
Durante años, la pobreza energética se ha asociado casi exclusivamente a la imposibilidad de calentar adecuadamente una vivienda durante el invierno. Sin embargo, el aumento de las temperaturas y la mayor frecuencia de las olas de calor están desplazando el foco hacia otro fenómeno cada vez más visible: la dificultad de muchas familias para mantener sus hogares a una temperatura habitable durante el verano.
La Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2026-2030, aprobada por el Gobierno, reconoce que el acceso a la energía debe garantizar unas condiciones de confort térmico tanto en invierno como en verano y plantea medidas estructurales para avanzar hacia un acceso universal, seguro, asequible y sostenible a la energía. Entre ellas figuran actuaciones para mejorar la eficiencia energética de las viviendas vulnerables, reforzar las ayudas y ampliar el asesoramiento a los consumidores.
No disponer de sistemas de refrigeración o no poder utilizarlos por su elevado coste tiene consecuencias que van más allá del confort. Las altas temperaturas incrementan el riesgo de deshidratación, golpes de calor y agravan enfermedades cardiovasculares y respiratorias, especialmente entre personas mayores, niños y personas con patologías crónicas.
Desde Cruz Roja recuerdan que la pobreza energética también afecta durante los meses estivales y explican que muchas familias deben limitar el uso del aire acondicionado o carecen de equipos adecuados para protegerse del calor. La organización advierte además de que las viviendas con mal aislamiento, humedades o escasa eficiencia energética agravan esta situación.
El problema no depende únicamente de los ingresos familiares. Las características de las viviendas desempeñan un papel determinante.
Según investigaciones recientes el seguimiento realizado sobre hogares vulnerables muestra que muchas viviendas permanecen fuera de los rangos adecuados de confort térmico tanto en invierno como en verano. Durante los meses más cálidos, algunas superan los 30 ºC durante gran parte del día y los 27 ºC por la noche, una situación que se agrava porque numerosos hogares no disponen de sistemas de refrigeración o no pueden utilizarlos de forma continuada.
Estos resultados reflejan que la vulnerabilidad energética no solo está relacionada con el precio de la electricidad, sino también con el estado del parque residencial y la capacidad de las viviendas para mantener temperaturas adecuadas frente a fenómenos meteorológicos extremos.
El cambio climático está obligando a revisar el concepto tradicional de pobreza energética. Las necesidades energéticas ya no se limitan a protegerse del frío, sino también del calor extremo, cuya intensidad y frecuencia aumentan en España.
En este contexto, la nueva Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética incorpora medidas destinadas a reforzar la rehabilitación energética de viviendas vulnerables, mejorar la coordinación entre administraciones y facilitar el acceso a ayudas como los bonos sociales, con el objetivo de reducir la exposición de los hogares más vulnerables a temperaturas extremas.
Para las organizaciones sociales, abordar este desafío requerirá combinar políticas climáticas, vivienda y protección social. La mejora del aislamiento de los edificios, el acceso a sistemas de refrigeración eficientes y el apoyo a los hogares con menores recursos se perfilan como herramientas esenciales para reducir una desigualdad que, con el avance del cambio climático, deja de ser un problema exclusivo del invierno.