Cuando se cumplen 20 años de la siembra continuada de semillas modificadas genéticamente (MG) en el mundo, podemos afirmar que estas semillas han sido la tecnología agrícola más rápidamente adoptada en la historia de la agricultura, aportando cuantiosos beneficios sociales y medioambientales
SEMILLAS MODIFICADAS GENÉTICAMENTE Y SU CONTRIBUC

Enfrentamos un gran reto, alimentar a una población creciente, mucha de ella en países en desarrollo que afortunadamente están mejorando sus dietas, y los agricultores y ganaderos están dispuestos y preparados para afrontarlo; ¿les negaremos las herramientas que necesitan para hacerlo?

Con 20 años de experiencia en el campo y, por tanto, en la alimentación mundial, son aún demasiadas las voces que niegan la realidad de la biotecnología en el sector agroalimentario. Pero los datos están ya sobre la mesa y quererlos obviar o tergiversar no lleva sino a la pérdida de oportunidad para todo el sector agroalimentario europeo que ve cómo se alargan los plazos de acceder a estas tecnologías sin justificación científica, mientras el resto de países del mundo hacen uso de ellas, en parte para proveernos de alimentos a los europeos.

Los beneficios ambientales, económicos, agronómicos y sociales son una realidad[1]:

  • 17 a 18 millones de agricultores sembraron cultivos MG en 2015. 15-16 millones (90%), son pequeños agricultores, con pocos recursos, localizados en países en vías de desarrollo.
  • 581 millones de kilos de pesticidas (-8,9%) se han eliminado entre 1996 y 2014 gracias al uso de los cultivos MG, resultando una reducción del impacto medioambiental de herbicidas e insecticidas en las zonas donde se cultivaron las semillas MG  del 18,5%.
  • 22,4 millones de toneladas de CO2 se han eliminado, sólo en el año 2014, por ahorro de combustible (menos aplicaciones de pesticidas y menos uso de maquinaria por la agricultura de conservación), cantidad equivalente a retirar de la circulación 10 millones de coches durante un año.
  • Se han podido producir 514,1 millones de toneladas de productos agrícolas adicionales entre 1996 y 2014. Solo la producción adicional de los cultivos MG en 2014 hubiera requerido poner en cultivo 20,7 M de hectáreas, el equivalente al 12% de la superficie de cultivo en EE.UU., el 33% de la de Brasil o el 14% de la de China.
  • Los agricultores han obtenido 150.300  millones de dólares de ingresos adicionales entre 1996 y 2014. En 2014 los agricultores de los países en desarrollo recibieron 4,42 $ por cada dólar invertido en semillas MG y 3.14 $ en los países desarrollados.

Es totalmente falso argumentar que sólo las grandes empresas se benefician de su uso, totalmente falso. Todo lo contrario, los cultivos MG están destinados a cualquier tipo de producción, incluidas las producciones locales de pequeños agricultores. De hecho, como se ha podido ver en los datos anteriores, el 90% (16,5 millones) de los casi 18 millones de agricultores que los cultivaron en 2015, eran pequeños agricultores de países en desarrollo.

Los datos también constatan cómo los cultivos MG optimizan el uso de recursos escasos como el agua, el suelo o la energía, algo que es necesario en cualquier modelo de producción agrícola para asegurar su sostenibilidad.

No entiendo el obsesivo motivo de querer enfrentar a la agricultura familiar con la denominada industrial; ¿no enriquece la diversidad a cualquier sector de nuestra economía? La agricultura familiar y la, mal llamada en mi opinión, industrial, conviven en nuestros campos por todo el mundo, ocupando cada una de ellas una parcela y desarrollando una misión. Ambas son necesarias y, por supuesto, compatibles.

No obstante, la agricultura familiar debe ser viable económicamente y pasar de ser una agricultura de subsistencia, a una agricultura comercial, que asegure a los productores unos ingresos suficientes para asentar socialmente a sus familias y comunidades. Este tipo de agricultura es claramente insuficiente para satisfacer todas las necesidades alimenticias de la población mundial, necesitando por tanto de la llamada agricultura industrial; pero ambas juegan un necesario papel.

 

PROTEGER LA INNOVACIÓN ASEGURA SEGUIR TRABAJANDO EN ELLA

Los derechos de propiedad intelectual aplicados a los OMGs, como a cualquier otra tecnología, contribuyen a la innovación agrícola al permitir la continuidad de la investigación para el desarrollo de nuevas tecnologías que ayuden a los agricultores a hacer frente al reto de producir alimentos de manera sostenible para una población mundial creciente.

Por otra parte, las patentes en semillas, como en cualquier otro campo, deben cumplir los requisitos de que sean novedosas, impliquen actividad inventiva y tengan aplicación industrial. Esto las hace merecedoras de un periodo limitado de protección de la propiedad intelectual. Son, por tanto, diferentes a las semillas que no están protegidas por esas patentes y que el agricultor puede usar libremente sin tener que pagar unas regalías por las mismas. Sin la patente como incentivo de protección, los nuevos productos vegetales tardarían mucho más tiempo en llegar al mercado, si es que llegan a hacerlo. Si no existieran las patentes como medio de protección, muchas innovaciones e investigaciones en plantas se perderían.

La realidad es que los agricultores pueden reproducir semillas no protegidas por derechos de propiedad intelectual, pero muchos de ellos prefieren utilizar las patentadas, por el beneficio que les aportan. Aproximadamente dos tercios de todas las semillas que se usan en el mundo son reproducidas por los agricultores y, del tercio restante, sólo dos tercios corresponden a programas privados. Es decir, que sólo un 22% de todas las semillas que se usan en el mundo corresponden a programas privados de mejora vegetal.

