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El planeta se calienta y nuestros modelos económicos aún no se han enterado

En noviembre de 2025, la ciencia nos confirmó que superaremos el umbral de 1,5 ºC de forma inevitable a más tardar a comienzos de la década de 2030, y lo haremos “temporalmente” en el mejor de los casos. De hecho, aunque los países cumplieran todos sus compromisos actuales, la temperatura global subiría entre 2,3 y 2,5 ºC este siglo.[1]

Nos guste o no, esta es nuestra nueva realidad de partida, y la forma más útil de tratarla es aprovecharla como un dato de planificación.

En este nuevo contexto, los fenómenos climáticos extremos han dejado de ser excepcionales y se vuelven cada vez más recurrentes. Además, la ciencia anticipa que muchos de ellos, como las olas de calor y las lluvias torrenciales, serán cada vez más frecuentes e intensos,[2] algo lógico en un sistema (nuestro planeta) que acumula cada vez más energía. Aun así, buena parte de los modelos económicos y financieros sigue tratando el clima como una variable lenta, que erosiona unas décimas de crecimiento a largo plazo.

Un estudio reciente de la Universidad de Exeter y Carbon Tracker, elaborado con más de setenta científicos del clima, lo explica con claridad. Los modelos económicos que usan gobiernos, bancos centrales e inversores subestiman cada vez más el riesgo climático a medida que el mundo se acerca a los 2 ºC.[3] La razón está en su diseño: trabajan con promedios, y en este contexto el daño llega por los extremos.

La tormenta de invierno de Texas de 2021 apenas alteró la temperatura media global y causó 195.000 millones de dólares en daños. Las inundaciones de Pakistán de 2022 desplazaron a 33 millones de personas y obligaron a renegociar deuda soberana. En Puerto Rico, cada huracán llegó antes de que la red eléctrica se recuperara del anterior.[4]

El riesgo real está en los eventos que se encadenan y se amplifican.

El caso más revelador es el del fondo soberano noruego. En 2025 calculó que el daño climático sobre su cartera podía alcanzar el 19%, casi diez veces el 2% que estimaba su proveedor de referencia. Lo llamativo es su respuesta: en lugar de ajustar su estrategia de inversión, presionó para que se rebajara el objetivo climático de referencia de 1,5 a 2 grados.[5]

El conocimiento existe. Lo que falta es trasladarlo a la toma de decisiones.

En este escenario, la adaptación gana cada vez más peso. Los países en desarrollo necesitarán entre 310.000 y 365.000 millones de dólares anuales para adaptarse hacia 2035, mientras que la financiación pública internacional se quedó en 26.000 millones en 2023: una brecha de 12 a 14 veces.[6] Pero adaptación y mitigación avanzan juntas. Cada décima de calentamiento evitada reduce también la incertidumbre y el coste de adaptarse. La mitigación sigue siendo la adaptación más barata que tenemos.

Los próximos años exigen cuatro medidas concretas.

Primero, pruebas de estrés construidas sobre extremos y eventos compuestos. Supervisores, bancos y aseguradoras deben trabajar con escenarios que capturen cómo se encadenan los impactos, y usarlos como marco de decisión. La pregunta útil es qué decisiones resisten en distintos futuros, más que cuál de ellos ocurrirá.

Segundo, incorporar el coste de adaptación en cada decisión de capital. Cada infraestructura, activo inmobiliario o línea de crédito debería evaluarse con el riesgo físico de su ubicación en un mundo de 2 a 2,5 ºC, y ese coste debería entrar en la valoración, en la prima y en el precio del crédito.

Tercero, una regla de coherencia en los consejos de administración. Cuando una organización cuantifica un riesgo climático, su asignación de capital debe reflejarlo, y debe poder demostrarlo.

Cuarto, tratar la adaptación como una categoría de inversión con retorno medible. El daño evitado tiene un valor económico cuantificable, y medirlo con rigor es lo que atrae capital privado a donde hoy apenas llega.

Del 9 al 20 de noviembre se celebrará la COP31 en Antalya,[7] donde volverá a hablarse de compromisos a largo plazo. Sin embargo, la acción climática de los próximos años se decidirá en los comités de riesgos, en las mesas de inversión y en los presupuestos públicos.

El impacto que necesitamos empieza a construirse poniendo precio a lo que ya sabemos que va a pasar.

[1] UNEP (2025). Emissions Gap Report 2025: Off Target. Incluye el mensaje del Secretario General de la ONU, António Guterres, sobre la superación temporal e inevitable de 1,5 ºC. https://unep.org/resources/emissions-gap-report · Resumen: IISD SDG Knowledge Hub, https://sdg.iisd.org/news/new-ndcs-narrow-emissions-gap-but-gap-remains-large-unep-report/

[2] IPCC (2021). Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Summary for Policymakers (AR6, Grupo de Trabajo I). https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/chapter/summary-for-policymakers/

[3] Abrams, J., Hu, S. y Dickenson Bampton, B. (2026). Recalibrating Climate Risk. University of Exeter y Carbon Tracker. https://www.preventionweb.net/quick/100129

[4] Abrams, Hu y Dickenson Bampton (2026), op. cit. Casos de la tormenta de invierno de Texas (2021), las inundaciones de Pakistán (2022) y los huracanes Irma, María y Fiona en Puerto Rico (2017 y 2022).

[5] Abrams, Hu y Dickenson Bampton (2026), op. cit. Caso de Norges Bank Investment Management frente a la estimación de MSCI.

[6] UNEP (2025). Adaptation Gap Report 2025: Running on Empty. https://www.unep.org/en/publications/report/adaptation-gap-report-2025

[7] UNCCD. 2026 UN Climate Change Conference (COP31), Antalya, 9-20 de noviembre de 2026. https://www.unccd.int/index.php/events/other/2026-un-climate-change-conference-cop31

En este artículo se habla de:
Opinión#CambioClimatico26

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