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Hace falta una conciencia más activa

Hace unos días abrí el armario para buscar una camisa y me quedé un rato mirándolo. No era un armario especialmente lleno, pero había ropa que no recordaba haber comprado y otra que no me había puesto en dos años. Me pareció una imagen pequeña de algo mucho más grande: vivimos tomando cosas que no necesitamos del todo, y casi nunca nos preguntamos de dónde vienen ni a dónde van cuando dejan de servirnos.

La pregunta no es nueva, pero las cifras sí son cada vez más difíciles de ignorar. Este año la humanidad agotó el 30 de julio todo lo que la Tierra es capaz de regenerar en doce meses. Desde entonces vivimos a crédito. En 1973, cuando empezó a medirse este déficit, la fecha caía a mediados de diciembre; medio siglo después, nos sobran cinco meses de consumo cada año. España llegó a ese límite mucho antes, el 4 de junio: lo que producen nuestros propios ecosistemas apenas cubre algo menos de cuatro de cada diez partes de lo que consumimos. El resto lo traemos de fuera, de otros suelos, otros bosques y otras aguas.

No es solo comida. El PNUMA calcula que la extracción mundial de materiales se ha triplicado en cincuenta años y ronda ya los cien mil millones de toneladas anuales. Hace medio siglo cada persona del planeta usaba, de media, unas ocho toneladas de materiales al año; hoy son más de trece. Y el reparto es profundamente desigual: los países ricos consumen unas seis veces más que los pobres. Lo digo con algo de incomodidad, porque yo vengo de uno de esos países que ponen la tierra, el agua y la mano de obra, y hoy vivo en otro que pone sobre todo el consumo.

Luego está lo que devolvemos. Si tomamos madera, minerales, agua y alimentos, lo que regresa a la naturaleza son vertederos, plásticos en el mar, ríos contaminados, suelos agotados y bosques que ya no están. Con la ropa se ve muy claro: en España generamos unos 19 kilos de residuo textil por persona al año, más o menos sesenta prendas, y el 87 % termina en un vertedero. Prendas que alguien cultivó, tiñó, cosió y transportó media vuelta al mundo, para usarlas unas cuantas veces y enterrarlas.

Creo que el problema de fondo no es la maldad de nadie. Es una costumbre. Hemos aprendido a medir el bienestar por la cantidad de cosas que tenemos y la rapidez con que podemos reponerlas, y hemos tratado a la naturaleza como si fuera un almacén sin fondo y, a la vez, un basurero sin límite. Ninguna de las dos cosas es cierta. Los ecosistemas se recuperan, pero a su ritmo, no al nuestro. Un bosque talado tarda décadas en volver; un suelo erosionado, siglos; una especie extinguida no vuelve nunca.

Y ahí está lo que más me preocupa: que nos acerquemos sin darnos cuenta a un punto en el que la naturaleza ya no pueda recuperarse. No como una catástrofe repentina de película, sino como una pérdida lenta, casi silenciosa, de la que solo seremos conscientes cuando ya no tenga arreglo. Los científicos lo llaman puntos de inflexión. Yo pienso en algo más sencillo: en el mundo que van a heredar mis hijos y en si les vamos a dejar algo más que facturas.

No creo que la respuesta sea vivir con culpa, ni que el consumo individual lo resuelva todo; las empresas y los gobiernos tienen una responsabilidad enorme en cómo se produce y cuánto dura lo que se vende. Pero sí creo que hace falta una conciencia más activa, menos de buenas intenciones y más de hábitos. Comprar menos y mejor. Reparar antes de tirar. Preguntar de dónde viene lo que comemos. Exigir productos que duren. Valorar lo que ya tenemos. Son gestos pequeños, pero las costumbres colectivas están hechas de gestos pequeños repetidos millones de veces.

La naturaleza lleva mucho tiempo dándonos sin pedir nada a cambio. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos, con honestidad, qué le estamos devolviendo. Y de empezar a devolverle algo mejor antes de que deje de poder responder.

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Opinión#CambioClimatico26

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