
Hablar de cambio climático ya no significa hablar de un problema futuro. Sus efectos forman parte de nuestro presente y nos obligan a acelerar una transformación que afecta a empresas, administraciones y ciudadanos. Después de años definiendo objetivos y desarrollando sistemas de medición, el gran reto de la próxima década será convertir los compromisos en cambios estructurales y, sobre todo, hacerlo con una visión de largo plazo.
La primera prioridad sigue siendo acelerar la descarbonización de la economía. Para las empresas, esto implica mirar más allá de las emisiones generadas directamente por su actividad y entender el impacto asociado a toda la cadena de valor: proveedores, materias primas, producción, transporte, consumo energético o gestión posterior de los recursos.
Medir es imprescindible, pero no suficiente. Los objetivos climáticos deben traducirse en decisiones de inversión, planificación y gestión capaces de transformar progresivamente la actividad de las organizaciones. En nuestro caso, hemos establecido metas de reducción de emisiones para 2030 y un horizonte de cero emisiones netas asociadas al consumo energético de nuestras operaciones en 2040. Pero lo verdaderamente importante no es anunciar una fecha, sino construir el camino que permita alcanzarla.
La segunda prioridad será hacer un uso mucho más eficiente de los recursos. Durante demasiado tiempo, crecimiento económico y consumo de materias primas han avanzado prácticamente en paralelo. Romper esa relación es uno de los grandes retos de la transición ecológica.
La economía circular debe dejar de entenderse como una política complementaria. Reducir el consumo de materiales y agua, prolongar la vida útil de los recursos, reutilizar, reparar y recuperar materias primas tendrá que formar parte del diseño habitual de cualquier actividad económica. Y debemos incorporarlo desde el principio de los procesos, tratar de corregirlo en las etapas finales es un error.
Dentro del concepto de economía circular, no hemos de olvidar la autogestión de cada uno de nosotros como consumidores. Hemos de ser conscientes de la situación generada por el cambio climático y racionalizar nuestro consumo, promoviendo la adquisición de productos sostenibles, la reutilización de los mismos y el reciclaje adecuado de nuestros residuos.
Existe además una tercera cuestión que cada vez resulta más difícil separar de la emergencia climática: la protección de los ecosistemas y de la biodiversidad. Los bosques, los suelos o los sistemas hídricos albergan biodiversidad y son parte fundamental de nuestra capacidad para absorber carbono y adaptarnos a fenómenos extremos.
España conoce especialmente bien las consecuencias de los incendios forestales, la desertificación y el estrés hídrico. Recuperar territorios degradados exige una planificación a largo plazo, teniendo en cuenta a las diferentes especies que viven en estos ecosistemas, la prevención de nuevos incendios y el mantenimiento durante años.
Precisamente, la experiencia de Fujifilm en el proyecto Motor Verde, promovido por Fundación Repsol y Grupo Sylvestris, nos ha permitido comprobar esta dimensión en el bosque de Caminomorisco, en Las Hurdes. Allí, la recuperación de terrenos afectados por incendios combina la plantación de especies autóctonas con actuaciones preventivas destinadas a proteger la nueva masa forestal y favorecer su permanencia en el tiempo. Además, en este proyecto, más del 70 por ciento de la inversión prevista permanece en el ámbito local, favoreciendo empresas, servicios y empleo en el entorno rural.
Estamos convencidos de que esta dimensión social va a ser decisiva. Las transformaciones necesarias para combatir el cambio climático tienen que ser profundas y solo podrán mantenerse si generan oportunidades y cuentan con la participación de las comunidades.
Por último, necesitamos más cooperación. El cambio climático no entiende de sectores, fronteras administrativas ni cadenas empresariales. Administraciones, compañías, comunidad científica, proveedores y ciudadanía tendremos que compartir conocimiento y asumir responsabilidades comunes.
La próxima etapa de la acción climática debería medirse menos por el número de compromisos anunciados y más por nuestra capacidad para transformar la manera en que producimos, consumimos y nos relacionamos con el territorio. Descarbonización, eficiencia en el uso de los recursos, protección de los ecosistemas, transición justa y colaboración serán, a mi juicio, las prioridades que marcarán nuestra capacidad para construir un futuro sostenible.