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En una sociedad atravesada por la digitalización y el avance de la inteligencia artificial, proteger los espacios de encuentro, participación y pertenencia de las nuevas generaciones adquiere una importancia creciente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que entre el 17 % y el 21 % de las personas de entre 13 y 29 años declara sentirse sola. Frente a esta realidad, recuperar los vínculos y construir proyectos colectivos aparece como una cuestión de bienestar, pero también de derechos.
La juventud frente al reto de la soledad

Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para comunicarnos. Mensajes instantáneos, redes sociales, plataformas digitales y, más recientemente, sistemas de inteligencia artificial permiten estudiar, trabajar, crear y relacionarse de maneras que hace apenas unos años resultaban difíciles de imaginar. Sin embargo, estar permanentemente conectado no significa necesariamente sentirse acompañado.

La transformación tecnológica coincide con una preocupación creciente por la soledad y el aislamiento social. Según el informe de la Comisión sobre Conexión Social de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y las tasas son especialmente elevadas entre adolescentes y adultos jóvenes. La organización señala, además, que hasta uno de cada cuatro adolescentes podría encontrarse socialmente aislado.

La cuestión adquiere especial relevancia porque los vínculos no son únicamente una fuente de compañía. La conexión social está relacionada con una mejor salud y bienestar, mientras que la soledad y el aislamiento pueden afectar tanto a la salud física como a la mental. La OMS señala que las personas que experimentan soledad presentan un riesgo de depresión dos veces superior y advierte también de consecuencias sobre el aprendizaje, el empleo y la cohesión de las comunidades.

Jóvenes hiperconectados que también pueden sentirse solos

La tecnología no explica por sí sola esta situación. La propia OMS identifica múltiples causas de la soledad y el aislamiento, entre ellas los ingresos, la educación, las condiciones de salud, vivir solo, la falta de infraestructuras comunitarias adecuadas y determinados usos de las tecnologías digitales. Precisamente por ello, el debate no debería plantearse como una elección entre tecnología o relaciones humanas. El desafío consiste en conseguir que la innovación contribuya a fortalecer los vínculos en lugar de sustituirlos.

La OMS recomienda prestar atención a los efectos que un tiempo excesivo frente a las pantallas o las interacciones negativas en internet pueden tener sobre la salud mental y el bienestar de los jóvenes. En paralelo, UNICEF Argentina señalaba este agosto que internet, las redes sociales, los teléfonos móviles y la inteligencia artificial están transformando la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes, una realidad que exige analizar también sus implicaciones desde la perspectiva de sus derechos.

La inteligencia artificial profundiza ahora esta transformación. Ofrece nuevas posibilidades para acceder a información, aprender o crear, pero su expansión hace todavía más importante preguntarse qué espacios quedan para conversar, encontrarse, participar y construir junto a otras personas.

Tener un proyecto compartido

En este contexto, hablar del futuro de los jóvenes exige ir más allá de la formación académica, el acceso al empleo o las competencias digitales. También significa garantizar oportunidades para pertenecer a una comunidad y participar activamente en ella.

Un equipo deportivo, una asociación juvenil, una iniciativa cultural, un proyecto ambiental, una organización social, un espacio vecinal o una actividad de voluntariado tienen algo en común: permiten encontrarse alrededor de un propósito que trasciende al individuo.

La Oficina de Juventud de Naciones Unidas ha destacado recientemente la importancia del cuidado, la comunidad y la conexión para la salud mental y el bienestar juvenil. Al abordar específicamente el deporte, la ONU subraya su capacidad para crear espacios comunitarios, favorecer la inclusión y generar sentido de pertenencia, un elemento que considera relevante para proteger la salud mental.

Los proyectos colectivos ofrecen además algo difícilmente sustituible por una pantalla: permiten experimentar la cooperación, asumir responsabilidades, afrontar desacuerdos, escuchar otras perspectivas y comprobar que las propias acciones pueden contribuir a un objetivo compartido.

Desde una perspectiva de derechos humanos, los jóvenes no deberían ser considerados únicamente destinatarios de políticas diseñadas por adultos. Necesitan oportunidades reales para intervenir en aquellas decisiones que afectan a sus vidas y a su futuro. Esto obliga a ampliar la mirada sobre la salud mental. Prevenir el malestar no consiste exclusivamente en ofrecer respuestas cuando aparece un problema. También implica construir entornos familiares, educativos y comunitarios capaces de proteger el bienestar. La OMS identifica precisamente las relaciones con iguales y los ambientes favorables en la familia, la escuela y la comunidad como factores importantes durante la adolescencia.

Reconstruir comunidad en la era de la IA

El avance tecnológico continuará modificando la educación, el empleo y las relaciones sociales. La cuestión no es detener ese proceso, sino decidir qué sociedad queremos construir alrededor de él. Si las nuevas generaciones van a crecer en entornos cada vez más digitalizados y mediados por algoritmos, preservar los espacios de encuentro adquiere una nueva dimensión. Bibliotecas, clubes, asociaciones, centros educativos, organizaciones juveniles, instalaciones deportivas, espacios culturales y proyectos comunitarios pueden convertirse en infraestructuras sociales esenciales.

La respuesta frente a la soledad tampoco puede depositarse exclusivamente sobre cada joven. Pedir a una persona que se relacione más resulta insuficiente cuando faltan espacios accesibles y seguros donde hacerlo. La OMS reclama precisamente respuestas que incluyan políticas públicas, estrategias comunitarias, redes y coaliciones, además de intervenciones individuales.

Defender los vínculos significa, por tanto, defender las condiciones que permiten construirlos.

En tiempos en los que buena parte de la vida puede desarrollarse individualmente frente a una pantalla, recuperar la experiencia de hacer algo con otros puede convertirse en una herramienta poderosa frente al aislamiento. Tener un proyecto colectivo significa poder imaginar un futuro compartido, sentirse necesario para otras personas y descubrir que los grandes desafíos sociales no tienen por qué afrontarse en solitario.

La tecnología puede ayudarnos a estar conectados. Construir comunidad exige algo más: lugares donde encontrarnos, derechos que garanticen la participación y proyectos capaces de recordarnos que el futuro, especialmente para quienes comienzan a imaginar el suyo, también se construye con otros.

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