Este excepcional músico encabezó la manifestación por la paz en Armenia del pasado 20 de octubre. Su mensaje es conmovedor: "Creo que es una injusticia social porque este conflicto en Nagorno-Karabaj ha derivado en una guerra de intereses económicos y políticos en la que están muriendo muchas personas inocentes"

No sé qué nombre se le puede dar al exterminio de 1,6 millones de personas cuando todavía en los diccionarios jurídicos no existía la palabra genocidio. Por tanto, no sé si a Turquía se le puede llamar país genocida, porque fue el país que estrenó el crimen masivo y despiadado en el siglo XX.

Turquía desguazó a los armenios y robó las montañas y los territorios a la bella, amable y generosa Armenia; al único país vivo que queda del primer mapa del mundo, un mapa de arcilla que conserva el Museo Británico y que tiene 5.000 años.

Turquía provocó el primer y terrorífico genocidio del siglo XX, y lo perpetró entre 1915 y 1923. Pero lo peor es que lo sigue perpetrando con su país marioneta, con Azerbaiyán. Ante la pasividad casi absoluta de la comunidad internacional, Azerbaiyán y Turquía se han propuesto en Armenia perpetrar un genocidio permanente.

El pasado martes 20 de octubre casi 2.000 personas llegaron hasta las puertas del Congreso de los Diputados en Madrid para reclamar que ese genocidio cese, para pedir a los brillantes diputados que salieron a recibir la manifestación que España rompa su silencio cómplice.

Ni la lluvia ni la precaria situación a la que la Covid-19 ha colocado a los artistas impidió que a la cabeza de la manifestación estuviera el músico y amigo Ara Malikián.

Cuando Ara tomó la palabra, miró a los diputados y sin haber aclarado que él es de origen armenio, aunque el genocidio turco le obligó a nacer en Líbano, les dijo (con su extrema humildad, con su voz suave): “Las guerras parece que interesan porque todos ganan dinero con ellas. Los gobiernos venden muchas armas y eso les interesa. Es injusto ver a tantos gobiernos haciéndose los ciegos, haciéndose los tontos”. Y finalizó diciendo: “Antes de ganar dinero tenemos que ser humanos". 

Los derechos humanos, la justicia social, los valores más esenciales de la convivencia están siendo violados permanentemente en el Cáucaso, en Armenia, en Nagorno-Karabaj. El concepto de la responsabilidad social parece no tener nada que ver con los fabricantes de armas. Drones israelíes están siendo usados para atacar posiciones civiles en Nagorno-Karabaj, en Armenia. Armas turcas llegan por toneladas a su brazo armado, Azerbaiyán. Rusia guarda un silencio sospechoso porque cualquier jaleo en el Cáucaso le permite ocultar la grave guerra que se le aproxima en Bielorrusia.

Malikián les dijo a los manifestantes y a los valientes diputados españoles que les recibieron: "Este conflicto es una injusticia social. Están muriendo muchas personas porque hay intereses en medio, intereses políticos, económicos. Y por eso están muriendo muchos armenios”.

Para quien escribe estas líneas, Armenia es su segunda patria. Amo Armenia. Es una isla cristiana rodeada de mezquitas y de superpotencias que no tienen sentimientos. Como cuento en mi documental 'La sombra de Ararat', Armenia divide al Oriente y al Occidente del gran continente que va desde Lisboa hasta Pekín, pero también está en la encrucijada norte-sur, la que separa a Rusia de los países árabes. Nació y sobrevivió en el cruce de caminos más importante del mundo, por eso ha de sobrevivir, como lo ha hecho frente a esos otros países que existían hace 5.000 años y que desaparecieron, como Mesopotamia, Asiria o Babilonia.

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