Vaya de antemano mi convencimiento de que sin una aproximación multistakeholder no se puede hablar de RSE. Sin construir relaciones con los grupos de interés no hay propiamente RSE, entre otros motivos porque, por mucho que vayamos repitiendo la letanía de lo social, la empresa no se relaciona con la sociedad en abstracto, sino con grupos de personas concretos. Ahora bien: no por el hecho de que haya relaciones multistakeholder se da RSE. La constatación de la existencia de los stakeholders (los famosos mapas) no desemboca automáticamente en la RSE, y éste es uno de los malentendidos más uniformemente extendidos. Del hecho de constatar que hay stakeholders y de tenerlos en cuenta a la hora de tomar decisiones no se desprende ni se deduce la calidad de la relación que quiere establecerse con ellos. Esto último requiere asumir valores y criterios, que son los que modulan las relaciones, no el hecho de la relación propiamente dicha. En otras palabras: es posible mucho análisis y gestión multistakeholder, y permanecer en el grado cero de la RSE.
Dicho esto, si nos fijamos ahora sólo en la retórica de la RSE, tendremos que concluir que ésta, en relación al enfoque multistakeholder, ha generado su propia mitología. Esta mitología consiste a dar por supuesto, en abstracto y a priori, sin posibilidad de debate crítico y con un fuerte aroma normativo, que toda relación multistakeholder tiene que tener la forma de diálogo (las palabras diálogo y multistakeholder hoy parecen unidas por un vínculo matrimonial indisoluble). Y, además, que este diálogo no está bien hecho y no ha llegado a la plenitud hasta que no alcanza el consenso o el acuerdo de todos los participantes. Pues bien: creo llegado el momento de plantearnos hasta qué punto la aproximación multistakeholder no ha elevado a la categoría de mitos de referencia el diálogo y el consenso, como a valores absolutos más allá -o más acá- de los cuales ya todo queda devaluado y deslegitimizado.
No tengo nada en contra del diálogo y del consenso, más bien al contrario. Pero no considero que debamos tener hacia ellos una actitud de devota veneración, como si fuera de ellos no hubiera ni RSE ni relaciones multistakeholder dignas de tal nombre. Vayamos paso a paso, y hagámonos algunas preguntas.
Ya he dicho que afirmar que hay stakeholders es una cuestión de hecho. Ahora bien, que del hecho de que existan se deduzca que se tenga que dialogar con todos ellos por la simple razón de que... se tiene que dialogar (desde el supuesto de que el diálogo siempre es bueno), no lo veo tan claro. El diálogo requiere clarificar previamente quién dialoga, con quién, sobre qué, para qué, por qué y con qué condiciones. No deja de resultar sorprendente que a veces se afirme -y se exija- la necesidad de diálogo sin haber aclarado la respuesta a ninguno de los interrogantes anteriores. Reconozco que esconderlos a veces es una manera sensata de ahorrarse problemas, pero el deseo -implícito o explícito- no tener problemas siempre me ha parecido una triste manera de prestigiar el diálogo como idea reguladora.
Por otra parte, siempre que alguien me llega cargado de impulsos dialogales, me viene a la memoria Antonio Machado: "Para dialogar, preguntad primero; después... escuchad". A veces ocurre que en los diálogos multistakeholder se habla mucho, pero se pregunta poco, y se escucha menos. Si hay alguna cosa (una más...) en la que nunca he tenido éxito es en mi propuesta de organizar, no diálogos multistakeholder, sino escuchas multistakeholder... Encuentros (tanto a nivel empresarial, como a nivel general) que tengan por única finalidad escuchar, donde las intervenciones de cada participante respondieran al único objetivo de verificar que ha escuchado bien, y que cada uno se ha sentido bien escuchado. Ya me lo dejó bien claro una vez un directivo cuando me dijo que encontrarse con alguien sólo para escucharlo le parecía perder el tiempo...
