
¿En qué momento un paisaje deja de ser un lugar donde transcurre nuestra vida y se convierte en algo que podemos consumir hasta agotarlo? Esta pregunta me acompaña cuando pienso en el cambio climático desde la gestión cultural. Me interesa lo que el arte puede revelar sobre las decisiones, las costumbres y las relaciones de poder que organizan nuestra manera de habitar el mundo.
Con motivo del Día Mundial del Cambio Climático, quisiera detenerme en esa capacidad del arte para acercarnos a cuestiones que recibimos como información distante. Sabemos de temperaturas, emisiones y compromisos pendientes. Pero comprender una cifra y reconocer lo que significa para la vida de alguien son experiencias distintas. Una obra puede abrir un espacio entre ambas y permitirnos mirar con mayor atención.
Al ampliar su búsqueda estética para integrar también la denuncia, el arte abrió espacio a cuestiones como la urgencia climática y sus consecuencias sociales. Hoy, esa preocupación se expresa a través de muchas temáticas: la transformación del paisaje; el agua y su distribución; el extractivismo y los modelos de producción; la desigualdad y la justicia climática; el desplazamiento y la pérdida de arraigo; la biodiversidad y la convivencia entre especies; el consumo, los residuos y la vida de los materiales; los saberes comunitarios y el cuidado, entre muchas otras. También supone preguntarse por aquello que una imagen deja fuera: los cuerpos que trabajan una tierra, las comunidades que dependen de ella, las historias que desaparecen cuando un lugar se vuelve inhabitable.
Me parece especialmente valioso cuando estas prácticas ponen en relación lo ambiental y lo social. Una sequía atraviesa la alimentación, el empleo, los cuidados y la posibilidad de quedarse. La pérdida de un territorio afecta también a las palabras con las que lo nombramos, a los conocimientos que compartimos y a los vínculos que construimos alrededor suyo.
Como gestora cultural migrante, esa dimensión me resulta cercana. Trasladarse implica reconstruir relaciones con el espacio y con otras personas. Por eso me interesa un arte capaz de interrogar las condiciones que hacen posible el arraigo. ¿Quién puede elegir dónde vivir? ¿Quién participa en las decisiones sobre el territorio? ¿Qué conocimientos escuchamos cuando necesitamos aprender otras formas de cuidarlo?
Desde el ecosistema Boom!, que reúne a Boom! Art Community y BCI, y desde el Festival +LATINA, entiendo nuestro trabajo como la creación de condiciones para que esas preguntas encuentren interlocutores. Una residencia, una exposición o una conversación pública necesitan investigación, acompañamiento y recursos. Su alcance depende también de las relaciones que construimos alrededor de ellas.
Un ejemplo es "Tecnologías del agua", fruto de la residencia de Boom! Art Community junto a Ras de Terra, en Extremadura. Las artistas chilenas Josefina Cruzat y Solange Contreras investigaron allí el agua y las memorias del paisaje. Josefina exploró las imágenes satelitales y las huellas de los secaderos de tabaco; Solange combinó técnicas textiles, materias naturales y residuos industriales para proponer otras relaciones con el tiempo y el cuidado del territorio. Sus prácticas permiten acercarnos a las relaciones entre producción, recursos y vida cotidiana desde un lugar concreto.
La cultura participa en la construcción de lo que una sociedad considera valioso. Si reconocemos un suelo únicamente por su rentabilidad, eso condicionará nuestras decisiones. Si percibimos también sus memorias y las vidas que sostiene, tendremos más elementos para discutir su futuro. El arte contribuye a ampliar ese campo de percepción y de debate.
Esa reflexión nos compromete a quienes trabajamos en cultura. Debemos revisar materiales, desplazamientos, producción y reutilización. También preguntarnos cómo repartimos los recursos y si quienes crean y sostienen nuestros proyectos reciben una remuneración digna. La sostenibilidad cultural necesita presupuestos que permitan llevar esas responsabilidades a la práctica.
Me gustaría que empresas, administraciones y ciudadanía encontraran en el arte un lugar para pensar estas responsabilidades. Financiar procesos y dar continuidad a las alianzas permite sostener conversaciones sobre la transición que queremos. Habitar el mundo implica decidir cómo vivimos con otros, qué tomamos del entorno y qué estamos dispuestos a devolver. Ahí, en esas preguntas cotidianas, la cultura tiene trabajo por hacer.