niñas, de los jóvenes y las jóvenes: creer que pueden es el primer paso para alcanzar sus metas. El siguiente es formarse y esforzarse para estar bien preparados para llegar a ser aquello que quieren ser.

Mis padres siempre creyeron en mí, y crecí teniendo presente un “sí puedo” y pensando que podía aportar valor. Supongo que eso me ha ayudado mucho en mi desarrollo profesional, y a ver los posibles errores o fracasos sin victimismo, como un aprendizaje para seguir adelante. No sé si, de haber sido hombre, algo en mi trayectoria profesional hubiera sido diferente, pero si tuviera la posibilidad de empezar de nuevo, volvería a elegir ser mujer.

Decidí estudiar ingeniería, y llevo 20 años dedicada al mundo de la tecnología y la transformación digital. Durante 10 años trabajé en proyectos internacionales para sectores como la electrónica, aeronáutica, automoción o defensa. Todos ellos, de tradición muy masculina. Después me introduje en el mundo de las startups, siempre con base tecnológica, y hoy, desde Ontruck, me dedico al sector del transporte, otro en el que la presencia de las mujeres ha sido históricamente residual.

Todavía hoy es poco frecuente ver a mujeres en puestos ejecutivos en las empresas de transporte, pero poco a poco vamos avanzando y poniendo en valor las competencias, con independencia del género. En mi caso es un privilegio trabajar en una empresa donde la inclusión, el respeto y el talento prevalecen sobre todo lo demás, y donde cada uno, siendo uno mismo, puede evolucionar y crecer. 

Creo que mi generación es la primera en la que se ha empezado a ver un cambio, pero no será la generación que experimente la integración de la igualdad absoluta, ni siquiera con el sistema de cuotas, que no deja de ser una medida de carácter curativo pero insuficiente. Sin embargo, confío en que las generaciones de mujeres que nos sucedan puedan conseguir ese gran reto global que es la igualdad de género. Pero no mediante medidas curativas impuestas, sino por su valor, por su talento, por creer en sí mismas y por estar convencidas de que ellas pueden.

Muchas veces las mujeres tenemos que elegir entre desarrollar nuestra carrera profesional y ser madres virtuosas, y las que tratan de combinar ambas facetas a menudo se enfrentan a prejuicios muy arraigados en nuestra sociedad: la mamá que no va a buscar a los niños al cole, ni les lleva a los cumpleaños, ni asiste a las reuniones escolares, no se considera una buena madre. En muchos casos esos prejuicios son tan fuertes que terminan por calar en la conciencia y la autoestima, y consiguen que ellas mismas se sientan culpables y se auto impongan limitaciones.

Por suerte, cada vez vemos más familias donde padre y madre están igualmente involucrados en la gestión de la vida familiar, y estos entornos favorecen la igualdad de oportunidades. Personalmente, tengo la suerte de tener a mi lado a mi marido Patrick apoyándome en mis decisiones, haciendo posible que viaje o que atienda a varios actos profesionales, cuidando de nuestras hijas. Del mismo modo que cuando él tiene obligaciones profesionales soy yo la que asumo esa tarea. Este equilibrio es el testimonio que me gustaría dejar y el ejemplo que damos a nuestras hijas.

Es muy importante dedicar esfuerzos a educar a los niños y niñas de hoy para que sean capaces de construir una sociedad sin prejuicios el día de mañana, y para ello es necesario que podamos aportar nuevas referencias, imágenes de diversidad en los diferentes sectores profesionales, de tareas compartidas en las familias… Que la nueva realidad que queremos para nuestros hijos se impregne en todas las facetas de su vida para que, cuando lleguen a la edad adulta, la igualdad de género ya no forme parte del discurso político y social.

Por todo esto creo que celebrar el 8M es importante, pues nos recuerda que muchas mujeres han luchado antes de nosotras para que se reconozcan nuestros derechos y hoy podamos tener la esperanza de un futuro en igualdad. También este día nos recuerda que todavía hay muchos países en los cuales los derechos de las mujeres no están reconocidos, y todos juntos, hombres y mujeres, tenemos que seguir avanzando hacia el cambio.

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