
La transición energética suele medirse en reducción de emisiones, despliegue de renovables y capacidad instalada. Sin embargo, cada vez más voces advierten de que falta incorporar un elemento esencial a esta ecuación: el agua. Según recoge un reciente informe del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), el recurso hídrico se ha convertido en una pieza estratégica —aunque muchas veces invisible— para sostener la transformación energética y tecnológica global.
La generación eléctrica, la fabricación de baterías, la refrigeración de infraestructuras digitales o numerosos procesos industriales dependen de grandes volúmenes de agua. Esta realidad está obligando a replantear la forma en que empresas y administraciones abordan la descarbonización y la gestión de recursos.
Un ejemplo significativo se encuentra en España. El complejo hidroeléctrico de Cortes-La Muela, situado en la cuenca del Júcar, en Valencia, funciona como la mayor central de bombeo reversible de Europa. Su sistema permite utilizar excedentes de energía renovable para bombear agua hacia un depósito superior y liberarla posteriormente para generar electricidad cuando aumenta la demanda. En este modelo, los embalses actúan como auténticas baterías energéticas.
La creciente electrificación de la economía y el auge de tecnologías como la inteligencia artificial también están aumentando la presión sobre los recursos hídricos. Los centros de datos, esenciales para el funcionamiento de plataformas digitales, servicios en la nube o sistemas de IA, requieren importantes sistemas de refrigeración para disipar el calor generado por el procesamiento de información.
A esta demanda tecnológica se suma el peso histórico de la industria. Según el Informe Mundial sobre el Desarrollo del Agua de la UNESCO, el 49 % del consumo de agua en Europa corresponde al sector industrial. Actividades como la alimentación, la siderurgia, la química, la industria farmacéutica o el sector textil dependen de este recurso para mantener su actividad productiva.
Además, agua y energía mantienen una relación cada vez más estrecha. El tratamiento de agua potable y la depuración de aguas residuales representan hasta el 5,4 % de la demanda eléctrica mundial. Esto significa que mejorar la eficiencia hídrica puede reducir de forma directa el consumo energético, y viceversa.
Pese a ello, durante décadas ambos ámbitos han evolucionado de manera separada, tanto en la regulación como en la gestión empresarial. El resultado, según advierten distintos organismos internacionales, es una falta de integración que limita la capacidad de respuesta ante desafíos climáticos cada vez más complejos.
La sequía es uno de los principales riesgos emergentes para la industria y el sistema energético. El WEF alerta de que las fábricas y centrales eléctricas figuran históricamente entre los mayores consumidores de agua del planeta, especialmente por sus necesidades de refrigeración. Cuando las reservas hídricas disminuyen o aumenta la temperatura de los ríos, estas infraestructuras pueden ver comprometida su actividad.
De hecho, Europa ya ha vivido episodios en los que plantas termoeléctricas tuvieron que reducir su producción debido al exceso de temperatura del agua utilizada en sus procesos. Una situación que evidencia cómo la crisis climática también puede convertirse en una amenaza directa para la seguridad energética y las cadenas de suministro.
En este contexto, el avance de las energías renovables no solo responde a criterios climáticos, sino también a estrategias de reducción del riesgo hídrico. Tecnologías como la solar o la eólica requieren mucha menos agua que los sistemas de generación térmica tradicionales.
Frente a este escenario, cada vez más empresas están apostando por soluciones integradas de agua y energía. Entre las medidas que comienzan a implantarse destacan los sistemas de refrigeración de circuito cerrado, la reutilización de aguas residuales o la optimización de procesos mediante inteligencia artificial.
No obstante, el principal desafío sigue siendo organizativo. Tal y como señalan expertos y organismos internacionales, la gestión del agua y la energía continúa funcionando en muchos casos en compartimentos estancos, pese a que ambas son ya inseparables en el futuro de la transición industrial y climática.