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Este cuadro pixelado que está por todas partes últimamente, se llama Código QR (Quick Response codebar) y es el código de barras del futuro. Para los que aún no lo conozcan, se trata de un sistema para almacenar gran cantidad de información, con la ventaja añadida de permitir un acceso muy rápido a ésta. De ahí su nombre. Su funcionamiento es bastante sencillo: se pasa por el lector y te remite a la información asociada a ese código, que puede ser de cualquier tipo, desde páginas web a tarjetas de visita.

Concebido en Japón a mediados de los 90 inicialmente para uso industrial, experimenta un salto cuantitativo con la llegada de los smartphones. El desarrollo de un software para su lectura desde los teléfonos móviles inteligentes hace que alcance al gran público y de ahí al estrellato. 14 millones de descodificaciones el mes pasado sólo en Estados Unidos. ¿Cómo se consiguen estas cifras? Puede que el éxito de este código tenga que ver con el hecho de que se ha extendido de una manera muy transversal, pudiendo ser utilizado como herramienta de disciplinas más tradicionales como el marketing o la comunicación y a la vez, de otras tan modernas, como el arte contemporáneo (ya sea como material de trabajo, como lenguaje artístico o como elemento de promoción). No deja de ser curioso que estos códigos han tenido mucha aceptación entre colectivos de arte urbano (street art) como novedosa forma de comercializar su trabajo, ya que al leer el código en cualquier pared, al lado de una obra, puedes acceder a todos los datos de ésta o del artista.

Sea como fuere cada vez se ven más. Y no pensemos que en España nos estamos quedando atrás. Ocupamos la octava posición de países usuarios de estos códigos, lo que supone un crecimiento del 65% sólo en el último año. Suena a oportunidad.

¿No podrían las empresas utilizar estos códigos para transmitir información relacionada con sus políticas de responsabilidad social? Muchos son los que afirman que uno de los factores que lastran la mejora en las prácticas de Responsabilidad Social es la falta de exigencia por parte del consumidor. Pero el consumidor no es exigente, en gran medida, por su desconocimiento de la materia. De hecho, el último informe de la CECU lo confirma: 2 de cada 3 ciudadanos no han oído hablar de la Responsabilidad Social de la Empresa (RSE) y el 60% de los universitarios no la conocen (preocupante cuanto menos).

El concepto de la responsabilidad social no está llegando al gran público, y se podrían dar muchas razones por las que debiera interesarnos que lo conociera. Por variar las habituales, hablemos de oportunidades: 6 de cada 10 responsables de las compras familiares dicen estar dispuestos a pagar un 10% más por un producto de una empresa socialmente responsable si tuvieran la información en el momento de la compra.  ¿Podría existir aquí un nuevo nicho de mercado? Es decir, ya existen toda una serie de etiquetas como son las de productos bio, ecológicos, de comercio justo, etc, pero normalmente afectan al producto concreto y no tanto a la política de la empresa que lo produce. ¿Puede existir una nueva categoría de consumidor que se interese por las políticas que llevan a cabo determinadas empresas en materias medioambientales o sociales? ¿Y puede ser este código una manera de transmitirle rápida y directamente esta información? Aparentemente resulta más cómodo pasar un teléfono por encima de un código que bucear en páginas web buscando informes de sostenibilidad (a veces bastante escondidos, por cierto). ¿Podría convertirse el código QR en una especie de ensayo de lo que sería el etiquetado “responsable”?

Los consumidores, con su demanda, juegan un papel fundamental en el camino hacia la excelencia por el que algunos abogamos. Que es necesario que éstos dispongan de más información es una cosa que lleva pidiendo Europa desde hace tiempo (recordemos el informe Howitt entre otros) ¿No podríamos usar estos códigos para dar una información que los consumidores tienen derecho a conocer? Queremos un consumo responsable, pedimos que la ciudadanía sea exigente, pero olvidamos que la mayoría no tiene acceso a la información.

Si queremos que la Responsabilidad Social se convierta en parte de la cultura de la gente, y no sólo de la de la empresa, debemos acercarla a los ciudadanos, y la tecnología parece que nos está tendiendo la mano con este código. Puede ser un principio.

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