
Cuando hablamos de los grandes retos de la acción climática para los próximos años, solemos pensar en la reducción de emisiones, la transición energética o los compromisos internacionales. Son cuestiones fundamentales, pero creo que existe un desafío especialmente importante que tenemos mucho más cerca: adaptar nuestras ciudades y nuestra manera de vivir para conseguir una convivencia más sostenible con el entorno.
Buena parte de nuestro impacto ambiental está directamente relacionado con decisiones cotidianas: cómo nos desplazamos, qué hacemos con los residuos que generamos, cómo utilizamos el agua o qué modelo de ciudad estamos construyendo. Por eso, considero que una de las grandes prioridades debe ser transformar progresivamente nuestros hábitos, pero también las infraestructuras y los servicios que hacen posible esa transformación.
La movilidad es, sin duda, uno de los ámbitos donde más tenemos que avanzar. Nuestras ciudades necesitan modelos de transporte más eficientes, accesibles y menos contaminantes. No se trata únicamente de promover alternativas al vehículo privado, sino de facilitar que esas alternativas sean realmente viables para la ciudadanía.
Desde el ámbito deportivo somos especialmente conscientes de este reto. Un partido de fútbol moviliza a miles de personas en un espacio de tiempo muy reducido. Esa capacidad de convocatoria nos obliga a reflexionar sobre el impacto que generamos, pero también nos ofrece una oportunidad para fomentar formas de desplazamiento más sostenibles.
Otro de los grandes desafíos, especialmente en España, es la gestión de residuos. Creo que todavía tenemos un importante camino por recorrer, tanto en materia de concienciación social como en la disponibilidad de recursos y servicios que faciliten la separación, la reutilización y el reciclaje.
No podemos trasladar toda la responsabilidad al ciudadano si después no le proporcionamos las herramientas necesarias para actuar correctamente. Necesitamos avanzar de manera conjunta desde las administraciones, las empresas y la propia sociedad, apostando por modelos que reduzcan la generación de residuos desde el origen y faciliten su aprovechamiento.
Pero la sostenibilidad de nuestras ciudades también nos obliga a mirar más allá de ellas. La despoblación de los entornos rurales constituye otro desafío que, a mi juicio, merece una mayor atención dentro del debate ambiental.
Durante décadas hemos asistido a una creciente concentración de población y actividad económica en los grandes núcleos urbanos, mientras numerosos municipios rurales pierden habitantes y oportunidades. Conseguir que vivir en estos territorios sea una opción atractiva, con servicios, empleo e infraestructuras adecuados, también puede contribuir a construir un modelo territorial más equilibrado y sostenible.
No se trata de enfrentar el mundo rural con el urbano, sino de comprender que ambos forman parte de un mismo sistema y que necesitamos favorecer una relación más equilibrada entre ellos.
A estos retos debemos sumar dos cuestiones que serán cada vez más determinantes: la gestión del agua y la calidad del aire.
En un territorio como Andalucía, especialmente vulnerable a los periodos de sequía y a las altas temperaturas, el uso responsable del agua debe ocupar un lugar prioritario. Necesitamos mejorar la eficiencia, evitar pérdidas y avanzar hacia una cultura que reconozca el valor de un recurso esencial y limitado.
Del mismo modo, debemos prestar mayor atención a la calidad del aire y a sus consecuencias sobre la salud. La acción climática no puede entenderse únicamente como una cuestión de protección ambiental, también está directamente relacionada con el bienestar y la calidad de vida de las personas.
Por último, creo que tenemos otro gran reto por delante: conseguir que el cambio climático deje de ser un motivo de confrontación y se convierta en una causa común. No debería ser un tema relacionado con ideologías o colores políticos, porque sus consecuencias nos afectan a todos, independientemente de lo que pensemos o a quién votemos. Necesitamos superar las diferencias, centrarnos en lo que nos une, construir consensos y comprender que cuidar nuestra casa común es una responsabilidad colectiva que debe estar por encima de cualquier debate partidista. Solo así podremos avanzar con la ambición que exige un desafío de esta magnitud.
Desde Forever Green, la plataforma ambiental del Real Betis Balompié, trabajamos con la convicción de que el deporte puede desempeñar un papel relevante ante estos desafíos. No tenemos todas las soluciones, pero sí una capacidad extraordinaria para generar conciencia, impulsar colaboraciones y acercar la sostenibilidad a miles de personas.
Creo que esa debe ser también una prioridad transversal para los próximos años: conseguir que la acción climática sea una responsabilidad compartida y que las organizaciones aprovechemos nuestra capacidad de influencia para facilitar cambios reales.
Porque, en definitiva, afrontar el cambio climático no consiste únicamente en proteger el planeta del futuro. Consiste también en repensar cómo queremos vivir en él, cómo organizamos nuestras ciudades y cómo cuidamos el entorno que compartimos. Y esa transformación empieza mucho más cerca de lo que a veces imaginamos.