He recibido diversos comentarios y correos electrónicos a propósito de mi entrada sobre el minuto sabático. Algunos me me interpelaban sobre si era una propuesta que podía llegar a tener sentido en el contexto de la actividad profesional en el seno de una organización, o hasta qué punto era puro voluntarismo. Y también sobre si lo que planteaba sólo podía ser el resultado de mucha vida sabática fuera del trabajo. Ni que decir tiene que son preguntas que también me hago, y para las cuales no estoy seguro de tener respuestas plausibles. No porque crea que sí las tengo para otras preguntas, sino porque me parece muy difícil poderlas contestar en abstracto, fuera de contexto.
Pero hay un punto sobre lo que me parece especialmente importante seguir hablando. Me refiero a la radical ambigüedad que parece que lo envuelva todo cuando se plantean estos temas. Jordi Morrós, por ejemplo, nos daba la referencia de la consultora Zen at work donde, entre otras cosas, disponen de una oferta de servicios integrados orientados a aumentar la capacidad de afrontar las tensiones que genera la vida profesional. Iniciativas de este tipo proliferan por todas partes: véase, por ejemplo, ZEN Peacemakers, donde se plantea una espiritualidad indisociable del compromiso social, y que genera, entre otras cosas, iniciativas que ahora calificaríamos de emprendimiento social; o el ZBA (Zen Business Administration), donde hacen propuestas de formación y acompañamiento en las que plantea cómo integrar la práctica profesional el camino espiritual; o Lassalle-Haus, donde se ofrecen espacios de profundización para directivos y profesionales. Son ejemplos espigados por todo el mundo y que, al menos en su denominación, se refieren a la misma tradición de sabiduría. Y cosas semejantes podríamos encontrar atendiendo a otras tradiciones.
¿Qué quiere decir todo eso? Pues como mínimo que se está extendiendo capilarmente un interés y un anhelo que, si lo queremos formular por la vía negativa, no se conforma con que la vida profesional te condene a la esquizofrenia, ni con tener que escoger -como si fueran opciones incompatibles entre sí- entre camino espiritual y carrera profesional. Este interés y este anhelo están dando lugar a muchas propuestas, investigaciones, indagaciones, tanteos y experiencias que poco a poco van cuajando, y que estoy convencido que, un día u otro, eclosionaran bajo la forma de una transformación importante en las maneras de hacer y de trabajar. A día de hoy se hace difícil imaginar que sea una transformación general (y dónde y cuándo se producirá), pero no es descartable que dé lugar a propuestas que se conviertan en referencias significativas.
Sin embargo, ¿cuál es la ambigüedad a la que me refería al inicio? Dicho sin ambages: que el mundo de la empresa no consigue convertir en oro todo lo que toca (¡que más quisiera!), pero sí que consigue convertir en instrumental todo lo que toca. Y cuando hablamos del camino espiritual y de las tradiciones de sabiduría estamos tratando con material muy sensible, que ha sufrido una inmensa cantidad de manipulaciones a lo largo de la historia, pero al que en esencia le repugna el ser utilizado al servicio de otra cosa. Marià Corbí plantea las coordenadas de esta ambigüedad de manera mucho más clara y fundamentada en su libro Hacia una espiritualidad laica, donde distingue entre un cultivo de la calidad humana y del silencio con finalidades pragmáticas, y un adentrarse en la experiencia absoluta de la realidad. No obstante, como bien dice, entre ambos usos no hay una frontera definida (cómo se puede comprobar, por ejemplo, en las diversas referencias virtuales que he dado). Ahora bien (y eso ya lo digo yo, no Marià Corbí), precisamente porque no hay una frontera definida, hace falta estar extraordinariamente atento a fin de que el uso pragmático no lo colonice todo. Dicho sea de paso: no hago esta afirmación desde la añoranza de las fronteras definidas, sino desde la exigencia de preservar lo que, siguiendo al poeta, también podriamos calificar como "ámbito de todos los ámbitos"; un ámbito al que siempre los humanos tenemos la tentación de aproximarnos con una actitud instrumental, con la pretensión de convertirlo en un medio para nuestros fines.
Algo parecido, aunque desde una aproximación diferente, ha subrayado Raimon Ribera recientemente en su imprescindible no-blog, a propósito de la atracción, que crece exponencialmente, por todo lo que se cobija bajo la etiqueta de autoconocimiento. Dice: "Sería bueno, pues, que el actual interés por el conócete a ti mismo fuera acompañado por la conciencia complementaria e imprescindible de este brutal contrapunto que es el olvídate de ti mismo, sin el que podemos quedar atrapados en la red o telaraña del nuestro yo y acabar dando vueltas sin ir a ninguna parte".
Otra vez hay que insistir en que no se trata de hacer una contraposición repitiendo el patrón dualista, que ya sabemos bastante bien a dónde nos lleva. Pero sí en recordar que nos hacen falta la sabiduría y la capacidad de discernimiento necesarias con el fin de no vivir enredados, pero satisfechos y encantados de habernos (auto)conocido, en un cierto ensimismamiento de cualquiera de nuestros variados auto-lo-que-sea.
Y como hoy me siento incapaz de ir mucho más allá, no se me ocurre mejor manera de acabar que recordando un breve fragmento de Dogen Zenji en el Shobogenzo:
Conocerse a sí mismo
es olvidarse de sí mismo;
olvidarse de sí mismo
es quedar iluminado por todas las cosas.