Gracias a la amable y eficaz hospitalidad del IESE tuvo lugar en Barcelona una de las sesiones de mesa cuadrada que organiza la Red Española del Pacto Mundial. Como las presentaciones estarán disponibles en su página web, me ahorro el ejercicio, siempre limitado, de glosarlas aquí. El tema que nos convocaba era realmente interesante, y crucial en los tiempos que corremos: La implantación de los Códigos de Conducta como herramienta de gestión empresarial. Aparte de mi propia presentación, tanto Gas Natural como el BBVA presentaron una síntesis de sus planteamientos y de sus experiencias al respecto. Creo sinceramente que la sesión, tanto en lo que se refiere a las presentaciones de las empresas como al diálogo posterior fue interesente y sugerente. Sin embargo, cuando ya nos despedíamos, uno de los asistentes me hizo un comentario que considero certero, y que va al núcleo del problema que tarde o temprano deberíamos plantearnos: "como siempre, todo es demasiado idílico".
Tanto por su parte (como por la mía al hacerme eco de sus palabras) no creo que su reacción contuviera una crítica a las presentaciones de las dos empresas citadas. Personalmente, considero que la tarea que llevan a cabo los departamentos de RSE de dichas empresas es altamente interesante e innovador y, en algunos aspectos, son auténticos pioneros. ¿Dónde está, pues, el problema? Desde mi punto de vista el problema se sitúa en el formato, un formato que no es exclusivo del Pacto Mundial y que no le es imputable, pero que está muy generalizado, y que ha sido consolidado por el propio club de la RSE a lo largo de los últimos años. Un formato que yo propongo denominar el formato todo va bien.
Este es un formato que prácticamente obliga a las empresas que hacen la presentación de su experiencia a presentar el mejor autoretrato de sí mismas. El dogma multistakehodler (que algún día deberíamos analizar críticamente) sostiene que ningún planteamiento sobre RSE está legitimado o se justifica si no están involucrados los diversos grupos de interés (a los que, por cierto, nunca se cuestiona qué tipo de interés tienen, ni si dicho interés, a su vez, está legitimado o justificado). Como consecuencia, las empresas deben presentar sus experiencias ante competidores, organizaciones sindicales y sociales (que a menudo se autoatribuyen el papel de fiscales y controladores de la RSE), consultores y periodistas. Seamos sinceros: ¿quién, en su sano juicio, no haría una presentación en clave todo va bien? A lo sumo, con una cierta habilidad comunicativa, la aderezaría con la narración de alguna dificultad o con la consabida coletilla de "aún nos queda mucho camino por recorrer". Estamos en un país donde reina el principio general de lo políticamente correcto, sin duda. Pero no nos engañemos: con todo el mundo dispuesto a saltar a la yugular de quién corra el riesgo de mostrar señales de debilidad o de saltarse el guión.
Seamos sinceros. No todo va bien. Más de un (y de dos, y de tres, y de…) profesional involucrado en la gestión de la RSE me ha comentado alguna vez, con una honestidad que le honra: "no, si el enemigo lo tengo dentro". Nunca ha dejado de sorprenderme que sea exactamente la misma frase la que me vayan repitiendo, cada uno por su cuenta. Y parece evidente que no podremos dialogar, aprender y mejorar en serio si no somos capaces de reflexionar conjuntamente sobre lo que no va bien, sobre las dificultades y las resistencias que encontramos en la gestión de la RSE.
Pero, claro está, si queremos de verdad dialogar, aprender y mejorar, el club de la RSE ha de encontrar otro formato. Un formato en el que confesar que NO todo va bien no sea jugar a la ruleta rusa en función de la audiencia que te haya tocado en suerte. O correr el riesgo de ser lapidado retórica y comunicativamente. O, directamente, una invitación al suicidio profesional.