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Hace pocos días se conoció el “Informe Global sobre Crisis Alimentarias 2022” publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA). El documento es una prueba más de que hemos fallado como humanidad. Los resultados de la investigación revelan que cerca de 193 millones de personas de 53 países o territorios sufrieron hambre en “niveles de crisis o peores”, lo que supone un aumento de 40 millones en el año transcurrido entre 2020 y 2021. El documento detalla que en la lista de países que padecen el flagelo, 39 naciones se repiten cada año y que su población hambrienta se duplicó entre 2016 y 2021. Las cifras del dolor cristalizan la injusticia de una sociedad en ruinas: muchos mueren de hambre en un mundo a donde sobra el alimento.
El hambre, el dolor de un siglo

En medio de un contexto mundial por demás adverso, se presentó el sexto “Informe Global sobre Crisis Alimentarias 2022” publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA). El estudio elaborado por la Red Global contra la Crisis Alimentaria, una alianza internacional entre las Naciones Unidas, la Unión Europea y agencias gubernamentales y no gubernamentales; pone en evidencia que alrededor de 193 millones de personas en 53 países experimentaron inseguridad alimentaria aguda en 2021, casi 40 millones de personas más respecto a 2020.

Esta sexta edición del Informe Alimentaria debería impulsar al mundo a actuar. Nos enfrentamos al hambre a una escala sin precedentes, los precios de los alimentos nunca han sido tan altos en el mundo entero y millones de vidas hoy penden de un hilo. Es inevitable mencionar que, en un escenario ya complejo a causa de la pandemia de coronavirus, se sumó el conflicto bélico. La guerra en Ucrania está sobrecargando una crisis tridimensional: alimentaria, energética y financiera.  Y, como siempre, el impacto mayor lo sufren los países con economías más vulnerables.  Si bien los resultados que arroja la investigación son preocupantes, también muestra que los datos y los conocimientos necesarios para cambiar el rumbo. Depende de nosotros.

El aumento de las cifras es exponencial. Según los organismos, este incremento es resultado de diversos factores que se retroalimentan y que van desde conflictos políticos hasta crisis ambientales y climáticas, económicas o sanitarias. Y la raíz de todas estas son la dupla infaltable: la pobreza y la desigualdad. Los últimos años fueron trágicos para la historia de la humanidad, de eso no hay dudas: en 2021 en particular, el estudio cita los conflictos, las condiciones climáticas extremas y los choques económicos derivados de la pandemia de COVID-19 como los principales propulsores del avance del hambre. Asimismo, los expertos denuncian que la guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto la interconexión y fragilidad de los sistemas alimentarios mundiales con graves consecuencias para la seguridad alimentaria y nutricional global.

Pero el hambre no es el único problema que se muestra en el documento. La malnutrición y la obesidad le pisan los talones. Con respecto a la nutrición, el documento indica que la falta de información actualizada no permite una evaluación de la situación actual precisa, pero recuerda que el retraso en el crecimiento ha sido tradicionalmente alto en la región latinoamericana. Del mismo modo, enfatiza que el sobrepeso está aumentando entre los niños y especifica que, de acuerdo con los datos disponibles, de 2019 a 2021 la emaciación, una forma de malnutrición potencialmente mortal que provoca una delgadez y debilidad extremas en los niños, estuvo dentro del rango “muy bajo” para todos los países, menos Haití, donde se le clasificó como de gravedad “media”. En Haití, en los primeros tres meses de 2021, el número de admisiones de niños con emaciación severa en centros de salud en el país aumentó en un 26% en comparación con el mismo periodo en 2020. a complejidad del problema no ha hecho más que crecer con los años. El estudio advierte que los países que ya enfrentan altos niveles de hambre aguda son particularmente vulnerables a los riesgos creados por esa conflagración por su alta dependencia de las importaciones de alimentos e insumos agrícolas y su vulnerabilidad ante las crisis de precios de la comida.

Si se consideran los resultados de las seis ediciones anteriores del informe, es posible afirmar que el número de personas ha aumentado un 80% desde 2016, cuando alrededor de 108 millones de personas en 48 países padecían inseguridad alimentaria aguda y necesitaban ayuda urgente.  Al comparar los 39 países/territorios que estuvieron en crisis alimentaria en las seis ediciones previas, el número de personas en crisis casi se duplicó entre 2016 y 2021. No solo en retrospectiva los análisis son malos, sino que, además, las proyecciones son aterradoras. Se prevé que las perspectivas de la inseguridad alimentaria aguda mundial en 2022 se deterioren aún más con respecto a 2021. En particular, el desarrollo de la guerra en Ucrania es probable que agrave las previsiones de inseguridad alimentaria aguda de 2022, ya severas, incluidas en este informe.

En función de las categorizaciones del estudio, 12,76 millones de personas se encuentran en “situación de crisis o peor” en cinco países latinoamericanos y caribeños: El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras y Nicaragua. El número supone un aumento de un millón de personas en un año. En el apartado dedicado a América Latina y el Caribe, el informe precisa que, de esas cinco naciones, Haití alberga la mayor crisis alimentaria de la región, con un tercio de las personas hambrientas: 4,4 millones. Por su parte, Guatemala ocupa el segundo lugar con 3,73 millones de personas con hambre. Le siguen en la lista Honduras, con 3,29 millones y El Salvador con 985.000. En cuanto a Nicaragua, las agencias estiman la cifra alrededor de 400.000 personas.

Las agencias aseveraron, tras el análisis de los datos, que hace falta dar prioridad a la agricultura en pequeña escala como respuesta humanitaria de primera línea para superar las limitaciones de acceso y como una solución para revertir las tendencias negativas a largo plazo. Asimismo, abogaron por promover cambios estructurales en la forma de asignar el financiamiento externo y realizar inversiones de desarrollo a mediano y largo plazo para que la asistencia humanitaria pueda reducirse con el tiempo abordando las causas profundas del hambre. Llamaron también a fortalecer un enfoque coordinado para garantizar que las actividades humanitarias, de desarrollo y de mantenimiento de la paz se lleven a cabo de manera holística y coordinada con el fin de impulsar la construcción de resiliencia y la recuperación. Acabar con el hambre en el mundo es una responsabilidad compartida.  En un mundo interconectado y globalizado, la interdependencia es innegable y, por ende, las soluciones a los grandes problemas deben esbozarse de manera transversal y holística.

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