Chile pertenece a ese exclusivo club de países que se agrupan en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD). Se le catalogaba hasta hace nada como uno de los países más estables de toda América del Sur. Visto lo visto, hay que replantear el modelo económico y político que ha provocado este evidente desajuste, este quiebre de la armonía social.
El oasis chileno: un espejismo

"En medio de esta América Latina convulsionada vemos a Chile, nuestro país, como un verdadero oasis, con una democracia estable, creciendo… los salarios mejorando" se ufanó el presidente Piñera, hace solo un mes en un programa de TV local. Pero no era el único; otros connotados analistas internacionales consideraban a Chile el ejemplo a seguir en Latinoamérica. Estaban errados, claro está. Confundidos por sus indicadores macroeconómicos; por las estadísticas que ocultan las opulencias y las carencias extremas.

También es cierto que Chile, al margen de sus innegables méritos, ha tenido desde hace décadas muy buena prensa. Una tradición que viene de lejos; quizás desde los años 70, cuando Pinochet utilizó a los Chicago Boys para impulsar la economía de libre mercado, y obtuvo a cambio la bendición del gurú de ellos -Milton Friedman-, quien no dudó en calificar al país que seguía sus recetas como “el milagro”. Miradas complacientes que no han tenido otras naciones, u otros gobiernos, como lo señaló alguna vez el Nobel de economía Paul Krugman.

Hace exactamente una semana, el 17 de octubre, estalló en Chile una protesta sin precedentes en su etapa democrática. Se incendiaron edificios, se saquearon farmacias, supermercados y hasta tiendas minoristas. Se quemaron buses y trenes. Se derribaron semáforos y mobiliario urbano. Y mientras unos protestaron, otros saquearon negocios. 78 estaciones del metro fueron atacadas. Los daños fueron valorizados en más de 300 millones de dólares. La protesta empezó en Santiago, pero rápidamente se trasladó a Valparaíso, Antofagasta, y otras regiones del país. A la fecha se han producido 18 lamentables muertes.

El presidente de Chile, reconoció en un primer discurso televisado, que este no era solo un problema de un alza de pasajes, o de grupos delictivos. Dijo ser consciente de las carencias que afectan a las familias chilenas y de “las excesivas desigualdades que se arrastran desde hace décadas”. Aunque días después cometió un grave error al calificar como “guerra” a la crisis, y como “enemigo” a los grupos que protestan; evidenciando la enorme falta de sintonía entre la élite política y la ciudadanía. Finalmente anunció un paquete de medidas, que no tuvo mayor acogida social.

Según reportan algunos analistas los líderes de las protestas son menores de 30 años. Muchos estudiantes, sí, pero no son los únicos. Abuelos que alzan la voz sin miedo a ser reprimidos, como en la dictadura. Los últimos en sumarse han sido los sindicatos. Desde el gobierno quieren reducir todo a un tema delincuencial, que seguramente existirá… pero parece constituir un actor minoritario. Como dijo la periodista Mirna Schindler: "es cierto que la gran mayoría de chilenos rechaza los actos de violencia... pero no parece tan claro que en el fondo de sus corazones un sector no simpatice con cierta necesidad de rebelarse frente a lo que se considera injusto".

¿Y qué es lo injusto? Cabe preguntarse (y es una tarea urgente para los líderes chilenos). En un vídeo del canal 24horas de Chile se puede ver en 2 minutos el sentir de un grupo de ciudadanos de un barrio de Santiago..."Aquí tenemos robos, corrupción. Yo tengo nietos, no quiero que ellos pasen todas las calamidades que pasamos nosotros”, gruñe un hombre mayor... “No escuchan a la calle, no la sienten, viven en una burbuja” reclama otro. Finalmente una mujer mayor protesta por su mísera pensión, mientras un cuarto hombre advierte: “esta es una olla de presión que está reventando".

Chile pertenece a ese exclusivo club de países que se agrupan en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD). Se le catalogaba hasta hace nada como uno de los países más estables de toda América del Sur. Visto lo visto, hay que replantear el modelo económico y político que ha provocado este evidente desajuste, este quiebre de la armonía social. Hay que ser tomarse muy en serio las demandas ciudadanas. El conflicto chileno es también un toque de atención a todos los países de la región: que se miren en el espejo chileno, y no en su espejismo.

 

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