La ética en las organizaciones no consiste en aplicar normas; no es una variante soft del compliance. Consiste más bien en tomar buenas decisiones ante situaciones en qué es verdaderamente dudoso qué será mejor hacer.
La ética de plantearse los problemas

El asunto de qué pregunta contestar, supone una definición moral. Cuando nos sentamos a tomar una decisión, una parte importante del camino ya se ha hecho.

Es así porque los problemas, salvo los muy concretos y limitados, nunca vienen solos. Forman más bien ‘complejos de problemas’, en que diversos sujetos están preocupados por aspectos variados (y por tanto son ‘dueños’ de distintos problemas). En una empresa, los clientes pueden estar interesados en calidad/precio de sus productos; los empleados por sueldos, estabilidad y condiciones de trabajo; los accionistas por dividendos y valor en bolsa; los ciudadanos por el impacto medioambiental, etc.

Los diversos problemas forman un complejo porque están interconectados. Al implementar una cierta solución a uno de ellos, se cambian las condiciones para los demás, a veces incluso sus términos, esto es, en qué consisten. Por ejemplo, si se adopta una nueva tecnología para mantener competitiva la empresa, ello puede modificar a su vez el problema experimentado por los trabajadores, la opinión pública sobre la compañía, etc.

La última gran característica de un ‘complejo de problemas’ es lo borroso, tanto dentro del mismo ‘complejo’ como en sus bordes. Es como si camináramos dentro de un bosque que no conocemos bien, sumergido en la niebla. Solo vemos en detalle cada árbol si nos acercamos a él. Además pueden aparecer árboles que no nos esperábamos, y tampoco los contornos del bosque los sabemos precisamente. Puede extenderse en cierta continuidad más allá de donde calculábamos, o al revés, terminarse de pronto.

Los problemas suelen abordarse uno por uno o en pequeños racimos. A veces nos saltan encima, nos ponen en modo de ‘gestión de crisis’ y corremos como mejor sabemos. Pero en otras ocasiones no corresponden a una crisis sino que poseen envergadura estratégica, y hay más tiempo para la deliberación.

Entonces, elegir uno u otro problema para abordar a continuación, constituye una opción moral anterior a la discusión. La formulación misma del problema orienta la mirada: se sugieren ciertas conexiones y se opacan otras, se exploran o se desdibujan los límites difusos del ‘bosque’ al que pertenece el problema. Esto no solo es asunto verbal, sino que está relacionado con a quién se llama para buscar la mejor solución, porque los invitados no solo traerán su percepción de ese concreto problema, sino también sus preocupaciones por otros del mismo ‘complejo’, tal como ellos los experimentan.

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