Nadie duda en el mundo empresarial de que para mantener la rentabilidad económica de la empresa es necesario contemplar nuevos conceptos de riesgo y oportunidad, y equilibrar el valor económico, ambiental y social a largo plazo para contribuir al progreso y a aumentar el bienestar de las generaciones presentes y futuras.
El binomio de la protección de valor y la sostenibilidad

Sin embargo, el ritmo vertiginoso al que se mueve el entorno y el cambio permanente del mercado hace que las empresas, cada vez más globales, tengan el reto y la necesidad de adaptarse para continuar siendo sostenibles y, por lo tanto, para sobrevivir.

Por un lado, cambian las relaciones consumidor-empresa en favor del primero, y los ciudadanos disponemos de más información y más accesible. La marca, la innovación, el talento y la reputación de las empresas son tan importantes como el capital, y a la vez, más vulnerables.

Por otro lado, se multiplican y diversifican potenciales riesgos para las compañías: ciberataques, obsolescencia, migraciones, conflictos sociales, catástrofes naturales, etc., que hacen más complicado para las organizaciones -ahora más frágiles y más expuestas- anticiparse a los retos actuales y a los que vendrán en los próximos años.

También es un hecho, y una tendencia al alza, el aumento de la regulación y supervisión sobre las actividades de las compañías, al igual que aspectos como la exigencia de los inversores y demás grupos de interés con su funcionamiento interno, sus sistemas de gobierno, cómo se gestiona el riesgo, o la idoneidad y retribución de la alta dirección.

¿Qué hacer en este entorno lleno de responsabilidades y riesgos crecientes? La clave está en la sostenibilidad, que se apoya en una gestión y control eficaz de los riesgos en las organizaciones, y que parten de un refuerzo en los modelos de gobierno.

Cualquier empresa tiene como último fin la creación de valor, un objetivo que no puede alcanzarse sin asumir ciertos riesgos que deben ser gestionados a través de un sistema adecuado para alcanzar los objetivos de la organización, optimizando el binomio riesgo-rentabilidad y controlando y manteniendo los riesgos en los niveles deseados.

La gestión de los riesgos, por tanto, debe ser prudente y con visión de largo plazo, y debe equilibrar además el interés social con las dimensiones económica y ambiental. No solo es una demanda de reguladores y legisladores, amén de otros grupos de interés (clientes, empleados, etc.), sino que es una necesidad para cualquier compañía que aspire a perdurar en el tiempo.

Sin embargo, no solo es importante alcanzar unos objetivos y generar valor, sino conseguirlos y proteger ese valor de un modo apropiado, más si cabe en un contexto global como el mencionado anteriormente. De ahí la necesidad antes mencionada de reforzar los modelos de gobierno, que tienen un papel clave en la preservación del valor a largo plazo, en la definición de la estrategia y en la supervisión de la gestión y control de los riesgos.

En esta protección del valor también Auditoría Interna es un actor fundamental como aliado imprescindible del Consejo de Administración y la Dirección, y debe adaptarse a los cambios del entorno.

Precisamente hace unas semanas se celebró en Madrid la Conferencia Europea de Auditoría Interna 2018, en la que 1.000 auditores internos analizamos los riesgos, especialmente los emergentes, para poder anticiparnos a ellos o mitigarlos para proteger el valor de nuestras organizaciones. Pese a ser un encuentro europeo hubo representación de 57 países de todo el mundo, lo que da cuenta de que nuestras organizaciones se enfrentan a riesgos globales que exigen soluciones comunes.

Los auditores internos analizamos los riesgos y tendencias que pueden tener incidencia sobre las compañías en las que trabajamos y garantizamos la efectividad del entorno de control como un factor de competitividad y éxito. En definitiva, proporcionamos seguridad y confianza al Consejo de Administración sobre el buen funcionamiento del sistema, de la compañía, y de su sostenibilidad.

Nuestra labor también es impulsar con firmeza una cultura corporativa basada en la ética, la responsabilidad social y la prudente gestión de los riesgos, puesto que un sistema de control de riesgos eficaz debe estar imbricado en un buen gobierno corporativo.

Pero recordemos que estas prioridades no deben ser exclusivas de las direcciones de Auditoría Interna o de las Comisiones de Auditoría -nuestro interlocutor directo dentro del Consejo de Administración-, sino de las organizaciones en su conjunto, comenzando por los órganos de gobierno, con el fin de garantizar su supervivencia a largo plazo.

Las organizaciones deben concienciarse de que para garantizar una eficiente implantación de un sistema de gestión de riesgos en una organización, es especialmente importante que éste sea diseñado como un proceso integrado, como un elemento esencial de su estrategia. Solo así podremos crear valor de forma sostenible y, además, sabremos protegerlo.

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