Las grandes urbes están en primera línea ante los crecientes riesgos físicos asociados al cambio climático. Estas albergan a más de la mitad de los habitantes del mundo, y se prevé que en 2050 esa cifra aumente hasta el 68% lo cual, inevitablemente, impactará en los volúmenes de contaminación atmosférica. Además, las infraestructuras urbanas modernas y sus sistemas de funcionamiento están estrechamente conectados, de este modo, un fallo en una parte de la red puede afectar a otra multiplicando los daños. La Consultora McKinsey ha publicado un informe, redactado conjuntamente con C40 Cities Climate Leadership, que Identifica una lista de acciones de alto potencial que pueden funcionar para la adaptación y supervivencia de las ciudades ante el inminente cambio climático.
Acciones para que las ciudades puedan adaptarse (y sobrevivir) al cambio climático

La “vuelta al campo” suena tentadora ¿verdad? El resurgimiento de los espacios rurales, entre otras cosas, tiene que ver con el colapso de las ciudades y lo inhóspito que se ha vuelto vivir allí. ¿Cuántas personas se han preguntado, especialmente durante el confinamiento, acerca de la idea de abandonar la ciudad? Sin dudas, Las grandes urbes están en primera línea ante los crecientes riesgos físicos asociados al cambio climático y esto impacta de manera directa en la calidad de vida de las y los ciudadanos.

Para abordar esta problemática cada vez más urgente, la Consultora McKinsey ha redactado un informe conjuntamente con C40 Cities Climate Leadership, una red de grandes ciudades comprometidas con el cambio climático. El documento pretende ayudar a los dirigentes a establecer prioridades y elegir líneas de actuación. Para esto, identifica una lista inicial de 15 acciones de alto potencial que pueden funcionar para muchos tipos de ciudades. Las acciones se eligieron a partir de tres fuentes principales: El análisis de C40 Cities Climate Leadership y McKinsey, la consulta a expertos en adaptación y a dirigentes de ciudades, y una amplia revisión bibliográfica.

Si bien ha habido avances en pos de detener la emergencia climática, lo cierto es que, dadas las actuales emisiones de gases de efecto invernadero, una parte del cambio climático ya está en marcha, lo que hace que estos riesgos sean inevitables. Para proteger las vidas y los medios de subsistencia de los residentes urbanos, el imperativo es adaptarse, y el momento de hacerlo es ahora. El cambio climático podría aumentar la gravedad y la frecuencia del calor extremo, las inundaciones, la sequía y los incendios forestales, entre otros. Además, el informe advierte que, más del 90% de todas las zonas urbanas son costeras; en 2050, más de 800 millones de residentes urbanos podrían verse afectados por la subida del nivel del mar y las inundaciones costeras.Asimismo, 1.600 millones de personas podrían ser vulnerables al calor extremo crónico (frente a los 200 millones actuales), y 650 millones podrían sufrir escasez de agua.

Dado que las distintas ciudades se enfrentan a diferentes riesgos climáticos y tienen distintos niveles de vulnerabilidad, las opciones de adaptación que son eficaces en la mayoría pueden no ser viables en otras. Por lo tanto, investigación explica que, para gestionar esa complejidad, las ciudades pueden concentrarse en acciones que aprovechen sus puntos fuertes (en recursos, características físicas y activos, y control jurisdiccional) y ofrezcan un alto rendimiento en la reducción de riesgos. Identificar esas adaptaciones de alto impacto puede ser una tarea abrumadora, dada la naturaleza en constante desarrollo de la amenaza climática y la vertiginosa gama de opciones de adaptación disponibles.

El informe expone 15 acciones que las grandes urbes pueden tomar para sobrevvir y adaptarse al contexto actual. Cuatro de ellas construyen una resiliencia sistémica, lo que significa que fortalecen todo tipo de ciudades. Las otras 11 son específicas, es decir, se dirigen a riesgos climáticos físicos concretos. Algunas de las 15 acciones, como la construcción de barreras para proteger las zonas costeras y la adaptación de las infraestructuras, son complejas y costosas. Otras, como la plantación de árboles junto a las calles y la puesta en marcha de programas de cambio de comportamiento para conservar el agua, no lo son.  

Dentro de las acciones es posible destacar, en primer lugar, las soluciones basadas en la naturaleza -como la plantación de árboles junto a las calles, la gestión de las cuencas fluviales y las soluciones de drenaje urbano sostenible. Estas se encuentran entre las acciones más atractivas por su impacto en la reducción de riesgos y su viabilidad. Las soluciones basadas en la naturaleza también suelen aportar beneficios más allá de la adaptación en ámbitos como la descarbonización, el crecimiento económico y la salud.

En segundo lugar, las ciudades pueden invertir en acciones que aumenten la resiliencia de forma sistémica, además de adaptarse a peligros específicos e inmediatos. La resiliencia sistémica incluye el aumento de la concienciación sobre los riesgos climáticos físicos, la incorporación de la concienciación sobre los riesgos y la preparación en los procesos de la ciudad, la optimización de las respuestas de emergencia y la mejora de los programas financieros y de seguros.

En tercer lugar, otras acciones propuestas en el informe están orientadas a la adaptación al riesgo climático y cómo esto tiene un importante elemento de equidad. Las poblaciones vulnerables, como los niños, los ancianos, las comunidades de bajos ingresos, algunos grupos minoritarios, las personas con discapacidades y las mujeres, pueden correr un mayor riesgo de sufrir daños relacionados con el clima. Por ejemplo, la rápida y continua urbanización está provocando un aumento de la población en los asentamientos informales. A menudo carecen de los recursos y de la capacidad de adaptación para resistir eventos importantes, como las inundaciones y el calor extremo.

Luego de proponer estas posibles líneas de acción, el equipo de expertos sugiere empezar por definir los peligros más relevantes y por entender los riesgos que esos peligros suponen para sus comunidades. A partir de ahí, las ciudades pueden llevar a cabo un análisis detallado del impacto de la reducción del riesgo, los costes y la viabilidad de las diferentes acciones.

De este modo, el documento concluye que el riesgo climático afecta directamente a las personas (salud, habitabilidad y capacidad de trabajo), a los bienes (empresas, viviendas y hospitales) y a los servicios (suministro de energía y alimentos). Ante un contexto cambiante desarrollar planes de adaptación resulta vital. Por ende, los dirigentes tendrán que profundizar en la elaboración de sus estrategias. Otro aspecto que destaca el informe es que, en el camino hacia la creación de planes adaptativos propios de cada ciudad, el conocimiento local será fundamental para el éxito. Al mismo tiempo, la adaptación al clima es una de las muchas prioridades que compiten entre sí, y los recursos urbanos son limitados. Al identificar las acciones más eficaces y factibles, las ciudades pueden centrarse en ejecutarlas bien y crear el impulso necesario para hacer más y mejor. Este informe es una llamada a la acción centrada en la acción, para ayudar a las ciudades a desempeñar un papel importante en el avance más rápido y seguro hacia un futuro saludable y sostenible.

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