RSE_Xenofobia_Empresa_

El reciente nombramiento de Cecile Kyenge -mujer africana- como Ministra de Integración y Cooperación Internacional de Italia, y los subsiguientes ataques a su etnia por parte de importantes políticos italianos, ha evidenciado que el racismo en Europa no se circunscribe a campos de fútbol o pequeños grupos radicales.

Un racismo soterrado subyace en un sector apreciable de ciudadanos, y parece agudizarse en situaciones carenciales. La empresa, obviamente, no es ajena a esta realidad.

Racismo y xenofobia, en cualquier combinación o grado, son dos temas espinosos que muchos prefieren evitar, o mirar para otro lado cuando aparecen  en la oficina. Pero las organizaciones empresariales, como cualquier otro grupo social, constituyen un espejo perfecto donde los mejores valores, pero también los peores prejuicios se reflejan sin amagues. No podría ser de otra manera; hablamos de personas.

 Aunque escasean los Estudios respecto a esta problemática en España o la Unión Europea, si se pueden apuntar ciertas políticas laborales que ayudan a entender el fenómeno. En España, por ejemplo, de manera generalizada y salvo situaciones particulares, se prefiere al trabajador nacional frente al extranjero; lo cual parece lógico y deseable. Pero, esta práctica llevada a extremos puede devenir en una sobre valoración a priori de lo “nacional” y en una infravaloración, a priori, de lo “extranjero”. 

 En mi experiencia laboral debo agradecer no haber sentido, al menos en un grado visible, que esta actitud haya interferido en mis actividades profesionales. Pero si puedo contar más de un caso donde se ha tomado en cuenta el origen o la nacionalidad del profesional para valorarlo, aún sin conocerlo. Todavía recuerdo cuando una empresa se negó a que una auditora de calidad, conocida mía, realizara una actividad en sus instalaciones cuando se enteraron de su nacionalidad colombiana. También he sido testigo de situaciones donde se duda de la calidad de los médicos argentinos u odontólogos de otros países, sin conocerlos.

 El año 2007 la Corte de Apelación de París condenó a las empresas Garnier (del Grupo L'Oréal) y Adecco por discriminación racial en las contrataciones. Fue la primera vez que grandes corporaciones eran declaradas culpables por estas prácticas en Francia. El año 2011 la European Commission against Racism and Intolerance (ECRI), en su informe sobre España resaltó algunos progresos a nivel de creación de organismos supervisores, pero al mismo tiempo recomendó que las autoridades españolas “redoblasen sus esfuerzos para combatir la discriminación y la explotación laboral de los inmigrantes”. 

Esta semana la ONU informa que su Relator Especial sobre Racismo, Discriminación y Xenofobia, Mutuma Ruteere, afirma en un informe: “Aunque la crisis económica ha presionado al gobierno y afectado severamente a la sociedad en España, no debe convertirse en una razón para retroceder en la lucha contra el racismo y la xenofobia”. El experto destacó los avances logrados en el país en el combate de estos prejuicios, pero advirtió que aún persisten desafíos, especialmente en el hostigamiento por motivos raciales.

 Es evidente que en Europa los discursos xenófobos están ganando terreno. En Italia, Grecia, Francia, donde los grupos de ultraderecha eran minoritarios y hasta proscritos, han irrumpido en escena legitimados incluso con votos políticos, como el caso de Aurora Dorada en Grecia. Estos grupos intentan canalizar legítimos sentimientos de miedo o frustración social con una sola y torpe “verdad”: el culpable de todos los males es “el otro”. No importan los datos, las estadísticas, los hechos objetivos y verificables.

 La investigadora Amy Chua en su libro El Mundo en Llamas expone que los problemas de se agudizan cuando las etnias extranjeras asumen más protagonismo, especialmente económico, en los países donde viven. Generan resentimientos en la población nativa que son aprovechados por algunos líderes políticos. Chua dice que si los privilegiados pertenecen al país, la percepción es diferente: “los norteamericanos no odian a Bill Gates, a pesar de que ha llegado a poseer tanta riqueza como el 40% de toda la población estadounidense junta, ni piensan que les haya humillado al ganar miles de millones en su tierra”.

 Obviamente las percepciones cambian con el tiempo. Y, si consideramos que la inmigración en España es relativamente reciente en comparación con otros países europeos, se puede entender esta asimilación lenta por parte de los departamentos de personal de trabajadores extranjeros calificados. La Ministra Kyenge, que es médica y oftalmóloga, relata su experiencia de años atrás: “aunque me gradué con notas altas, no podía trabajar porque necesitaba la ciudadanía. Además, siempre encontraba a gente que no quería que la tocase”.

 En una Europa cambiante, con Latinoamérica y Asia influyentes; y cuando los flujos migratorios están invirtiéndose rápidamente, los discursos xenófobos y las ideas retrógradas sobran. Es más, sería deseable hablar más frecuentemente de “ciudadanos” y de problemas comunes, y menos de grupos o problemas particulares. Con el grado de interrelación existente, con las dinámicas que se dan en las ciudades europeas hacen faltan visiones integradoras y menos separatistas. Hace falta trascender los términos “nacional/extranjero” y buscar consensos de ciudadanía, que es el mejor modo en que las sociedades avanzan.

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