
En las cumbres del clima se repite una secuencia conocida. Gobiernos y empresas presentan objetivos ambiciosos. Los titulares recogen el anuncio y durante unos días el compromiso parece firme. Después la atención se desplaza y las promesas empiezan a desinflarse sin recibir una atención comparable.
Según el informe de Naciones Unidas de 2025 sobre la brecha de emisiones, si los países cumplieran íntegramente sus compromisos climáticos nacionales, el calentamiento a final de siglo se situaría entre 2,3 y 2,5 °C respecto a los niveles preindustriales. Las medidas que aplican nos llevan hacia 2,8 °C.
En la COP28 de Dubái los países acordaron avanzar hacia una transición que deje atrás los combustibles fósiles en los sistemas energéticos. Sin embargo, según el Production Gap Report 2025, los planes de producción de combustibles fósiles para 2030 equivalen a más del doble del nivel compatible con limitar el calentamiento a 1,5 °C. Más de 140 países se comprometieron en Glasgow a detener y revertir la pérdida de bosques para 2030. Según el Forest Declaration Assessment 2026, en 2025 la deforestación superó los siete millones de hectáreas: un 15 % menos que el año anterior, pero todavía lejos de la trayectoria necesaria.
En el sector privado, el informe Net Zero Stocktake 2025, de Net Zero Tracker, señala que el 63 % de las grandes compañías cotizadas analizadas tiene un objetivo de cero emisiones netas, pero solo el 7 % de las que lo tienen cumple todos sus criterios mínimos de integridad. El dato evalúa la solidez de los compromisos, no su cumplimiento efectivo.
Anunciar ofrece un reconocimiento inmediato. Cumplir exige presupuesto, renuncias y años de trabajo, y su recompensa rara vez ocupa una portada. Mientras el reconocimiento se concentre en la promesa, habrá pocos incentivos para explicar qué ocurrió después.
La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es la idea central de mi libro El valor de la autenticidad. En la acción climática, esa coherencia tiene consecuencias concretas. Aumenta el impacto real al convertir las promesas en decisiones e inversiones que reducen las emisiones. También genera confianza. Cuando ciudadanos, empleados e inversores ven que se cumple lo prometido, tienen más razones para aceptar los esfuerzos que exige la transición. Pedir sacrificios mientras se abandonan los propios compromisos debilita ese respaldo.
Para convertir esos compromisos en resultados hace falta seguimiento. La Unión Europea ofrece una referencia de cómo organizarlo: cuenta con informes de avance periódicos y obligatorios y, si aplica las medidas vigentes y las adicionales previstas, proyecta reducir sus emisiones netas un 54 % en 2030 respecto a 1990, cerca del objetivo de al menos el 55 %. Un compromiso climático debería ir acompañado desde el primer día de presupuesto asignado, responsables con capacidad de decisión, hitos intermedios verificables y una rendición de cuentas periódica y pública. Ese seguimiento tiene que comparar los resultados con lo que se prometió, y no con la versión que convenga contar en cada momento. Y debe incluir los incumplimientos: explicar por qué un objetivo se ha retrasado y cómo se va a corregir preserva la confianza; dejarlo caer en silencio la destruye.
Consejos de administración, inversores, medios de comunicación y ciudadanos podemos exigir esa continuidad. Ante un nuevo compromiso, conviene preguntar qué ocurrió con el anterior.
El 24 de octubre, Día Internacional contra el Cambio Climático, será una buena ocasión para dar protagonismo a quienes cumplen. Los titulares duran unos días. La temperatura del planeta solo responde a los hechos.