
Llevamos años hablando del cambio climático como si fuera algo que estaba por venir. Pero ese futuro ya está aquí. Lo vemos en las sequías, en los fenómenos extremos, en la incertidumbre sobre el agua, la energía o las materias primas. Y también en las decisiones que tienen que tomar cada día nuestras empresas, agricultores y administraciones.
Ante esta realidad, reducir emisiones sigue siendo imprescindible. Pero creo que necesitamos ir más allá. El gran reto de los próximos años no es solamente reducir nuestro impacto negativo, sino transformar nuestra manera de producir, colaborar y vivir para que nuestra actividad también contribuya a regenerar lo que nos sostiene.
Y para eso hay algo que debemos cambiar: nuestra forma de mirar.
Durante mucho tiempo hemos pensado las empresas, las industrias, los municipios y el campo como realidades separadas. Cada uno gestionando sus recursos, sus problemas y sus objetivos. Sin embargo, todos dependemos de los mismos sistemas: del agua, de la energía, del suelo, de la biodiversidad y de las personas que habitan un territorio.
Una empresa puede tener unas instalaciones extraordinariamente eficientes y seguir siendo profundamente vulnerable si el territorio del que depende se deteriora. Porque ninguna empresa es verdaderamente resiliente en un territorio que no lo es.
Aquí veo una de las grandes oportunidades de esta década: empezar a conectar lo que hasta ahora hemos gestionado por separado.
Pensemos, por ejemplo, en una industria que genera calor que no aprovecha, una explotación agrícola que necesita energía para sus procesos o unos subproductos que hoy representan un coste y podrían convertirse en materia prima para otra actividad cercana.
Esto es lo que permite la simbiosis entre industria, agricultura y municipios: encontrar valor donde antes veíamos residuos, costes o problemas aislados. Y hacerlo de una forma que puede mejorar la competitividad de las empresas, reducir la presión sobre los recursos y abrir nuevas oportunidades económicas.
No es una utopía. Ya existen experiencias que lo demuestran, y lo que piden es algo tan sencillo y tan difícil como sentarse a mirar juntos qué tiene cada uno y qué necesita el otro.
Y creo que aquí el mundo rural tiene un papel extraordinario.
Con demasiada frecuencia lo miramos únicamente como proveedor de recursos o como un territorio al que hay que ayudar a sobrevivir. Pero nuestros pueblos también pueden convertirse en espacios de innovación, bioeconomía y nuevas formas de colaboración entre sectores.
Tengo mis raíces en Aragón y en el Pirineo, y esta cuestión me toca especialmente. No se trata solo de que nuestros pueblos no desaparezcan. Se trata de que tengan un futuro en el que merezca la pena quedarse, volver o empezar algo nuevo. Y de que ese futuro se construya con las personas que ya viven allí.
Para conseguirlo necesitamos también otro tipo de liderazgo empresarial. Uno que entienda que el clima y la naturaleza no son asuntos periféricos ni únicamente obligaciones de sostenibilidad. Son cuestiones estratégicas que afectan a los costes, los suministros, la inversión y la capacidad de prosperar a largo plazo.
Los consejos de administración deberían preguntarse no solo cómo proteger sus empresas de los riesgos climáticos, sino también cómo pueden contribuir a fortalecer los sistemas de los que dependen.
Y después, actuar. Con decisiones, proyectos, financiación, colaboración y resultados que podamos medir.
Soy ingeniera. Creo profundamente en la tecnología y en nuestra capacidad para innovar. Pero después de toda mi trayectoria en energía e industria, tengo cada vez más claro que las soluciones técnicas, por sí solas, no bastan. Necesitamos conectar conocimientos, intereses y personas. Y atrevernos a diseñar de otra manera.
Siempre me ha parecido revelador que economía y ecología compartan la misma raíz: oikos, hogar.
Quizás llevamos demasiado tiempo intentando administrar nuestra casa sin comprender cómo funciona, qué necesita y hasta dónde puede sostenernos.
Es hora de reconciliar ambas miradas. Porque regenerar nuestra casa y prosperar en ella nunca debieron ser objetivos contrapuestos.