
Los avances logrados durante las últimas décadas en la respuesta mundial al VIH no están llegando por igual a toda la población. La infancia y la adolescencia siguen especialmente expuestas a las carencias de los sistemas de prevención, diagnóstico y atención, una desigualdad que adquiere una dimensión especialmente preocupante entre los niños y niñas más pequeños.
Las estimaciones sobre VIH publicadas en 2026 calculan que, durante 2025, alrededor de 2,27 millones de niños, niñas y adolescentes de entre 0 y 19 años vivían con VIH en todo el mundo. Ese mismo año, aproximadamente 240.000 contrajeron el virus y 74.000 fallecieron por causas relacionadas con el sida.
La situación es todavía más grave entre los menores de 15 años. En este grupo de edad, unos 1,26 millones de niños y niñas vivían con VIH, se produjeron aproximadamente 93.000 nuevas infecciones y 61.000 muertes relacionadas con el sida durante 2025. Traducido a cifras diarias, supone alrededor de 255 nuevas infecciones y 167 fallecimientos cada día.
Más allá del número de nuevas infecciones y muertes, los datos ponen de manifiesto una desigualdad persistente en el acceso efectivo a la atención sanitaria. A escala mundial, solo el 65% de los menores de 0 a 14 años que vivían con VIH conocían su estado serológico, frente al 89% registrado entre la población adulta.
La distancia también se mantiene en el tratamiento. Únicamente el 55% de los niños y niñas con VIH recibía terapia antirretroviral, mientras que entre las personas adultas la proporción alcanzaba el 79%. Además, apenas el 47% de los menores que vivían con el virus había conseguido la supresión de la carga viral, un resultado fundamental tanto para preservar su salud como para reducir la transmisión.
Estas diferencias convierten el acceso al diagnóstico temprano, los medicamentos y la continuidad de los cuidados en una cuestión que trasciende la respuesta sanitaria y afecta directamente al derecho de la infancia y la adolescencia a recibir una atención adecuada y sin discriminaciones.
Las cifras llegan, además, en un momento especialmente delicado. Según advierte el Informe Especial de ONUSIDA sobre el sida 2026, presentado durante la Conferencia Internacional sobre el Sida celebrada en Río de Janeiro, la reducción de la financiación internacional y las interrupciones que afectan a los servicios de prevención y a los programas comunitarios podrían poner en riesgo los progresos alcanzados.
Para niños, niñas y adolescentes, que ya presentan algunas de las mayores brechas de diagnóstico y tratamiento, el impacto potencial resulta especialmente relevante. Por ello, el seguimiento rápido y preciso de las interrupciones de servicios será cada vez más necesario para detectar retrocesos y dirigir los recursos disponibles hacia las poblaciones con mayores necesidades, señala la información difundida junto con las nuevas estimaciones.
Los datos de 2026 sitúan cuatro líneas de actuación en el centro de la respuesta internacional. La primera pasa por eliminar la transmisión vertical del VIH —de madre a hijo durante el embarazo, el parto o la lactancia— y acelerar simultáneamente la eliminación del VIH, la sífilis y la hepatitis B.
La segunda exige cerrar las brechas de tratamiento que siguen afectando a niños, niñas y adolescentes. Para ello, las prioridades incluyen impulsar diagnósticos más tempranos, optimizar los tratamientos pediátricos y reforzar la continuidad de la atención. La prevención entre adolescentes constituye el tercer gran frente, con una atención particular a las adolescentes, junto con la ampliación de un acceso equitativo a herramientas eficaces de prevención y a servicios de salud sexual y reproductiva.
Finalmente, las estimaciones llaman a proteger los avances conseguidos en un escenario internacional marcado por mayores restricciones financieras. Disponer de datos oportunos y de calidad será esencial para identificar rápidamente nuevas carencias en los servicios y orientar unos recursos cada vez más limitados hacia las intervenciones capaces de generar mayor impacto.
Las cifras muestran así que la respuesta mundial frente al VIH continúa teniendo una deuda específica con la infancia y la adolescencia. Reducir las nuevas infecciones no será suficiente si los avances no van acompañados de igualdad en el diagnóstico, acceso efectivo a los tratamientos y sistemas de atención capaces de garantizar derechos y cuidados a lo largo del tiempo.