De posibles diálogos multistakeholder hay de muchos tipos: empresariales, para afrontar los retos de una empresa concreta; de gestión, para tratar de problemas organizativos, pero complejos, con incidencia de múltiples factores; sectoriales, para definir los marcos de actuación de empresas de sectores concretos; territoriales, para generar cambios en la cultura empresarial en un determinado territorio; públicos-políticos, para deliberar, proponer o ejecutar políticas públicas; públicos-globales, para establecer los marcos de referencia compartidos sobre la RSE y su desarrollo. ¿En todos estos casos, siempre es necesario y exigible el diálogo? ¿El diálogo es la condición de posibilidad de cualquier cosa que se prentenda hacer en este contexto? ¿Es necesario que el diálogo siempre sea multistakeholder? ¿Y por cierto hasta dónde nos permite la multiplicación del número de dialogantes el famoso multi, y quién decide sobre sus límites?
Aquí hay que añadir otro de los misterios del diálogo multistakeholder: todo el mundo dice que deberíamos traducir la palabrita por la expresión grupos de interés. Hagámoslo, pues... y preguntémonos por qué, si se trata de grupos de interés, en los diálogos multistakeholder no se habla nunca de intereses. ¿Si son grupos de interés debe ser porque tienen intereses, no? Pues mira por dónde nunca se habla de los intereses que tiene cada uno para querer estar presente en el diálogo. Y, menos aún, nadie se pregunta si todos los intereses son legítimos. O si todos son igualmente legítimos. O si están todos al mismo nivel. O si tienen que tener el mismo peso en el resultado final del diálogo. Como el objetivo primordial del diálogo es... dialogar, y el diálogo se presupone como a condición de legitimidad de cualquier acción que se quiera llevar a cabo o de cualquier conclusión a la que se quiera llegar, los contenidos están perpetuamente subordinados al procedimiento. De la misma manera que vale la pena preguntarse si es plausible que en nombre del RSE cualquiera le pueda pedir cualquier cosa a una empresa, también nos tenemos que preguntar si es plausible que en nombre del diálogo multistakeholder cualquiera pueda descalificar cualquier iniciativa por el simple hecho de que no le han hecho caso o no le han tenido en cuenta.
Finalmente, todo desemboca en la fascinación por el consenso. A veces se diría que se ha impuesto la opinión generalizada de que si no hay consenso significa que no ha habido diálogo, o que no se ha dialogado bien. ¿Consenso... para qué? ¿Para alcanzar el consenso? El consenso no es un fin en sí mismo; ni, por sí solo, un test de la calidad del diálogo que se ha llevado a cabo. Hay consensos dinamizadores, que generan cambio y transformación, y consensos que no son otra cosa que un pacto al servicio de la consolidación de la mediocridad. El consenso no me parece una condición suficiente ni de la legitimidad, ni del acierto de un acuerdo o de una decisión; y la falta de consenso no me parece un argumento suficiente para despreciar o deslegitimar un acuerdo o una decisión. El diálogo multistakeholder debería reinvindicar también la importancia y el valor del disenso, en la medida que espolea la actividad intelectual y la innovación, y no lo sumerge todo en baño maría de lo mínimo común. El diálogo sólo puede hacer que el consenso sea fecundo si simultáneamente acepta el disenso, y no lo considera una perturbación, un obstáculo o una demanda de exclusión. Y, en determinados casos, en el límite, la afirmación beata del consenso como un valor absoluto puede no ser otra cosa que una expresión de la pereza y/o de la irresponsabilidad: cuando uno absolutitza el consenso como criterio de toma de decisiones lo que está haciendo, al fin y al cabo, es renunciar a decidir, y limitarse a poner su firma en el destilado multistakeholder que han propiciado entre todos.
Quizás no me creerán, pero reitero que no tengo nada en contra del diálogo multistakeholder y en contra del consenso. Pero cuando adquieren vida propia y pasan a formar parte de la mitología de la RSE, entonces no van más allá de ser una variable más de la acreditada y plácida experiencia de pasar el rato hasta que llega la noche.
O hasta que acaba la reunión, que para el caso es lo mismo.