SI LOS ANIMALES COMEN BIEN, TODOS COMEREMOS BIEN. NUNCA HEMOS ESTADO TAN SEGUROS

En el campo, los cultivos MG se utilizan para los mismos usos que los no-MG. Entre esos usos se encuentra la producción de piensos, pero no hay un uso específico de los cultivos MG para estos fines. El desarrollo de dietas mejoradas en contenido proteico en los países en desarrollo es uno de los factores que marca la necesidad de incrementar la producción agrícola. Por cuestiones de viabilidad técnica y económica, estas dietas mejoradas, no serían posibles hoy en día sin contar con las producciones procedentes de semillas MG, por lo que los detractores de este tipo de cultivos terminarían condenando a los habitantes de estos países a la eterna malnutrición.

En cualquier caso, el incremento de la demanda agrícola para usos como la producción ganadera, habría necesitado de mayor cantidad de tierras de cultivo, agua, energía, insumos … si no hubieran existido estas semillas, con el impacto medioambiental que ello hubiera supuesto.

Necesitamos producir más con menos y esto sólo se consigue con la puesta en práctica de tecnologías agrícolas, frente a los modelos de baja productividad. Las semillas MG son una de estas tecnologías, aunque no la única a utilizar. Por ejemplo, los avances en agricultura de precisión, el uso de maquinaria agrícola geo-posicionada, la agricultura digital (manejo de los “big data”) o la medición del agua en el suelo y del estado de estrés de cultivos mediante imágenes vía satélite, son algunos ejemplos que muestran cómo ser más eficientes en el uso de los recursos disponibles como tierra, agua o energía.

LA EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES NO ES UNA NOVEDAD. LLEVAMOS MILLONES DE AÑOS CONVIVIENDO CON ELLA.

Las malezas resistentes a herbicidas aparecieron mucho antes de los cultivos MG. Según afirma la Sociedad Americana de la Ciencia de las Malezas, hay informes de malezas resistentes a herbicidas que fueron publicados casi 40 años antes de que aparecieran los cultivos modificados genéticamente.

El primer informe que trataba sobre esta resistencia está datado en 1957, cuando se encontró una Commelina diffusa que crecía en un campo de caña de azúcar en Hawaii y que era resistente a un herbicida de auxinas sintéticas. También ese mismo año, plantas de zanahoria silvestre (Daucus carota) que crecían en bordes de caminos en Ontario, Canadá, resultaron ser resistentes a algunos de los mismos herbicidas de auxinas sintéticas.

Han pasado casi 40 años y, por ahora, ya conocemos que existen 250 especies, distribuidas en 66 países, que han desarrollado resistencia a 160 tipos diferentes de herbicidas. Estas cifras nos dan una idea de la magnitud de este problema, que afecta a agricultores de todo el mundo.

Se podría pensar que el glifosato es uno de los principios activos que más resistencias genera, sin embargo, según afirma el Dr. David Shaw, especialista en malezas de la Universidad Estatal de Mississippi, “aunque en la actualidad hay 35 especies de malezas resistentes al glifosato, hay cuatro veces más especies de malezas resistentes a otros tipos de herbicidas existentes en el mercado”.

Lo que es evidente, es que la investigación, y posterior desarrollo, cuesta mucho dinero, trabajo y sacrificio. El discurso demagógico y trasnochado contrario a la biotecnología agraria queda muy bien para “soltarlo” en determinados foros, ante asistentes incondicionales y convencidos de que la obligación de la empresa privada es no ganar dinero y regalar los resultados de sus investigaciones. Tal vez, muchos de los que promulgan y aplauden estas ideas, estarían dispuestos a trabajar gratis en estas empresas para contribuir y colaborar en el “¿justo?” reparto del conocimiento y de la sabiduría entre la población mundial. Como todos sabemos que esto no se va a producir, yo prefiero confiar en todas aquellas empresas, públicas o privadas, que trabajan para conseguir avances tecnológicos que, posteriormente, ponen al servicio de la sociedad y por los que, lógicamente, reciben una contraprestación económica.  Plantear lo contrario es, además de injusto, ridículo y, si me lo permiten, hipócrita.

Las personas que tratan de demonizar a los cultivos MG porque las empresas que los desarrollan ganan dinero con ellos demuestran, por un lado, que no tienen nada más a lo que acogerse para atacarlos (por más que lo intentan) y, por otro, cierta actitud infantil en sus planteamientos.

Ahora, voy a ser demagógica yo. Cuando se descubra la vacuna contra el VIH, esperemos que pronto, aplaudiremos al laboratorio que lo consiga y entenderemos que recupere su inversión. Nadie se preguntará cuántos millones de euros ganarán con la vacuna, sino que se agradecerá que ese empeño haya salvado millones de vidas. ¿Por qué no opinamos lo mismo con empresas que, con sus investigaciones, permiten cuantiosos ahorros en agua, en fitosanitarios, que consiguen mayores producciones, de forma más sostenible, acercando alimentos a millones de personas en el mundo?

Nunca hemos gozado de tanta seguridad alimentaria, nunca hemos comido como lo hacemos ahora y, como consecuencia, yo confío plenamente en todos aquellos investigadores y empresas que se esfuerzan porque cada vez más personas en el mundo accedan a una alimentación sana, equilibrada y, sobre todo, SEGURA.

Soledad de Juan Arechederra

Directora Fundación ANTAMA


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