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Últimamente estamos asistiendo a la nueva fiebre del oro. En esta ocasión sustituimos un metal precioso por la tecnología, aunque ahora el matiz está en que la ventaja competitiva no es utilizar la inteligencia artificial, sino en usarla con criterio: con valor medible, con impacto controlado y unas reglas claras. Casi todas las empresas han probado la IA. Muy pocas pueden demostrar qué les ha aportado, cuánto les cuesta y qué riesgos asumen al utilizarla.
Hacia dónde debe ir la IA en las empresas

Este artículo abre una serie de contenidos sobre IA aplicada y sostenibilidad porque no son dos disciplinas ajenas, sino que están conectadas. Este pequeño catálogo propone un rumbo y un marco sencillo para entender y decidir qué impulsar, qué condicionar y qué frenar. Porque está claro que vivimos un momento de “hype” por la IA y su uso, como si utilizar ciertas herramientas de IA generativa nos hicieran expertos en la materia y que, además, nadie quiere perderse como si produjera FOMO el no estar en esas conversaciones, pero considero que, como todas las olas además de aprender a surfearlas, hay que estar preparados para el impacto que traen. Y saber analizar y abordar ciertas preguntas incómodas para las que no sé si estamos preparados. Por ejemplo, cómo competir cuando buena parte de la infraestructura y tecnología la desarrollan empresas de potencias con otras reglas del juego.

La experimentación ha terminado; el valor, todavía no

La brecha entre usar IA y obtener resultados con ella es hoy el principal problema estratégico. Según el informe global de McKinsey sobre el estado de la IA, el 88 % de las organizaciones ya usa IA en al menos una función. Sin embargo, solo el 39 % atribuye a la IA algún impacto en el beneficio operativo (EBIT), y en la mayoría de esos casos es inferior al 5 %.

Apenas un 6 % de las empresas logran un impacto significativo. Lo que las distingue realmente no es la tecnología que usan, sino cómo la integran: si rediseñan procesos, asignan responsables en la alta dirección e instauran supervisión humana. Y aquí radica la diferencia. Es necesario apoyarse en la tecnología para impulsar un proceso de transformación en la empresa. El reto ya no es adoptar, sino convertir la adopción en valor sin generar costes ocultos: energéticos, regulatorios, laborales o reputacionales.

Hacia dónde ir: tres desplazamientos

La IA aplicada se mueve en tres desplazamientos que no son netamente tecnológicos, sino que necesitan una perspectiva de gestión y de integración con los procesos de una organización.

  1. De herramientas sueltas a procesos rediseñados: repartir licencias de asistentes no es democratizar el acceso, es genera actividad y multiplicar los riesgos y rara vez da resultados positivos. Las empresas que capturan valor eligen pocos procesos críticos y los rediseñan de principio a fin con la IA. La pregunta deja de ser "¿qué herramienta usamos?" y pasa a ser "¿qué proceso vamos a hacer de otra manera?".
  2. De la escala a la eficiencia. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo energético de los centros de datos se duplique hasta unos 945 TWh en 2030. Los centros optimizados para IA cuadruplicarán su demanda. Esto se traduce en que debemos saber qué tipo de modelos debemos utilizar para hacer un uso eficiente de esta tecnología. Usar un modelo gigante para resumir un correo es un despilfarro energético y económico. Debemos de ir al uso y adaptación de modelos más pequeños y especializados, ajustados a cada tarea, para hacer un uso más responsable.
  3. De la autonomía a la autonomía supervisada. Los agentes de IA, esos sistemas que ejecutan tareas encadenadas por sí mismos, han sido una de las grandes promesas de este año. Sin embargo, se prevé que más del 40 % de estos proyectos se cancelen antes de finales de 2027 por los costes crecientes, el valor poco claro que aportan o controles de riesgo insuficientes. La consultora Gatner estima que solo unos 130 de los miles de proveedores que dicen ofrecer agentes lo hacen realmente. El agente que funciona es el que opera en un perímetro acotado, con métricas de negocio y una persona responsable de sus decisiones.

Cómo podemos competir con IA de otras potencias

La asimetría es real y conviene hablar de ello. Perec que estemos anestesiados por los efectos del optimismo de las diferentes herramientas de IA. Según el AI Index de Stanford, en Estados Unidos produjo 40 modelos de IA destacados, China 15 y Europa 3. La inversión privada estadounidense alcanzó 109.100 millones de dólares, casi doce veces la china.

El AI Act no se aplica según dónde se desarrolle la tecnología, sino según dónde se utilice: cualquier proveedor que comercialice IA en la UE queda sujeto a sus reglas. Además, la empresa que despliega un sistema también tiene obligaciones propias. La desventaja europea no está en las reglas del mercado, sino en la escala, el coste y la velocidad de desarrollo.

Desde esa realidad, hay tres movimientos a priori para cualquier empresa:

  • Soberanía selectiva. No todo tiene que ser europeo, pero sí hay que decidir qué procesos críticos no pueden depender de un proveedor sin garantías sobre datos, ubicación o continuidad. Los modelos abiertos desplegados en infraestructura propia o europea son una opción real para esos casos.
  • Diligencia debida sobre proveedores de IA. Igual que se exige a un proveedor información sobre emisiones o derechos humanos, hay que exigirle transparencia sobre datos de entrenamiento, consumo energético, tratamiento de la información y cumplimiento normativo.
  • La confianza como producto. En banca, salud, seguros o sector público, poder demostrar que un sistema es seguro y justo es un argumento de venta. La regulación que hoy parece un coste será mañana una barrera de entrada para quien no la cumpla y una protección en sectores críticos y con datos sensibles.

Competir sin las mismas obligaciones no significa competir sin conocer ni medir las consecuencias. Los impactos de una IA mal gobernada recaen sobre empleados, clientes y territorios europeos, venga de donde venga la tecnología.

La IA con criterio no requiere de grandes inversiones, sino de decisiones de gobierno que muchas empresas aún no han tomado. Es necesario cambiar la forma en qué miramos y analizamos los procesos. Ampliar la perspectiva, para ayudarnos dar contexto y entendimiento a la estrategia. Es como poner una lente de ojo de pez a un objetivo para conseguir una visión ultra gran angular, a veces necesaria en la toma de decisiones empresariales.

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