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¿Cabemos todos en un futuro verde?

El futuro verde suele explicarse a través de energías limpias, industrias menos contaminantes y ciudades preparadas frente al cambio climático. Todo ello es imprescindible. Pero, además de preguntarnos qué tecnologías necesitamos, conviene plantearnos cómo organizaremos la actividad económica que hará posible esa transformación y quién podrá participar en ella. Porque incorporar la dimensión social no significa desviarnos de esos objetivos, sino desarrollar las capacidades profesionales y los modelos productivos necesarios para alcanzarlos.

El sector textil permite concretar esta reflexión. Cuando una prenda llega a un contenedor, muchas decisiones que condicionan su impacto ambiental y sus posibilidades de recuperación ya están tomadas, como los materiales elegidos, la calidad, el diseño seleccionado, etc. La ciudadanía participa en el último tramo de esa cadena, pero no puede resolver lo que no se ha previsto al principio. Por ello, las responsabilidades deben comenzar en el mismo momento de diseñar la prenda, así como en el sistema de producción elegido y el modelo de comercialización y distribución.

En este sentido, la primera prioridad en el sector textil es avanzar hacia ropa más duradera, reparable y reutilizable. La innovación debe ayudar a la industria a reducir impactos desde el origen y conservar el valor de los materiales durante más tiempo, no únicamente a mejorar su tratamiento cuando se convierten en residuos.

Para conseguirlo necesitamos infraestructuras, conocimiento y actividades económicamente viables. Recoger prendas textiles, clasificarlas, repararlas y prepararlas para la reutilización requiere profesionales, organización y financiación. De nada nos sirve desarrollar políticas y objetivos medioambientales sin asegurar (y exigir) los medios para cumplirlos.

Precisamente en el desarrollo de estas actividades es donde podemos conectar la transformación ambiental con la inclusión sociolaboral. No como un resultado automático de la economía circular, sino mediante modelos empresariales diseñados para desempeñar ambas funciones, como así lo hacemos en Koopera. Nuestra experiencia de más de tres décadas confirma que la recuperación textil es una potente herramienta de inserción sociolaboral. A través de una actividad productiva se puede combinar trabajo remunerado, formación y acompañamiento profesional a personas en riesgo de exclusión social, y así facilitar el acceso al mercado laboral, con un empleo ordinario. Este modelo de economía social permite que los trabajadores puedan contribuir a prestar un servicio sostenible, necesario para la recogida y reutilización de prendas textiles, mientras adquieren experiencia y desarrollan competencias para ampliar su recorrido laboral.

Finalidad social unida a actividad ambiental

Esta perspectiva aporta una cuestión relevante al debate climático. No solo importa cuántos empleos verdes se generarán, sino qué cualificación requerirán, qué condiciones ofrecerán y qué vías de acceso permitirán. La transición necesita profesionales y construir esas vías es también una inversión en su viabilidad.

Otra prioridad para llegar ese ‘futuro verde’ debe ser trasladar esta visión a las reglas económicas. Cuando una actividad combina recuperación de materiales e inserción laboral, su financiación y su evaluación deben contemplar ambas funciones. Eso exige definir objetivos, prever los recursos necesarios y comprobar los resultados. La calidad del servicio, la eficiencia y la trazabilidad deben evaluarse junto con la formación y los avances en los itinerarios de inserción.

Para ello, necesitamos, además, colaboración entre empresas productoras, administraciones, gestores y economía social. Sus capacidades pueden complementarse si se distribuyen claramente las responsabilidades y se incorpora el conocimiento de quienes trabajan sobre el terreno. Porque aprovechar la experiencia disponible y abrir espacio a la innovación son tareas compatibles.

En los próximos años tendremos que medir emisiones evitadas, recursos conservados y capacidad de adaptación, pero también debemos incorporar la calidad del empleo, las competencias adquiridas y el acceso a nuevas oportunidades profesionales. Esto no significa que haya que sustituir unos resultados por otros, sino comprobar que la transformación cumple el conjunto de objetivos que le asignamos.

¿Cabemos todos en un futuro verde? La respuesta dependerá de las decisiones con las que lo construyamos: una economía capaz de reducir su impacto ambiental y ampliar las posibilidades de trabajar, aprender y progresar no surge por inercia. Hay que diseñarla, hacerla viable y evaluar sus resultados.

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Opinión#CambioClimatico26

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