
España desperdició 1.129,91 millones de kilos o litros de alimentos y bebidas durante 2025, según los últimos datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, publicados en septiembre de 2026. Aunque el desperdicio alimentario se ha reducido cerca de un 20 % desde 2020, el último año ha registrado un ligero repunte. Mientras tanto, la Unión Europea se ha marcado el objetivo de reducir un 30 % los residuos alimentarios por habitante en hogares, restauración y distribución antes de 2030. ¿Estamos preparados para transformar nuestra manera de consumir?
Cuando hablamos de acción climática, solemos pensar en energías renovables, movilidad eléctrica o grandes acuerdos internacionales. Son cuestiones imprescindibles, pero existe otra transformación igual de necesaria que comienza mucho más cerca: en nuestros supermercados, nuestras cocinas y nuestras decisiones de compra.
Según la FAO, los sistemas agroalimentarios fueron responsables del 32 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en 2023. Producir, transformar, envasar, transportar y distribuir alimentos tiene un impacto ambiental que pocas veces tenemos presente cuando llenamos la cesta de la compra.
Y ahí encontramos una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tanto acceso a productos, tanta información ni tantas posibilidades de elección. Sin embargo, seguimos desperdiciando recursos y manteniendo hábitos de consumo que difícilmente podremos sostener a largo plazo. Eurostat acaba de publicar que la Unión Europea generó 57,9 millones de toneladas de residuos alimentarios en 2024, incluidos los componentes no comestibles. Más de la mitad procedía de los hogares.
Creo que uno de los principales retos de la acción climática para los próximos años será conseguir que la sostenibilidad deje de ser una aspiración para convertirse en una práctica cotidiana. Y eso exige cambios profundos en nuestra manera de producir, distribuir y consumir.
La primera prioridad debería ser devolver valor a lo que compramos. Hemos normalizado disponer de cualquier producto en cualquier momento, sin preguntarnos demasiado por su procedencia, sus procesos de producción o los recursos necesarios para que llegue hasta nosotros. Necesitamos consumidores mejor informados, pero también empresas capaces de ofrecer información clara, transparente y comprensible. Elegir responsablemente no debería exigir horas de investigación ni conocimientos especializados.
La segunda prioridad pasa por transformar los modelos empresariales. Durante demasiado tiempo, la sostenibilidad se ha abordado como una cuestión de imagen corporativa, cuando debería formar parte de las decisiones estratégicas de cualquier compañía. Reducir el desperdicio, optimizar las cadenas de suministro, revisar los envases y mejorar la eficiencia logística son actuaciones concretas que pueden contribuir a disminuir el impacto ambiental de la actividad económica.
En este terreno, la tecnología representa una oportunidad extraordinaria. La inteligencia artificial puede ayudarnos a anticipar la demanda, ajustar inventarios, optimizar rutas de distribución y acercar información relevante al consumidor. Pero la innovación solo tendrá verdadero sentido si resuelve problemas reales y si también somos capaces de evaluar su propia huella ambiental.
La tercera prioridad, y quizá la más importante, consiste en democratizar el consumo responsable. No podemos pedir a las personas que cambien sus hábitos mientras las alternativas más sostenibles siguen siendo difíciles de encontrar, comprender o pagar. La transición climática necesita soluciones accesibles, competitivas y adaptadas a la vida cotidiana.
En Sabia exploramos cómo la inteligencia artificial puede facilitar decisiones de compra más informadas y una relación más consciente con la alimentación. Es una muestra de cómo la innovación puede ponerse al servicio de las personas, aunque el verdadero desafío exige la implicación de toda la cadena alimentaria.
Los próximos años serán decisivos. Tenemos objetivos, conocimiento y herramientas tecnológicas. Ahora necesitamos voluntad empresarial, políticas eficaces y modelos de consumo que permitan convertir los compromisos en resultados.
Porque la acción climática no puede depender únicamente de grandes decisiones políticas ni de gestos individuales aislados. Necesita transformar el sistema que conecta lo que producimos con lo que consumimos. Y esa transformación también comienza cada vez que llenamos nuestra cesta de la compra.