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La urgencia de la implementación: lo que se juega el clima rumbo a la COP31

Hace apenas una semana, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) cerraba su 65ª sesión plenaria sin acuerdo debido a choques geopolíticos entre el Norte y el Sur Global. Es una noticia incierta para quienes estamos convencidos de que la acción unísona y global es el único camino ante el mayor desafío de nuestro tiempo: la emergencia climática causada por las actividades humanas. Más teniendo en cuenta que hoy celebramos el Día Internacional contra el Cambio Climático.

La urgencia sigue siendo elevada. El Emissions Gap Report 2025 del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte de que, incluso si se cumplieran íntegramente las actuales contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC) del Acuerdo de París, el calentamiento global se situaría entre 2,3 y 2,5 °C a lo largo de este siglo. Con las políticas en vigor, la trayectoria se aproxima a 2,8 °C. Para mantener abierta la posibilidad del 1,5 °C, las emisiones mundiales deberían reducirse alrededor de un 55 % en 2035 respecto a 2019.

Así pues, la primera gran prioridad será acelerar la reducción efectiva de emisiones. Cada año de retraso incrementa las emisiones acumuladas, eleva la magnitud del posible overshoot del 1,5 °C y aumenta la dependencia futura de tecnologías de remoción de carbono cuya disponibilidad a gran escala sigue siendo incierta.

La buena noticia es que el camino es conocido. El primer Balance Mundial del Acuerdo de París, aprobado en la COP28 de Dubái, acordó triplicar la capacidad mundial de energías renovables y duplicar la tasa anual de mejora de la eficiencia energética para 2030, al tiempo que reconoció la necesidad de avanzar en una transición justa, ordenada y equitativa para abandonar progresivamente los combustibles fósiles en los sistemas energéticos.

Necesitamos, para ello, concentrar los esfuerzos para implementar tecnologías maduras que aceleren la suficiencia, la electrificación directa, la rehabilitación energética, las redes y el almacenamiento o la movilidad sostenible, entre otras cuestiones. Pero la acción climática ya no puede limitarse a la mitigación. Los incendios, las olas de calor, las inundaciones, las sequías y otros impactos climáticos están convirtiendo la adaptación en una cuestión estratégica. Esto significa incorporar, en el ámbito empresarial, por ejemplo, los riesgos climáticos a la planificación estratégica, financiera y a la gestión de activos, a las operaciones y a las cadenas de suministro.

Además, debemos asegurar una transición justa. La reducción de emisiones debe acompañarse de medidas que eviten trasladar costes a hogares vulnerables, trabajadores o territorios afectados. Su velocidad dependerá también de la capacidad para generar empleo de calidad, acceso asequible a la energía y apoyo a los países y sectores con menores capacidades.

COP31: acordar cómo avanzar

En este contexto, la próxima COP31 de Antalya tendrá como principal desafío acelerar una senda ya reconocida políticamente. Una cuestión central seguirá siendo cómo avanzar en el abandono de los combustibles fósiles mediante una hoja de ruta con hitos, planes nacionales, cooperación internacional y mecanismos de seguimiento. Los objetivos de renovables y eficiencia deberán vincularse con una reducción efectiva del consumo de carbón, petróleo y gas.

La COP31 iniciará la preparación del segundo Balance Mundial del Acuerdo de París, que concluirá en 2028. Su utilidad dependerá de que no se limite a constatar la brecha entre los objetivos y la trayectoria real de emisiones, sino que permita evaluar la implementación de los compromisos anteriores y reforzar el siguiente ciclo de NDC.

También estará en juego el futuro del Programa de Trabajo de Mitigación, que debe reforzar su capacidad para identificar barreras y oportunidades concretas de reducción de emisiones. En este sentido, debe enviar una señal clara para que las inversiones y las decisiones económicas de esta década prioricen soluciones que reduzcan las emisiones en origen. Una de las principales propuestas de la Presidencia de la COP31, la iniciativa ”35x35” que pretende alcanzar al menos un 35% de electrificación del consumo final mundial de energía en 2035, puede convertirse en una señal política relevante para acelerar la descarbonización, siempre que se acompañe de condiciones claras de implementación.

El éxito de la próxima etapa dependerá, en definitiva, de demostrar que somos capaces de convertir los compromisos en transformación real: reducir emisiones, disminuir la dependencia fósil, reforzar la resiliencia y garantizar que la transición sea viable y justa.

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