“Todos los hombres se parecen por sus palabras; solamente las obras evidencian que no son iguales” Molière. En estas semanas en las que la cumbre de clima ha ocupado las portadas de muchas publicaciones, los tuits de muchas personas, las temáticas de WhatsApp y conversaciones de cafés, una de las ideas más comentadas que he escuchado es la falta de credibilidad en las acciones de los políticos por sus constantes contradicciones entre hechos y palabras. Esto hace reflexionar. Reflexionar sobre dónde y porqué ponemos el foco.
No existe responsabilidad colectiva sin responsabilidad individual

Los políticos en el poder, al menos en países democráticos, son personas que nosotros hemos elegido para que nos representen en las grandes decisiones donde ellos están más preparados, en general, que cada uno de nosotros. Es un sistema que sin duda tendrá matices que corregir, pero cuyo resultado es el reflejo de lo que la sociedad está eligiendo.

Si están ahí, es porque cada uno, con nuestra responsabilidad individual, hemos decidido que lo estén.

Si no estamos de acuerdo, ¿Qué estamos haciendo para cambiarlo? ¿Cuál es la responsabilidad que estamos asumiendo al respecto?

Por delante de la responsabilidad que exigimos a nuestros representantes, resulta necesario reflexionar sobre qué estamos haciendo cada uno como persona para evitar, en este caso, esta catástrofe sin retorno. En relación con esto, otro de los comentarios que hacen mucho ruido, es la irrelevancia de lo que hagamos como individuos ¿Es eso cierto? ¿De verdad si millones de personas cambiamos nuestra manera de actuar esto no se verá reflejado en el planeta? Porque estas personas somos las que producimos, las que consumimos, las que compramos y las que vendemos, las que contaminamos o las que cuidamos, las que votamos y las que dirigimos. Las sociedades, las empresas y sus industrias, están conformadas por los habitantes de este planeta.

Y es que no damos valor a la importancia que tenemos como individuos. Se nos ha olvidado que la sociedad la conformamos cada uno de nosotros. Y que es a través de nuestra actitud, de nuestra acción o inacción como vamos evolucionando o involucionando.

¿Y qué marca la diferencia? La responsabilidad.

Un elemento que está presente recurrentemente en nuestra sociedad es la queja. Esto tiene un gran riesgo: cuando nos posicionamos en la queja, nos convertimos en víctimas de las circunstancias. Ante esto, automáticamente buscamos culpables de lo que nos está ocurriendo. Desde aquí, con la responsabilidad siempre en el otro, nuestra posibilidad de acción es nula. Por lo que el ruido es cada vez mayor. Se genera una situación de conflicto permanente irresoluble.

Sin embargo, existe otra alternativa: El hacernos protagonistas. Cuando ante los hechos que nos ocurren adoptamos una posición de protagonismo, nos hacemos responsables sobre lo que nos está pasando, y por tanto posibilitamos la acción, el cambio.

Llevándolo al mundo de las organizaciones, fiel reflejo de nuestra sociedad, uno de los asuntos que más se trabaja para potenciar el cambio con los líderes y los equipos es precisamente la responsabilidad: la propia, la fomentada en las personas con las que colaboran, y la conjunta.

Hace unos días, el consejero delegado de una organización con la que trabajamos se quejaba de que su equipo no hacía más que quejarse. Ante esto, el equipo respondió que sólo estaba transmitiendo las quejas de sus propios equipos (¡¿No es acaso una paradoja?!)

Al preguntarles qué estáis haciendo al respecto, se instauró el silencio. Y se rompió con más quejas, que derivaron en culpables con las explicaciones que, lógicamente, les eximían de su responsabilidad en los asuntos que traían. ¿La consecuencia? No se podía hacer nada.

Responsabilidad individual implica ser consciente de que tenemos capacidad de decisión. Vivimos ante un escenario lleno de alternativas, y el lugar que ocupamos es la consecuencia de elegir o no actuar. La diferencia, en definitiva, está en lo que queramos conseguir: la resignación, o el cambio.

Si es el cambio, si son los resultados, si es la evolución lo que buscamos, es siendo responsables de lo que vivimos donde podemos construir realidad, aportar valor a la sociedad y, ahí, sí, reclamar esa responsabilidad colectiva.

 

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