
Los océanos no son únicamente un patrimonio ambiental. Constituyen la infraestructura natural más importante del planeta. Cubren más del 70% de la superficie terrestre, generan más de la mitad del oxígeno que respiramos, absorben una parte sustancial de las emisiones de carbono y sostienen gran parte del comercio, la alimentación y la energía mundial. En términos económicos, sociales y climáticos, no existe un activo más estratégico.
Sin embargo, los mares afrontan una presión sin precedentes. La contaminación, la sobreexplotación de los recursos, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de las aguas y los efectos del cambio climático amenazan la capacidad de los océanos para seguir prestando servicios esenciales a la humanidad. La situación es tan relevante que la comunidad internacional ha situado la salud de los océanos como una prioridad global, desde los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas hasta el actual Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible (2021-2030), cuyos 10 retos son:
En cuanto a Europa, la Unión Europea integró en 2017 el concepto de Economía Azul Sostenible en sus nuevas políticas de desarrollo. En 2020, elaboró el Plan de Acción Europeo para la Economía Azul Sostenible y en 2021, el Consejo Europeo aprobó los cuatro pilares básicos para una Economía Azul Sostenible: océanos saludables, conocimiento, prosperidad y equidad social. Por último, en 2023 se aprobó en París el conocido como Tratado de Alta Mar, promovido por la ONU para proteger la biodiversidad del 30% de los océanos de cara al 2030, que anteriormente sólo correspondía al 8%. Entró en vigor el 17 de enero de 2026 y es jurídicamente vinculante para los más de 80 países que lo han ratificado hasta ahora.
En este contexto surge la evolución de un concepto que comenzó a popularizarse en 2010 con el economista belga Gunter Pauli. La Economía Azul propuso inspirarse en el funcionamiento de la naturaleza, donde nada se desperdicia y los residuos de un proceso se convierten en recursos para otro. Frente a modelos centrados exclusivamente en el crecimiento o incluso en la mera sostenibilidad, la Economía Azul incorporó la eficiencia, la innovación y la regeneración de los ecosistemas como principios fundamentales.
Pero la magnitud de los desafíos actuales obliga a dar un paso más. La Economía Azul Regenerativa plantea que ya no es suficiente con conservar o mitigar. El objetivo debe ser restaurar ecosistemas, recuperar biodiversidad y mejorar de forma activa la salud de mares y costas mientras se genera actividad económica, empleo e innovación.
Esta visión fue impulsada por la Fundación Aula del Mar Mediterráneo (FAMM) y adquirió reconocimiento internacional tras su aprobación como resolución de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en el Congreso Mundial de la Naturaleza celebrado en Abu Dabi en 2025. Este modelo también recibió el respaldo del Foro Económico Mundial y del Banco Mundial, consolidándose como una de las nuevas referencias para afrontar los grandes retos ambientales y económicos del siglo XXI. La FAMM tiene incorporados en sus objetivos y líneas estratégicas principales distinguir y promover este tipo de actividades e iniciativas.
El cambio de paradigma es profundo. Tradicionalmente hemos considerado la naturaleza como un recurso del que extraer valor. La Economía Azul Regenerativa propone entenderla como una inversión estratégica que debe mantenerse e incluso mejorarse. En este enfoque cobra especial relevancia el concepto de capital natural, es decir, la capacidad de medir económicamente los beneficios que proporcionan ecosistemas sanos. Las praderas marinas, los humedales, las marismas o los arrecifes no son únicamente espacios protegidos; son infraestructuras naturales capaces de capturar carbono, proteger las costas, sostener pesquerías y generar riqueza para las comunidades locales.
La regeneración también abre nuevas oportunidades económicas. Sectores como la acuicultura regenerativa, las energías renovables marinas, la biotecnología azul, el turismo de naturaleza, la restauración de ecosistemas, la economía circular o las tecnologías aplicadas a la conservación pueden convertirse en motores de desarrollo y empleo de alta especialización.
Pero esta transformación no compete únicamente a quienes trabajan en el mar. Limitar la Economía Azul al ámbito marítimo sería un error. Su alcance afecta al conjunto de la economía porque los océanos sostienen cadenas de valor que llegan a todos los territorios y sectores. Desde las finanzas hasta la innovación tecnológica, pasando por la formación, la energía, la alimentación o el transporte, todos tienen un papel que desempeñar en la construcción de un modelo económico compatible con la recuperación del planeta.
La Unión Europea ya ha comenzado a recorrer este camino. La aprobación de la Ley de Restauración de Ecosistemas y los objetivos de protección y recuperación de espacios naturales reflejan una convicción cada vez más extendida: restaurar la naturaleza ya no es un coste, sino una inversión imprescindible para garantizar la competitividad y el bienestar futuros.
El verdadero debate no es cuánto cuesta actuar. La pregunta relevante es cuánto costará no hacerlo. Si no corregimos la tendencia actual, las próximas décadas estarán marcadas por una mayor pérdida de biodiversidad, más fenómenos climáticos extremos, crisis alimentarias, desplazamientos humanos y crecientes tensiones económicas y sociales.
La buena noticia es que existe una hoja de ruta. La Economía Azul Regenerativa ofrece una visión capaz de reconciliar prosperidad y naturaleza, crecimiento e innovación, empleo y conservación. En definitiva, plantea una idea tan sencilla como revolucionaria: el desarrollo económico del siglo XXI no dependerá de cuánto podamos extraer de los ecosistemas, sino de nuestra capacidad para regenerarlos.
Porque, al final, la mejor inversión para el futuro no está bajo tierra. Está en el mar.