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Sin igualdad de género no hay eficacia ecológica

La transición ecológica —entendida como un cambio estructural hacia un modelo económico y social sostenible en cuyos ejes se incluyen cuestiones como la descarbonización, la eficiencia energética y las energías renovables— se encuentra directamente relacionada con algunos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que componen la Agenda 2030. Es por ello que este concepto se encuentra desde hace años a la orden del día y forma parte de las promesas de futuro principales que habitualmente evocan gobiernos, empresas e instituciones, sin importar su ideología ni origen, pues se trata de un compromiso global urgente e indiscutible.

Sin embargo, detrás de dicha narrativa, a la que a menudo se atribuye un significado puramente medioambiental y tecnológico, se esconde una pregunta que suele pasar desapercibida para quienes únicamente centran la mirada en cometidos “verdes” como la economía circular: ¿puede haber una transición ecológica real sin igualdad de género?

La respuesta conlleva a un debate de elevada complejidad que no siempre se analiza con la reflexión de fondo que requiere acometer una responsabilidad de semejante calibre. En este caso, un pensamiento recurrente relega la transición ecológica a la sustitución de fuentes energéticas, como combustibles fósiles por renovables, tener en cuenta la electrificación y mejorar la eficiencia. Sin embargo, la crisis ecológica, el verdadero desencadenante de la necesaria transición ecológica, atesora una lectura mucho más profunda que pone el punto de mira en la relación de la crisis con la forma de consumo, organización y producción de la sociedad entre la que se encuentra la desigualdad.

Esta conexión es la que señala el ecofeminismo, corriente de pensamiento que trata de evidenciar que la crisis climática y la desigualdad de género, lejos de ser problemas separados, son consecuencia de un mismo sistema de dominación capitalista y patriarcal que sitúa el crecimiento económico y la acumulación de capital en el centro por encima del cuidado de la vida. Ello conlleva a no tener en cuenta la vinculación existente entre la explotación de la naturaleza con la opresión de las mujeres y la desigualdad social.

En este marco conceptual voces como la de Yayo Herrero se han convertido en referentes para trasladar el ecofeminismo al debate público contemporáneo. A través de su pensamiento, la antropóloga e ingeniera trata de situar la sostenibilidad en el centro de la vida, lo que conlleva a reconocer por un lado la dependencia de los seres humanos de los recursos naturales del planeta (ecodependencia), pero también la necesidad de recibir cuidados de otras personas (interdependencia humana).

Al respecto, alerta de que el sistema capitalista actual ignora dichas dependencias al impulsar un crecimiento económico y explotación de los recursos naturales ilimitado e invisibilizar en paralelo cuestiones que afectan a las mujeres como el trabajo de cuidados históricamente feminizado. Por ello, reclama con vehemencia que la transición ecológica hacia una sociedad más sostenible debe ser inmediata y no desvincularse de la justicia social que exige situar a las mujeres en el centro de ese nuevo modelo social.

Tal y como expone Yayo Herrero, si hay algo indiscutible es que la transición ecológica está obligada a cuestionar dicho imaginario si pretende resultar en un modelo justo y efectivo, pues la igualdad de género no es únicamente una cuestión de justicia social, sino de eficacia ecológica. Numerosos estudios ponen de relieve que cuando las mujeres participan en los espacios de decisión pública y en la gestión de recursos naturales, las políticas ambientales tienden a ser más ambiciosas y sostenibles. Así, integrar perspectivas diversas no es un gesto simbólico, sino un acto que se traduce en una mejora sustantiva en la capacidad de respuesta ante la crisis climática y en la calidad democrática en su conjunto.

Por ello, plantearse la pregunta de si puede producirse la transición ecológica sin igualdad de género acarrea optar por dos tipos de cambio antagónicos, uno superficial y no estructural que maquille de verde un modelo profundamente desigual de un modo similar al “greenwashing”; o bien abogar por una transformación radical que reconozca que la crisis ecológica es también una crisis de justicia e igualdad.

Si se quiere mirar hacia el futuro con garantías nunca se debería apostar por añadir un componente de género a políticas ya diseñadas, sino de comprender que la justicia climática y la igualdad son inseparables. Sin esta perspectiva inclusiva la transición ecológica corre el riesgo de resultar insuficiente, incompleta y, en última instancia, injusta frente a la magnitud del desafío.

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Opinión#8M2026

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