
El calor extremo ya no es un problema de verano. Llega antes, se va más tarde y ha dejado de ser una estación para convertirse en una condición de vida, sobre todo para quienes menos pueden protegerse de él. La acción climática de los próximos años se jugará tanto en reducir emisiones como en proteger a las personas allí donde viven, y el calor debería figurar ya en el mapa de riesgos de cualquier organización.
Entre el 15 de mayo y el 30 de septiembre de este año, el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III estimó 5.807 muertes atribuibles al calor en España. Es la cifra más alta de la última década y un 51,6 % más que el verano anterior. El 97 % eran personas de 65 años o más; el 62 %, mayores de 85.
Detrás de esos datos hay personas mayores que viven solas, en pisos sin climatización, donde nadie nota a tiempo que algo va mal.
El último Observatorio de Salud y Medioambiente de DKV, elaborado por ISGlobal, pone cifras a este riesgo que deberían estar ya en todos los comités de dirección: por cada grado adicional, la mortalidad por calor sube un 35 %; en España se pierden 580.000 jornadas laborales al año por lesiones relacionadas con el calor, con 320 millones de euros en pérdidas directas; y el 85 % del parque edificado europeo tiene un bajo rendimiento frente al calor.
Además, el riesgo no se reparte igual. Los barrios de menor renta registran hasta 4,1 °C más de calor nocturno que las zonas más favorecidas, y en Madrid la renta predice la mortalidad por calor mejor que la edad. En las ciudades, el efecto isla de calor amplifica todo lo anterior.
¿Qué les toca, entonces, a las empresas en los próximos años? Lo primero, no soltar la mitigación. Reducir emisiones sigue siendo la única forma de que la factura de la adaptación no se vuelva impagable, y ahí cada empresa responde de su propia huella.
Lo segundo, entender que adaptarse no es solo blindar las propias instalaciones. Exige actuar a varias escalas: renaturalizar las ciudades, con más parques, más árboles y más sombra, pero también intervenir en la calle, el portal y la plaza. Porque una plantilla que no descansa por la noche, unos clientes que dejan de salir a la calle o un barrio que no aguanta una ola de calor también son riesgos para el negocio.
Lo tercero, cambiar la conversación sobre el dinero. Dejar de justificar la sostenibilidad como un coste y defenderla como una inversión.
Muchas empresas, de cualquier sector, disponen ya de lo que una ciudad necesita en una ola de calor para crear refugios climáticos: espacios climatizados y accesibles, abiertos muchas horas, con personas y con relación diaria con su entorno. Hoteles, comercios, oficinas, centros deportivos o culturales. Infraestructura que ya existe y que, buena parte del día, está infrautilizada.
Creo que esos espacios pueden ser mucho más que un servicio al cliente. Un hotel, un centro comercial o una sede corporativa pueden convertirse en un laboratorio vivo de su barrio, donde vecinos, ayuntamiento, entidades sociales, universidades y empresas identifican un reto real, prueban soluciones, las miden y replican las que funcionan.
En un barrio envejecido, eso puede ser algo tan concreto como un espacio fresco, agua, compañía y detección temprana del riesgo, coordinado con los servicios municipales y las asociaciones que ya trabajan allí.
No lo veo como filantropía. Una empresa que ayuda a su entorno a soportar el calor está cuidando también aquello de lo que depende: sus clientes, sus trabajadores, su legitimidad.
Nada de esto es sencillo. Exige partir de problemas reales y no de titulares, colaborar con quien ya conoce el barrio, medir con honestidad y contar también lo que no funciona. Pero el coste de no hacerlo ya lo hemos visto este verano.
Este 24 de octubre, mi invitación es mirar alrededor. La pregunta ya no es solo cuánto emite una empresa, sino qué hace por el lugar donde está. Las organizaciones que respondan bien a ambas preguntas tendrán licencia para operar en la próxima década.