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Hace unos días, en “The District”, evento corporativo del sector inmobiliario celebrado en Barcelona, se reunieron decenas de trabajadores y ejecutivos del sector. Las crónicas del evento nos indican que se debatió sobre la evolución de los tipos de interés y posibles estrategias de inversión en el sector. Sin embargo, no he leído que se trataran los problemas de acceso a la vivienda de muchos jóvenes españoles. Y es normal: no es su problema (al menos, de momento).
Con la vivienda no se juega

Los jóvenes españoles se encuentran atrapados en una especie de ruleta rusa inmobiliaria. Las elevadas tasas de desempleo entre jóvenes, los alquileres elevados (sobre todo, en las ciudades, donde se concentra buena parte del trabajo disponible) y las condiciones de compra de los inmuebles convierten el tener una vivienda propia en una utopía, forzando a que los jóvenes compartan vivienda con otros, en el mejor de los casos, o que deban quedarse en casa de sus padres, en el peor de ellos.

Desde esta tribuna, quiero ofrecer tres posibles soluciones (todas ellas, con sus dificultades y sus perdedores) a esta situación.

Primeramente, se podría optar por facilitar el teletrabajo. Concretamente, me refiero a dar incentivos muy potentes (en forma, por ejemplo, de incentivos fiscales) a aquellas empresas que implementen políticas de teletrabajo muy agresivas (que permitan, por ejemplo, teletrabajar un mínimo del 90% de los días laborables del año). Esto permitiría que muchos trabajadores (no solo jóvenes) se trasladaran a otras zonas del país con precios de compra o alquiler más reducidos en comparación con las grandes ciudades, donde, habitualmente, se concentran gran parte de los trabajadores. Este cambio permitiría reducir la presión sobre los precios de la vivienda en las grandes ciudades y, por qué no, revitalizar zonas despobladas de nuestro país.

Es evidente que esta medida no es aplicable a todos los sectores (a veces, no es aplicable ni tan siquiera a todos los trabajadores de una misma empresa), pero, para aquellas empresas y sectores que puedan implementarla, también ayudaría a mejorar la satisfacción de los trabajadores que pudieran beneficiarse de esta medida.

Por otro lado, apostaría por ampliar el parque de vivienda pública en las grandes ciudades. El problema en España es sangrante: según datos de 2020, solamente un 2,5% de las viviendas son públicas, que contrasta con los números de otros grandes países europeos (Francia 17%, Austria 24%, Países Bajos 30%). Para hacer frente a este desafío, se necesita una inversión significativa por parte del gobierno en la adquisición, la construcción y el mantenimiento de viviendas públicas. Estas viviendas, en todo caso, deberían permanecer en alquiler, en vez de ponerse a la venta, para asegurarse de que se mantienen los criterios de acceso a estas viviendas a lo largo del tiempo.

Finalmente, las Administraciones Públicas podrían avalar un 15% del importe de la hipoteca a nuevos compradores. Los bancos suelen prestar alrededor de un 80% del valor de una vivienda (en condiciones estándar). Las Administraciones Públicas podrían buscar un acuerdo con la banca para que ampliaran este límite al 95%, siempre que los compradores obtuvieran este aval de las entidades públicas. De esta manera, se reduciría el problema principal de los jóvenes, que se ven abocados a pagar alquileres muy elevados por no poder hacer frente a pagos iniciales que, en grandes ciudades, y contabilizando los gastos accesorios a la compra de una vivienda, muchas veces suben hasta más de cien mil euros. Sin embargo, antes de implementar esta medida, sería bueno que se encargara un estudio pormenorizado a economistas expertos en el mercado inmobiliario para entender las implicaciones de esta medida sobre los precios de los activos inmobiliarios.

La crisis de acceso a la vivienda en España es un problema serio que requiere soluciones creativas. Facilitar el teletrabajo, ampliar el parque de vivienda pública y avalar una parte de las hipotecas son solo algunas de las opciones disponibles. Es hora de que dejemos de especular con la vivienda como un simple activo financiero y empecemos a tomar medidas concretas que vayan más allá de las más recurrentes y efectistas, como el control de precios del alquiler, y metamos mano a la oferta (que es, a mi parecer, el problema real de este mercado) y la demanda inmobiliarias.

Un economista de renombre suele decir que la diferencia entre ser rico y ser pobre en las sociedades del primer mundo es tener la propiedad de una vivienda (se entiende que totalmente pagada). Hagamos, pues, que todos seamos un poco más ricos, recordando que con la vivienda no se juega.

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