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El calentamiento climático está modificando la geografía de los incendios en Europa. Mientras España y Francia vuelven a concentrar algunos de los grandes fuegos de la temporada, la OMS advierte de que territorios tradicionalmente más fríos y húmedos también afrontan periodos en los que la vegetación puede arder con facilidad. El organismo reclama anticipación y recuerda que los incendios son también una amenaza creciente para la salud pública.
Los incendios forestales amplían su mapa de riesgo en Europa

Los incendios forestales están dejando de ser un riesgo asociado casi exclusivamente a las regiones europeas acostumbradas al fuego. Las condiciones cada vez más secas están extendiendo la amenaza hacia territorios donde, hasta hace poco, las bajas temperaturas y la humedad actuaban como una barrera natural.

Aunque buena parte de los grandes incendios registrados esta temporada se han producido en países especialmente expuestos, como España y Francia, el riesgo comienza a ganar terreno en otras zonas del continente. Según informa la Organización Mundial de la Salud (OMS), los países con un largo historial de incendios están experimentando episodios más frecuentes y de mayor magnitud, mientras otros de clima tradicionalmente frío o húmedo empiezan a prepararse ante un escenario de mayor incidencia del fuego.

La transformación obliga a ampliar la mirada. Ya no se trata únicamente de reforzar los dispositivos de extinción, sino de incorporar los incendios a las políticas de adaptación climática, planificación territorial y protección de la salud.

Escocia, una señal de un riesgo que se desplaza hacia el norte

Un ejemplo reciente se produjo el pasado 15 de julio en las montañas de Cairngorms, en Escocia. Aunque el territorio ya había registrado incendios con anterioridad, las condiciones excepcionalmente secas de este año agravaron el episodio.

Las llamas penetraron en una capa de turba reseca, generando puntos calientes y rebrotes que dificultaron las tareas de control. Más de 500 bomberos participaron en el operativo, que contó también con apoyo aéreo y excavadoras para la apertura de cortafuegos.

Nueve días después del inicio del incendio, los fuertes vientos desplazaron el fuego hacia Nethy Bridge. La Policía de Escocia declaró entonces un incidente grave y muchos de los aproximadamente 600 habitantes de la localidad tuvieron que ser evacuados.

James MacEwan, vecino del pueblo, explicó a la OMS que la sucesión de jornadas sin precipitaciones había generado una importante preocupación entre la población. El viento terminó alejando las llamas de las viviendas hacia las colinas, evitando una amenaza directa sobre las casas y las personas, aunque, como contrapartida, condujo el incendio hacia terrenos de difícil acceso que complicaron enormemente su contención.

La magnitud del episodio quedó reflejada en su duración: tuvo que pasar más de un mes desde el comienzo del incendio para que el Servicio Escocés de Bomberos y Rescate retirase oficialmente a los equipos desplegados.

Paisajes verdes que también pueden arder

Will Hayes, investigador especializado en incendios forestales del Centro Leverhulme para los Incendios Forestales, el Medio Ambiente y la Sociedad del Reino Unido e Irlanda del Norte, señala que la preocupación está creciendo más allá del Mediterráneo, especialmente en las tierras altas atlánticas de Irlanda y Escocia y en determinadas áreas del norte y centro de Europa.

Esto no significa que estos territorios estén transformándose en paisajes mediterráneos. El cambio reside en que regiones históricamente más frescas y húmedas atraviesan con mayor frecuencia periodos durante los cuales una cantidad creciente de vegetación alcanza niveles de sequedad suficientes para arder y permitir que las llamas se propaguen.

El especialista advierte, además, contra la falsa sensación de seguridad que pueden generar los paisajes verdes o húmedos. Durante episodios secos, cálidos y ventosos, la vegetación puede convertirse en un material altamente inflamable incluso en áreas montañosas y septentrionales.

Ante situaciones meteorológicas de elevado riesgo, Hayes recomienda evitar fogatas, barbacoas y otras posibles fuentes de ignición derivadas de descuidos, además de seguir las alertas locales. Un fuego aparentemente pequeño puede extenderse con rapidez cuando encuentra vegetación suficientemente seca.

Del combate contra el fuego a la prevención

La adaptación a esta nueva realidad también exige actuar antes de que aparezcan las llamas. Para Hayes, la prevención no puede descansar exclusivamente sobre los servicios de bomberos, ya que depende en buena medida de la forma en que se gestionan previamente los paisajes.

El riesgo de incendios debe abordarse, por tanto, desde una perspectiva que integre la ordenación y el uso del suelo, la adaptación al cambio climático y la salud pública, además de la tradicional respuesta ante emergencias.

Esta última dimensión cobra especial relevancia para la OMS. El organismo dispone de la metodología STAR —siglas en inglés del Conjunto de Herramientas Estratégicas para la Evaluación de Riesgos—, destinada a facilitar que las autoridades realicen evaluaciones rápidas y basadas en evidencias sobre los riesgos para la salud pública.

Desde 2018, la organización ha desarrollado 38 talleres nacionales de evaluación estratégica de riesgos en su Región Europea. Chipre e Irlanda figuran entre los países que recientemente han completado sus primeros talleres nacionales, reuniendo a especialistas de los ministerios de Salud y de otros ámbitos.

Estos procesos permitieron identificar las amenazas sanitarias más urgentes, incluidos los incendios forestales y las olas de calor, y establecer una base sobre la que orientar inversiones estratégicas destinadas a reforzar la preparación y la capacidad de respuesta frente a futuras emergencias.

Los incendios también son una emergencia sanitaria

La OMS insiste en que las consecuencias del calentamiento climático obligan a superar una visión estrictamente ambiental de estos fenómenos. Tanja Schmidt, responsable de la División de Seguridad Sanitaria de la Oficina de la OMS para Europa, advierte de que el calor extremo y los incendios forestales constituyen amenazas crecientes para la salud pública, con efectos tanto sobre las personas como sobre los propios sistemas sanitarios.

Los países europeos están recurriendo cada vez más a evaluaciones nacionales que contemplan diferentes tipos de amenazas para comprender mejor los riesgos asociados al clima, detectar posibles impactos en cadena y decidir dónde concentrar las medidas de prevención y preparación.

El objetivo, según la agencia sanitaria, es proteger especialmente a las comunidades y personas más vulnerables y conseguir que los sistemas de salud estén en condiciones de responder. En una Europa más cálida y expuesta a periodos prolongados de sequedad, prepararse para los incendios empieza a ser una necesidad incluso allí donde históricamente el fuego parecía un riesgo lejano.

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