Si tuviese que definir en una frase la evolución del trabajo, sería así: Hemos pasado de hacer todo lo que puede hacer una máquina, a hacer todo lo que una máquina no puede hacer. Algo expresado con tanta simplicidad, ha requerido una tremenda evolución del ser humano, pasando por todas las revoluciones que nos han llevado hasta la de hoy. Traducido a la evolución de los trabajadores, hemos pasado de trabajar en lo que podíamos, a dedicarnos a aquello en lo que aportamos valor, y, aspiracionalmente, a aquello que además nos motiva. ¿No sería esta la situación ideal?
La confianza: El fundamento de los equipos

Tener un equipo compuesto por las personas que más valor pueden aportar en sus roles, motivados por la contribución que desde su función generan tanto dentro como fuera de la empresa.

A primera vista, parece más que suficiente para afrontar los constantes retos a los que nos enfrenta el mercado. Esos grandes retos que nos requieren abordar nuestras funciones desde la innovación, la creatividad, la iniciativa, el pensamiento crítico y la capacidad de adaptación. Y, sin embargo, no lo es.

Precisamente este es el escenario en el que me encontré hace unos meses: iniciamos un proceso de equipos con el Comité de Dirección de una empresa en plena transformación. Estaban elaborando su nuevo plan estratégico, postpandemia, y nos contrataron para potenciar el alineamiento y la colaboración entre sus miembros. Esto era un paso fundamental para poder transmitir a sus equipos las líneas estratégicas y tácticas, y conseguir así los mejores resultados en la implantación de su plan.

El Comité de Dirección estaba compuesto por personas con capacidades individuales deslumbrantes, acostumbrados a conseguir resultados extraordinarios dentro de sus ámbitos. Pero no era suficiente: necesitaban dar con la manera de evolucionar para conseguir un cambio de rumbo hacia el que el mercado les estaba retando.

En nuestra segunda jornada con ellos, identificamos por dónde continuar: había que trabajar la confianza. Al poner el tema encima de la mesa, más de una mueca de incredulidad surgió en el grupo: todos confiaban en la capacidad de sus compañeros para sacar su trabajo adelante. ¿Para qué trabajar sobre algo que ya tenían?

No era la primera vez que esto nos pasaba con un equipo al tratar este concepto: la confianza es un término tan utilizado que resulta elemental aclarar su significado en este contexto antes de empezar a trabajarla.

Dentro de un equipo de trabajo, confianza se traduce en seguridad psicológica entre sus miembros: sentirse en un entorno seguro para asumir riesgos interpersonales.

Como equipo, sólo cuando nos sentimos cómodos entre nosotros, somos capaces de actuar sin invertir tiempo en protegernos a nosotros mismos.

Un entorno de confianza nos permite mostrarnos vulnerables, una característica inequívoca del ser humano: tenemos puntos débiles, cometemos errores, y hay cosas que no sabemos.

Cuando dedicamos nuestro tiempo a protegernos de los demás, dejamos de invertirlo en aportar ideas, escuchar propuestas desde la curiosidad, o cuestionar desde el desconocimiento.

Muchos siguen percibiendo la vulnerabilidad como una debilidad. Desde aquí, surgen emociones como el miedo, el estrés, o la rabia. Ante ello, nuestro organismo genera adrenalina, preparándonos para responder rápida e instintivamente. Esto implica decisiones a corto plazo, poca reflexión, e impide el crecimiento.  

Cuando nos hacemos conscientes de que todos somos vulnerables, y lo exponemos en conjunto, creamos un entorno de confianza. Desde aquí, nuestro organismo genera, entre otros neuroquímicos, dopamina, potenciando el aprendizaje, las expectativas positivas, y la capacidad de afrontar nuevos riesgos. Todo esto nos permite asumir retos más ambiciosos.

Volviendo al proceso con nuestro Comité de Dirección, al exponer y debatir el concepto de confianza desde esta óptica, se despertó su curiosidad por saber todo lo que se podía lograr en un entorno de seguridad, y conocer cómo trabajar para conseguirlo. Y eso hicimos: trabajar.

Un entorno de confianza permite que el equipo esté centrado en el trabajo, en aportar nuevas ideas, en aprender, crear, replantear, buscar nuevas soluciones. En definitiva, mostrándonos como somos generamos más valor.

Como siempre, podemos esperar a que la confianza se cree y consolide (o no) de manera natural. O podemos generar el espacio para que cada equipo tome conciencia de dónde está, y trabaje para llegar a donde quiere estar.

Invertir en nuestros equipos se traduce en rentabilidad, y genera valor dentro y fuera de la empresa. Porque que la salud de nuestras empresas es el reflejo de la salud de nuestra sociedad.

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