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“Europa replica a Rusia intentando destrozar su economía”. Es uno de los titulares de estos días en la prensa ante la invasión militar que, lamentablemente, se ha iniciado por parte de Rusia a Ucrania. Frente a los tanques rusos Europa responde con “ofensivas” económicas. Asfixiar económicamente al Kremlin, "cortar su crecimiento y el acceso a los mercados de capitales, encarecer su deuda, disparar la inflación y erosionar su base industrial". Un paquete de medidas económicas que desde el viernes están adoptando no sólo los países europeos, si no también EE.UU y países históricamente neutrales como Suiza.
"Ofensiva" económica frente a tanques rusos tras un siglo de RSC

Y no sólo los poderes públicos, algunas empresas poderosas están ya tomando medidas en este sentido, y no serán las últimas. Como British Petroleum, que ha anunciado la venta de casi el 20% de acciones que posee de la petrolera rusa Rosneft. O el Fondo de Pensiones Global noruego, de los más importantes del mundo, que abandona el país, vendiendo 2.700 millones de euros en acciones. Unos movimientos estratégicos que la semana pasada parecían a algunos mandatarios y expertos escasos, y que hoy ya no parecen tan débiles y se traducen en una bolsa rusa cerrada, el rublo desplomado, fuga de capitales. En definitiva, una asfixia total sin precedentes que tiene como consecuencia la quiebra del sistema económico ruso.  

Esta dura realidad refleja lo interconectadas que economía y política están en el momento presente, si cabe más que nunca, el poder de la primera frente la segunda, y la necesidad de la perspectiva ética en una economía global. La globalización, la existencia hoy de empresas con mayor poder económico que algunos países, y la complejidad de los problemas actuales, como ha mostrado la pandemia global, y muy por encima de ésta el cambio climático, que son imposible de afrontarse si no es de una manera coordinada, son factores determinantes para el avance de la responsabilidad social en el último centenario.

Porque sí, parece que fue ayer, pero prácticamente ha pasado un siglo de las primeras reflexiones sobre la responsabilidad social de las empresas. La pluralidad de perspectivas, definiciones, y reflexiones sobre los orígenes, pueda hacer parecer a veces que en este siglo se ha avanzado poco en este ámbito, pero la respuesta de hoy de Europa frente al Kremlin es un claro ejemplo de que no es así, y que sí hemos alcanzado cierto consenso en cuestiones fundamentales que tienen que ver con la ética económica y la RSC.

Las empresas han pasado de ser meros actores económicos a ser determinantes en el marco de las relaciones políticas y sociales. El poder las empresas y la economía, y sus responsabilidades sobre los impactos que generan es hoy día innegable. Y esta es una de las bases principales de la responsabilidad social.

Pese a no tener un origen concreto, existen varios momentos determinantes en este siglo de historia del compromiso ético y social de la empresa, que se inicia con la consolidación del concepto en los años 20 del siglo pasado. Tras la crisis de Wall Street de 1929 se plantea la necesidad de recuperar la confianza en el sistema financiero y empresarial a través de un cambio en las prácticas, surgiendo nuevas leyes que describieron y ampliaron la función de las empresas para proteger e incrementar el bienestar general.  

En los años 50 del siglo pasado se da otro momento determinante con la aparición de dos libros de Howard R. Bowen por lo que se le conocerá como “el padre” de la RSC. También la época del activismo social en las décadas de los 60 y 70. Y en los 80 cuando se empieza a hablar por primera vez de Desarrollo sostenible, con el Informe Brundtland en 1987 como máximo exponente de una crítica al modelo económico insostenible, y al estilo de vida de las personas en la lógica de la oferta y la demanda, una crítica que llega hasta nuestros días.  Hasta los años 90 cuando se da lo que se podría llamar una institucionalización de la RSE: cuando la empresa adopta e integra un discurso de gestión basado en la RSC que de manera generalizada se consolidará en los 2000.

En el documental “No a la Venta”, coproducido en 2009 por el Observatorio de RSC y la UNED, Edward Freeman apunta una idea muy interesante, que tiene que ver con estos momentos clave en la historia de la RSE. Freeman recuerda que tras todos estos períodos de crisis se produjeron cambios legislativos y reacciones que apuntaban en la dirección de una mayor necesidad de ética y responsabilidad social en el mundo de los negocios. Pero la clave está en entender qué causa subyace a estas crisis y escándalos. Y es “el hecho de que ética y negocio no vayan juntos. Mientras esto no cambie volverán las crisis”. Ningún empresario reputado se atreve hoy a afirmar, al menos en público, que la ética y los negocios son como el agua y el aceite. Otra cuestión es que sus prácticas sean coherentes con un comportamiento ético, pero al menos en esto podemos afirmar un cambio considerable.

De entre las distintas teorías de la responsabilidad social sobre las que también hay consenso: la instrumental, la política, la integradora, también hoy parece que gana cierto peso la relacionada con la responsabilidad ética de las empresas frente a la sociedad y la creación de valor para todos los grupos de interés. En las que se incluye la teoría de los stakeholders de Freeman. Para Ramón Jáuregui, uno de los máximos exponentes de la reflexión sobre la responsabilidad social en nuestro país, en el siglo XXI “la empresa no es ya solo objeto del negocio. Si no un objeto de intercambios de intereses conjuntos. Responsabilidad es responder a esos intereses en una relación honrada con todos ellos, honestas, siendo consciente de sus mayores impactos cada vez”.

También pese a no existir una única definición de responsabilidad social en todos estos años, o los diferentes matices que cada una de las definiciones han ido aportando, después de un siglo de historia podemos afirmar que existe un consenso bastante amplio en aspectos básicos de la responsabilidad social. Como la dificultad de negar que las empresas juegan un papel fundamental en el mundo. La necesidad de tener en cuenta a los distintos grupos de interés en la actividad empresarial. Al menos a los grupos primarios como trabajadores, clientes y proveedores. Ligado con este aspecto, la necesidad para operar en el mercado que tienen las empresas de legitimidad social, para lo que es necesaria una buena reputación y un comportamiento responsable, y un diálogo constante con esos stakeholders. Que la RSC tiene que ver con un sistema de gestión, y que debe estar vinculada a la actividad básica de la empresa, pensada para el medio y largo plazo, y con el compromiso y convencimiento de la alta dirección. Y en relación a esto, que la RSE tiene que ver con cómo la empresa gana sus beneficios, y no cómo los gasta. Que no se trata de caridad. Ni tampoco de marketing verde o ni siquiera de marketing con causa. Y que cualquier política de responsabilidad social debe abarcar una triple dimensión: económica, social y medioambiental. Y dentro de estas tres dimensiones atender a cuestiones básicas como el respeto por los derechos humanos, las prácticas de trabajo y empleo, la protección de la salud, los intereses de los consumidores, las cuestiones medioambientales, la lucha contra el fraude y la corrupción.

Cuestiones que recogen los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, y que han conseguido por primera vez en un siglo de historia crear un lenguaje común sobre el que seguir trabajando por unas empresas más éticas que hagan este mundo más vivible y en paz. Algo en lo que hoy, por desgracia, como estamos viendo, las empresas, además de los gobiernos, siguen teniendo mucho que hacer y que decir. 

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