Durante décadas, la creación de valor ha supuesto para las empresas una continua supeditación a las cifras, ciñendo en muchos casos las decisiones estratégicas a la simplicidad de una fórmula puramente matemática.
Pero el “return on investment” debe desligarse del número puro y duro para adentrarse en los sutiles territorios de la Responsabilidad Social como herramienta de gestión. La medición del valor creado en los planos social y medioambiental es un desafío previo a la integración total del reporting y la cuantificación de la Responsabilidad Social.
En el ámbito corporativo, la tendencia debería orientarse cada vez más a la consolidación de herramientas como la Triple Bottom Line que aúna las dimensiones social, financiera y medioambiental de forma que soportan de forma equitativa el peso de la compañía. La gestión empresarial ha de encaminarse por nuevos derroteros, menos anquilosados que los antiguos orientados exclusivamente al “valor del accionista”.
La integración coherente de la RSC en el ADN de la compañía y la búsqueda de relaciones de calidad con los grupos de interés son también factores a tener en cuenta. La integración es, por lo tanto, una de las claves. Las organizaciones globales se hacen también eco de esta tendencia: Global Reporting Initiative (GRI) y The Prince’s Accounting for Sustainability Project (A4S) presentaron en su día su iniciativa International Integrated Reporting Committee (IIRC) con la que buscan el modo de integrar la denominada información ASG en los balances financieros anuales. El organismo internacional fundamenta su iniciativa en el hecho de que la información actualmente requerida conforme a normas contables y de cotización en bolsa no refleja plenamente a los factores ambientales y que, además, cuando la información sí es divulgada apenas tiene relación con el desempeño financiero y la dirección estratégica.
EL PRECIO DE LA RSC
Una vez subida a la palestra el valor de la RSC como herramienta de gestión y su potencial a la hora de generar beneficios cuantificables, surge también otra cuestión: el precio de la RSC; una de las primeras cuestiones que las compañías se plantean a la hora de institucionalizar el nuevo concepto. En este sentido, los costes asociados a la responsabilidad social “pesan” más en aquellas compañías que asocian al concepto con la filantropía, con campañas aisladas que poco o nada tienen que ver con el devenir habitual del “core business”. Por el contrario, aquellas empresas que integran fuertemente la RSC en el ADN corporativo ven como los costes asociados a la herramienta acaban diluyéndose en los múltiples beneficios derivados de su aplicación. Para Adrian Zicari, autor del libro “Responsabilidad Social: un enfoque financiero”, a la hora de plantearse la pregunta “¿cuánto gano con la RSC?” se obtendrían diversas respuestas; siendo algunos de sus beneficios la mejora de las ventas, la mejora de los precios y la minoración de los gastos.
En conclusión puede afirmarse que el tan anhelado vínculo entre sostenibilidad y beneficio económico protagoniza buena parte de los debates actuales sobre la materia. Se trata de una simbiosis complicada, rodeada de reticencias y temores por parte de las cúpulas empresariales, pero que de conseguir aplicarse de un modo coherente podría dar solución al problema de la falta de sostenibilidad a largo plazo que ha venido rodeando a muchas corporaciones, poniéndose de manifiesto con dramáticas consecuencias durante la crisis económica. De entre todas las clasificaciones vigentes de los beneficios que puede aportar la RSC, destaca la que distingue entre beneficios monetarios y no monetarios. Los primeros incluyen efectos financieros directos y beneficios que influyan de algún modo e los flujos de caja, como un aumento en el valor de la marca debido a la RSC. A su vez los beneficios no monetarios aluden a aquellos que no son cuantificables en términos monetarios pero sí influyen den la competitividad de la empresa y en su éxito financiero.