
Decir que generamos un impacto positivo en la sociedad se ha convertido en una norma no escrita. En los últimos años, ese concepto parece que se ha puesto de moda y es raro encontrar una memoria corporativa que no hable de su compromiso.

Europa afronta el invierno 2026-27 con menos gas almacenado que hace un año y en un escenario geopolítico especialmente incierto. No parece existir un riesgo inmediato de desabastecimiento, pero sí de nuevos episodios de volatilidad y precios elevados. España llega en una posición relativamente favorable gracias a la diversificación del suministro y al fuerte crecimiento de las renovables.

Las importaciones limitan la capacidad de Europa para imponer estándares más exigentes. Europa está en una encrucijada. La UE, con el modelo basado en combustibles fósiles, importa 58 % de sus necesidades energéticas, expuesta a los sucesivos choques de oferta y de precios.

España desecha unas 900.000 toneladas de textiles al año y solo alrededor del 12% se recoge de forma separada para reutilización o reciclaje. Desde 2025, los municipios deben recoger los residuos textiles por separado. La medida pretende recuperar ropa que todavía acaba en vertederos o incineradoras, pero también obliga a desarrollar todo lo que viene después: transporte, clasificación, reutilización y reciclaje. Cada prenda recogida necesita una salida, y no siempre la tiene.

Hablar de diversidad, equidad e inclusión se ha convertido en una parte cada vez más visible del discurso empresarial. Sin embargo, incorporar el enfoque DEI implica ir bastante más allá de una declaración de principios. El verdadero desafío comienza cuando esos compromisos llegan a la toma de decisiones, al liderazgo, a la gestión del talento y, sobre todo, a las relaciones cotidianas dentro de las organizaciones.

El 30 de julio la humanidad consumió todos los recursos y servicios ecológicos que el planeta puede regenerar durante 2026. Desde ese momento vivimos, una vez más, a crédito con la naturaleza. Utilizamos sus recursos un 73 % más rápido de lo que los ecosistemas pueden recuperarse, el equivalente a disponer de 1,73 planetas.

Es curioso cómo los grandes cambios suelen venir de lo pequeño y cotidiano. Por fortuna, no soy el primero en advertirlo: las mayores transformaciones desafían las cifras de cualquier Excel. Hasta aquella comedia gamberra de los años 80 ya lo dejó caer con socarronería, recordándonos que los engranajes del sistema rara vez se arreglan con caridad de despacho.

El Reglamento de la Unión Europea sobre el metano, que cumple dos años estos días, es una luz de esperanza en la lucha contra el cambio climático. Pero hay quienes ya están intentando apagarla.

La voluntad de ayudar es el punto de partida, pero no basta por sí sola para generar transformaciones duraderas. La formación, una gestión adecuada y el reconocimiento del papel de quienes se comprometen con una causa son claves para convertir el entusiasmo del voluntariado en impacto real.

Cuando una empresa anuncia la incorporación de inteligencia artificial en sus procesos, la primera pregunta que recorre los pasillos (antes incluso que la del retorno de la inversión) suele ser mucho más humana: ¿qué va a pasar con mi puesto de trabajo?