
Cada 24 de octubre, el Día Internacional contra el Cambio Climático vuelve a poner el foco sobre uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Para las empresas, sin embargo, el cambio climático hace tiempo que dejó de ser únicamente una cuestión ambiental. Hoy afecta a la estrategia, la competitividad, la reputación y la capacidad de adaptación.
Los resultados de Approaching the Future 2026, el informe de Corporate Excellence – Centre for Reputation Leadership en colaboración con CANVAS Estrategias Sostenibles, reflejan este cambio. La sostenibilidad se mantiene entre las principales prioridades de las organizaciones iberoamericanas: un 40,5% de los profesionales la señala como prioritaria y un 37,5% afirma estar trabajando en ella.
Pero los datos también muestran una distancia entre el compromiso y la capacidad real de llevarlo a la práctica.
El 45,6% de los profesionales en España señala el compromiso y la convicción como la principal razón para invertir en sostenibilidad. En Latinoamérica, el porcentaje asciende al 49,2%. Que la convicción se sitúe por delante de otros factores externos indica que la sostenibilidad no avanza únicamente como respuesta a una obligación. También existe una voluntad empresarial de incorporarla a la forma de entender el negocio.
Las diferencias entre geografías aportan algunos matices. En España, el cumplimiento normativo mantiene un peso relevante, con un 36,8%. En Latinoamérica, la rentabilidad económica alcanza un 20,4%, frente al 12,3% registrado en España, lo que apunta a una conexión más explícita entre sostenibilidad, competitividad y generación de valor.
El desafío aparece al trasladar esta convicción a la práctica. El informe identifica en ambas geografías una brecha entre la intención de las empresas y los recursos destinados a medir, gestionar e integrar la sostenibilidad. El reto está ahora en convertir esa ambición en capacidad de gestión y resultados.
En España, el 46,7% de las organizaciones trabaja en estrategias de mitigación y adaptación, incluyendo planes de transición, descarbonización, objetivos Net Zero y eficiencia energética. Es el ámbito ambiental más trabajado, seguido de la economía circular, con un 40,5%. En Latinoamérica, las iniciativas relacionadas con el cambio climático alcanzan un 28%, mientras que la economía circular se sitúa en el 39,3%.
La agenda ambiental, sin embargo, sigue siendo desigual. La protección de la biodiversidad y los ecosistemas solo es trabajada por el 18,9% de las organizaciones españolas y el 20,8% de las latinoamericanas. Los datos muestran así una mayor concentración de esfuerzos en los ámbitos más visibles y directamente vinculados a la transición climática. El siguiente paso será avanzar hacia una gestión más integrada de los distintos impactos ambientales.
El ámbito ambiental aparece también como uno de los más difíciles de gestionar en los próximos años. En España, el 34,8% de los profesionales considera que será la dimensión ASG que planteará mayores dificultades para avanzar, ligeramente por encima de la gobernanza y de los aspectos sociales. En Latinoamérica, los retos ambientales se encuentran igualmente entre los más exigentes de cara al futuro.
Descarbonizar una organización, mejorar su eficiencia energética o adaptarla a los riesgos climáticos requiere más que establecer compromisos: implica revisar procesos, movilizar inversiones, establecer indicadores y demostrar avances verificables.
La acción climática entra así en una etapa en la que la ambición debe estar acompañada por capacidad de ejecución.
La alta dirección parece haber asumido esta dimensión estratégica. En España, el 63,9% de los directivos trabaja activamente en integrar la sostenibilidad en la estrategia y el modelo de negocio, una cifra que alcanza el 70,5% en Latinoamérica. El desafío, sin embargo, es extender ese impulso al conjunto de la organización. La sostenibilidad necesita incorporarse también a los equipos, los procesos y las capacidades internas que permiten ejecutar la estrategia.
De esta forma, ahora comienza una etapa más exigente. El reto será convertir el compromiso en capacidades y traducir los objetivos climáticos en inversiones e impactos que puedan medirse debido a la trascendencia que tienen estas decisiones en el negocio y la reputación de la compañía. Porque el avance de las empresas frente al cambio climático dependerá cada vez menos de la formulación de nuevos compromisos y más de su capacidad de acción y de respuesta para demostrar cómo estos transforman la gestión y contribuyen en la creación de valor en el largo plazo.